domingo, 5 de julio de 2015

Morriña de Maruja



Si yo fuese poeta diestra, Maruja,
hoy te diría, con más justicia, cuánto te quiero,
cuán orgullosa estoy de ser tu nieta argentina,
cuánto te agradezco por haber dejado todo aquello,
para haberte hecho a la mar, huérfana de toda riqueza,
y darles así un porvenir de solvencia y dignidad a tus hijos,
habiendo perdido a tu primogénito en el camino 
en las garras de una cruel enfermedad,
una herida que llevaste como mejor supiste 
aferrada a la Virgen de los Dolores, imagen negra,
que te acompañó a la luz de la felicidad 
y bajo el yugo oscuro del trabajo cotidiano
al quedarte sola, sin tu Landro, sin tu esposo, sin tus callejas 
y tus amadas playas de la infancia,
sin tus misas en Santa María, sin procesión, sin tu ventana de cara a tus rías,
sin tus Castelos, sin tu Monte San Roque 
y sin el sabor en tus labios de la sal del Cantábrico.


Secretos oscuros que pretendés desenterrar de las raíces más entrañables de este árbol, que es mío, ¿justo ahora? Dejala ya descansar en paz, por favor, te lo pido, que ahí donde descansa su memoria en la mía no hay nada que ocultar. Se le murió el primogénito ni bien acaba de poner el pie fuera del terruño que le dio el nombre, el amor, la playa, el mar, la música, la belleza y el delirio de grandeza, sí, ¡delirio!, y a mucha honra, el de una digna hija de pueblo chico y, encima, gallego. ¡Dejala estar, pobre gallega! Ya tuvo bastante en vida. Dejó atrás la vergüenza de un padre prominente que le hizo hijos a la cocinera de la imponente casa que hasta hoy se mantiene señorial. A mi no me lo contaron: yo me fui a ver con mis propios ojos de qué madera vengo. Y de chica, y no tan chica ya, yo saboreé el agridulce sabor de sus frutos maduros siempre perfumaditos, siempre limpias las manosy la conciencia;  manos de uñas cortas pegadas a brazos fornidos que salían de unas gruesas espaldas gálicas, hacendosas y encorvadas, con una chepa de tanto fregar en la pileta de la cocina, espaldas que cargaron con el terrible palazo de la pérdida sin quebrarse. 

Mi abuela Maruja era una vieja de pelo cortito y entrecano, ojos color mar, petisa y regordeta, coqueta hasta rabiar y siempre pulcra como un quirófano a punto de abrir un corazón para enmendar su mal. Yo amé a esa mujer imperfecta, inmadura, chismosa, envidiosa, generosa, alegre, la que siempre te daba de comer. ¿Y ahora, a estas alturas de mi vida, me venís a decir que se quiso suicidar? Se partió de dolor por nunca haber logrado que su Jesús le confesara dónde había enterrado al primer varón que había parido sin tener la más remota idea de que no se deja nunca de parir en este mundo, de que parir duele mucho más allá de los dolores de parto que su relato agigantaban. 



Yo amé a esa mujer que se refugió de viuda en su negra Virgen de los Dolores, con sus siete puñales en el corazón clavados, guardada en una caja de madera oscura que metía miedo y colgaba sobre el cabezal de su cama en su casa de alquiler. Yo amaba a esa mujer que trajo al mundo a los hombres que mis ojos más miraron y admiraron en mi niñez, a la que celaba todo cuanto venía de mi mamá, a la que me cantaba, a mí  la chica gordita y sin demasiadas amigas —, los bodrios que había aprendido en el coro de Santa María. Ay, pero si yo me animaba y le decía que no se enojara, que mejor me cantara Luisa Fernanda, entonces todo era una fiesta: me florecían sombrillas en las mejillas y sacaba a bailar a todos los buenos mozos de ese recodo de mi imaginación que hoy tanto añoro. 



Tengo morriña de Maruja. Tengo hambre y sed de mis ancestros, no se por qué. Será porque nunca después de ellos encontré gente tan noble, tan íntegra, tan sabrosa y nutricia, tan imperfectamente humana.

Mi abuela Maruja me regaló la palabra y el sentido de la morriña, la magia de llevarme de la mano a comer pizza a la vuelta de mi casa una tarde cualquiera de la semana, donde la festejaba el pizzero, y yo miraba la escena sin entender nada pero comiéndola toda con los ojos y la boca. Mi abuela me regalaba las figuritas de Cenicienta para que yo nunca la encarnara, jamás. 

Mi abuela Maruja de Vivero me legó sus dedos verdes. Mi abuela Maruja se murió sola en la habitación del hospital la madrugada de un Día de la Madre con un gesto de dolor tatuado en el cansado rostro. Y sola...

Por favor, dejala estar, que yo sé bien quién es y dónde está. 






Mazurca de las sombrillas" de "Luisa Fernanda"


A boca de jarro

14 comentarios:

  1. Este sentimiento no lo puedo comprender. Ese afecto, ese amor por una abuela. Sé que existe igual que existe el sentimiento de ligazón con una madre, con unos padres maravillosos. Yo no conocí nada de eso. Ni conocí a mis abuelos que habían muerto mucho antes de que yo naciera, ni mis padres fueron algo de lo que uno pueda sentir nostalgia.

    Puedo acercarme al sentimiento que tienes hacia tu abuela y de querer mantener su memoria limpia sin amenazas a tu seguridad como esa que proviene de que alguien ha dicho que ella quiso suicidarse. Son tan grandes y ajenas las vidas de cada uno y de los demás... que se presiente que jamás lograremos comprenderlas en su totalidad. Nos hemos forjado una idea, un esquema que es el que nos sirve a nosotros, para nuestro bienestar, y no podemos admitir que esas vidas pudieron ser de otro modo al que imaginamos.

    Hay obras narrativas o películas en que unos hijos o una hija descubre por el diario encontrado de la madre que esta no fue nada de lo que ella recuerda, y que su vida fue mucho más compleja que lo que ella podía imaginar. Es un momento duro porque entonces se rompen los esquemas.

    Por tu abuela, por ti.

    Un abrazo, Fer.

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    1. Rompiendo esquemas, re-armando el puzzle de mi propia identidad, pariéndome sin anestesias y sin partirme en ese intento: en eso estoy,Joselu.

      Un fuerte abrazo.

      Fer

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  2. Tu abuela y tus evocaciones te recuerdan que una parte de ti está en el otro hemisferio. Una tierra humilde con sabor a sal cantábrico, como bien dices. Siento remover algo en mi interior cada vez que hablas de Galicia. En nombre de todos los gallegos: gracias!!
    Siento mucho que Joselu jamás haya experimentado tal sentimiento.
    Un fuerte abrazo!!

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    1. Absolutamente: una parte importante de mí está allá. Nada que agradecer, Marybel: soy yo quien te agradece.

      Un fuerte abrazo!

      Fer

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    2. Hola: Soy Pilar Latorre, bisnieta de Francisco Latorre Capón, hermano de Juan. Qué bonito escribes y que pena no haberte encontrado en tu viaje a Viveiro, ya que yo paso allí el verano y el resto del año voy con frecuencia.

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    3. Hola Pilar Latorre Capón! Soy María Fernanda Paz, bisnieta de Juan Latorre Capón, padre de Maruja, mi abuela paterna, y padre también de Venancia, monja de clausura a quien no conocí, de Emilia, Paz, Juana y Emilio, mis tíos abuelos, oriundos de Vivero, quienes emigraron a la Argentina y han fallecido. No sabía de Francisco. Esta es una gran emoción que no me esperaba, Pilar. Me encuentro conmovida. Me gustaría mucho contactarme contigo. Todo cuanto me conecte con mis ancestros me interesa mucho. Te dejo mi dirección de mail por si deseas escribirme:

      mariafernandapaz@gmail.com

      GRACIAS!!!

      Un fuerte abrazo desde Buenos Aires!

      Fer

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  3. Creo entenderte, Fer. Buscas en ese árbol y en sus raíces porque formas parte de él, eres la corteza externa que lo envuelve. En algún momento de nuestra vida todos preguntamos por aquellos que menos conocimos - al menos directamete- porque sabemos que poseemos algo de ellos. Yo también me reconozco en mi abuela, en sus virtudes y en sus defectos, admiro su arranque vital y sus partos a solas en la buhardilla, la pérdida de 5 de sus nueve hijos y el coraje para seguir viviendo hasta los cien años. A pesar del luto en que la conocí siempre se la veía una mujer guapa, acabó chiquitita, redondita. Murió sin enterarse. Y ya lo ves, siempre están por ahí pululando cerca, no se van nunca. Así está bien.

    Me ha encantado

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  4. Cómo parían esas mujeres, qué admirable. Y encima se animaban a seguir trayendo hijos al mundo, a entregárselos a la muerte, a transitar más lutos interminables, a vivir todos esos años. Admirable.

    Un beso grande, Angie!

    Fer

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  5. Precioso homenaje a tu abuela, Fer, y también a una parte de tu pasado. El valor, la entrega, la vida llevada a cuestas con dignidad y lágrimas saladas bien merecen reconocimiento. Muy emotivo, me ha gustado mucho.

    Un abrazo!!

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    1. Muchas gracias, Julia. Un fuerte abrazo!

      Fer

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  6. Me emociono el amor por tu abuela! Me hizo recordar a mis abuelas que venían del mismo lugar, con las
    mismas penas. Un abrazo,besos



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    1. Las penas de la vida, María Cristina.

      Un abrazo y besos!

      Fer

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    2. Hacía mucho, muchísimo, que no leía algo... Una prosa, porque es eso... tan bien escrita, rimada, libremente estructurada y con un pedazo enorme de alma. Una prosa, bella y grosa, como tu abuela Maruja.
      Cómo se nota, la fuerza y vigor espiritual, que te legó!

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    3. Muchas gracias, Miriam Paz "tocaya" Jordan!!! Toda el alma está puesta en esta remembranza, eso es verdad.

      Un abrazo!

      Fer

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."