viernes, 6 de mayo de 2011

Desvelos...



                                                                                                                                         
    En marzo Susi Mauer me regaló su libro coescrito con Noemí May, “Desvelos de Padres e Hijos  En la infancia y la adolescencia”, publicado por Emecé. Es un libro brillantemente escrito, con muchas ideas con las que acuerdo, que aborda temáticas relevantes y actuales, tales como la celeridad con la que se producen los cambios en todos los ámbitos hoy en día y cómo esto repercute en nuestro ser padres y en nuestros hijos; la “ausencia” de adultos reales, que se asuman y ejerzan competentemente como tales, con vocación de autocuestionarse permanentemente; “niños que se agrandan y adultos que se achican”, tanto en casa como en la escuela, y el desfasaje que esto propicia; el mundo externo y su impacto sobre el niño y el adolescente, y porqué no también, sobre el adulto mismo,  un mundo lleno de tensión y violencia en la calle, en los medios de comunicación, en los viedeoguegos, que se filtra indefectiblemente a través de la omnipresencia de la televisión, Internet, las redes sociales, los chatrooms,  los mensajes de texto y todas las nuevas formas de comunicación instantánea que invaden la privacidad de la vida familiar y escapan al control parental. Como lo grafican las autoras, se acabó el “Sí, ¿de parte de quién?”, con el que nuestros padres “filtraban” o al menos estaban al tanto de con quién y en qué andábamos desde el teléfono fijo de casa: cosa que los chicos de hoy ya prácticamente no usan.
   Es un libro que abarca un amplio espectro, especialmente para quienes, como yo, tienen hijos de diferentes edades, jugado en opiniones que hoy pueden ser consideradas poco post-modernas o light, ya que las autoras no escatiman razones para incitar a los adultos paternantes a tomar el lugar que les compete, estando presentes, no delegando lo fundamental de la crianza más allá de los primeros tiernos y arduos años de pura fusión emocional, poniendo límites y  comprometiéndose desde lugares que a veces pueden resultar más  incómodos que el “amiguismo” con un hijo que se convierte en compinche o rival, depende de la óptica y el posicionamiento de quien paterna. Es además un libro que demanda tiempo por lo que genera en el lector, con un estilo psicoanálitico que valoro, aunque no me allane la lectura: me obliga a leer y releer ciertos tramos, y lo valoro por esa demanda.
   Ayer justo leí un capítulo que aborda de lleno el tema de la tecnología digital, y se refiere a los blogs. Las autoras toman una cita de Z. Bauman, y nos enfrentan, o al menos lo lograron conmigo, con este paradigma:
       
               “Existe sólo aquello que es visible.”

  Al leer sobre lo que ellas opinan sobre los blogs, me sentí tocada. Si bien se admite que pueden ser maravillosos medios de comunicación  acotando nuestra paradójica soledad urbana y dándole rienda suelta a nuestra creatividad y potenciales, también  se los cuestiona como una nueva forma de exhibicionismo de lo privado, con modos autorreferenciales que incentivan el mostrarse ante el mundo en fotos y textos que revelan nuestras intimidades, ya que, siguiendo esta lógica, si aparecemos, si figuramos, si somos visibles, entonces... somos, existimos.


            “SOMOS si nos ven”: “si no me ven, no existo.”

 Si adoptamos este criterio, la premisa de Descartes: “Pienso, luego existo”,  probablemente haya devenido en “Figuro, luego existo” (esta es una acotación personal). Y después de leer esto en el viaje de vuelta de mis clases del día, me quedé pensando, lo cual reivindica a Descartes... Además , me hizo ver claramente que:

              Mi blog me desvela, literalmente.

   Me absorbe bastante también, y justamente ellas advierten sobre este “peligro”. En mi caso personal,  creo que no se trata de una cuestión exhibicionista ni de figuración, aunque esa sea la natural consecuencia. En principio, es una necesidad de compartir con otros oídos, que no sean los de los míos, mis vivencias y pensamientos, porque humildemente siento que pueden ser útiles y enriquecedores  para muchos tanto como para mí. Es también una oportunidad de desarrollar una habilidad que siempre estuvo en mí, una veta artística que no elegí al momento de definir mi profesión, por falta de autoconocimiento, autoconfianza, orientación y presión social. Hoy, a mis 42 años, pienso que podría haber sido periodista, locutora, comunicadora social, escritora, psicóloga, actriz de comedia musical… Pero hoy me conozco: no era así a los 17 años. Quienes entonces intentaron orientarme, pensaron en las opciones que eran más viables y socialmente aceptables para ellos, y no los culpo. No me habrían apoyado en mi deseo de desarrollar mis dotes artísticas para ganarme la vida, y los entiendo. Y  tampoco me quejo de lo que elegí: amo enseñar, precisamente por lo que tiene de artístico, interactivo y creativo. Amo el lenguaje, y enseño lengua: el arte es una forma más de lenguaje. Todos mis gustos se concentran en la expresión: he ahí mi vocación.


  ¡Celebro apropiarme de esta idea poniéndola por fin en palabras!

    Esto es lo que genera este blog en mí, y supongo que les pasa a otros bloggers,  además del contacto nutricio con otros, que es sencillamente maravilloso, y la magnífica experiencia de saberse en contacto con seres en lugares remotos. Ese fenómeno expansivo y creativo sin fines de lucro me desvela, pero es “un buen desvelo”. Al principio, me resistía a incluir fotos de escenas familiares que ahora están presentes. Intento no exponer demasiado rostros preservando así la intimidad, y al mismo tiempo necesito mostrar de dónde vengo, como un acto de agradecimiento a todo lo que esas personas y vivencias me aportaron y aportan, y que en definitiva, permiten que haya llegado hoy, aquí, a “parir” esto que para mí es una manifestación artística, a:

      SER QUIEN SOY.

    Al empezar a escribir, resonaron en mí palabras de personas que ya se fueron, y sentí cuán cercanas se encuentran a mi ser, plasmado en esto que hago con pasión, como casi todo. Entonces decidí incluir las fotos de los abuelos que conocí y de sus pueblos natales, porque estoy en un intenso proceso de aceptación de mis raíces y mi verdadera identidad. Además, pienso en mis desvelos por escribir como un legado para mis hijos y  mis sobrinos, quienes continuarán y mejorarán esta historia.
   A diferencia de Susi Mauer y Noemí May, a quienes les agradezco el aporte y, sobre todo, lo que dispara en mí, no sería fácil para mí publicar un libro, aunque admito que varias personas me alientan a hacerlo y que figura dentro de la lista de mis sueños.

   Un libro es también una forma de mostrarse al mundo a través de un texto, como todo lo que concierne a la expresión. Tal vez el blog sea un nuevo medio de expresión que se nos abre a muchos, aunque no todos los blogs responden a las mismas necesidades que las mías, y no por eso son más o menos valiosos.

  Ellas citan a Paula Sibilia desde su aporte “La intimidad como espectáculo”, en revista Ñ de Clarín, del 19 de abril del 2008, que piensa que la publicación de lo íntimo en Internet “indica que lo que inspira esas estilizaciones del yo no es la introspección solitaria” (como la de un diario íntimo), “sino un fuerte deseo de conquistar la visibilidad”.

   Y yo, desde mi humilde espacio, pregunto:

         ¿Quién quiere ser invisible? 
  
De todas formas, estamos de acuerdo con el Principito:

                                                   

Y te lo digo así, como siempre, en palabras a boca de jarro.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Hoy Aprendimos III (Y espero ÚLTIMA...) "IMPOSSIBLE IS NOTHING"

                                                                                                                                                                                                                  
  Sé que mi amiga Ale, mi compañera Mariana, y vaya uno a saber quién más, pueden estar esperando la tercera y, espero, última parte de la saga “Hoy Aprendimos...”. Finalmente,  se produjo la charla con la profesora de flauta. No fui en pie de guerra. No soy una mamá problemática en el colegio de mis hijos, eso que para los docentes significa “una pesada insoportable que viene siempre a quejarse”. No, no lo soy. Pero acá había que intervenir, como algunas otras veces, por el bien de todos. Y creo que salió bien.
  Fui llena de empatía, por mi hija y por la docente. Entiendo que mi hija es sensible y vulnerable a comentarios descalificadores, como todo niño, y agregaría, como todo ser humano. Entiendo que educar se trata de mirar la parte llena del vaso, y no la vacía, de dar alas para intentar levantar vuelo cuando los motores estén listos y saber ESPERAR, en lugar de pretender que vuelen dándoles un empujón a destiempo. Y entiendo también que la docente está desbordada, que ese día se le pudo haber deslizado un comentario desagradable porque le dieron dos cursos juntos para cubrir la ausencia de una colega, y sé, por experiencia propia frente al aula, cuán difícil es estar en sus zapatos, medir las reacciones y las palabras, tanto como que se te pueden “volar los patos”; y así se lo hice saber, pero somos adultos educadores, y hay que medir las palabras...
  
  En principio, alegó no recordar haber dicho lo que mi hija relató en casa. Expresé que no creía que mi hija fuera una fabuladora, aunque quizás desde su óptica infantil podía magnificar sus comentarios. Luego, al ver que había empatía y crítica constructiva, cambió su actitud a punto tal que en un momento se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Qué paradoja: alumna y docente llorando las dos por perderse el disfrute del proceso de enseñanza-aprendizaje y autoexigirse  ambas lo imposible, la perfección! ¡Qué desperdicio de energía y potencial de los dos lados!

  Convenimos en que es fabuloso que se aprenda a tocar un instrumento, y en que debería haber más arte y más educación física en la escuela: me pasaron letra Sir Ken Robinson y Eduard Punset. Porque somos cuerpo y alma con cabeza y cerebro antes que cabeza y cerebro con cuerpo y alma: ¿se entiende el orden de prioridades? Entonces, ¿por qué tanta matemática, lengua y ciencia, y tan poco arte, sensibilidad, creatividad  y movimiento? 

  Le hice saber mi parecer sobre la falta de gradualidad en como lleva el curso, y le dije que, habiendo aprendido a tocar flauta en el secundario, me había costado tocar “El Himno de la Alegría” de Beethoven y “Yellow Submarine” de Los Beatles, en un concierto desafinado que tuvimos en casa el domingo a la noche. ¿Cómo no le iba a costar a una nena de ocho años que está desarrollando su motricidad fina, requisito indispensable para digitalizar un instrumento usando las dos manos? ¿Y pretender que lo logre en seis semanas?

  Dijo que nunca nadie le había cuestionado el ritmo al que iba, y que la mayoría de los chicos la seguían y le pedían una nueva melodía cada clase: pues bien, siempre hay alguien que se anima a cuestionar primero y en voz alta. Y si mi hija necesita ir más despacio: ¿qué tiene de malo?... ¿Acaso eso la hace “lenta”?... ¿Cuál es el apuro, a dónde queremos llegar, y para qué?... ¡Ésto no es un conservatorio!  Muy bien: acusó recibo.
  Me encontré, como ya dije otras tantas veces en este mismo espacio de franca reflexión, con otra docente más, y van muchas, desbordada, hastiada, desequilibrada emocionalmente, sin registro de quién tiene en frente, de qué siente y qué le pasa al chico, simple y tristemente porque ella tampoco puede conectar con sus propias emociones, “parar la pelota” y autoevaluar su propia labor, justamente por falta de equilibrio. Un equilibrio que falta por un buen número de razones totalmente atendibles: sobredemanda laboral, escasa remuneración económica, falta de tiempo para desarrollar su tarea correcta y gradualmente (ochenta escasos minutos por semana), sobrepoblación en el aula, necesidad de aprobación por parte de sus superiores, y otras cuestiones personales que noté, pero prefiero reservármelas.
         
  Logramos ponernos en los zapatos del otro, por un rato aunque sea: ella en los de mi hija, yo, en los de ella, ella en los míos… Y nos entendimos, aunque por momentos se hizo difícil la escucha: un arte que requiere de mucha más afinación que la flauta.
  ¡Qué bueno sería que todos los conflictos y disonancias, desacuerdos y guerras del mundo se resolvieran así: charlando, escuchando y poniéndose en los zapatos del otro por un rato, para sentir cuanto aprietan, tanto como los propios! Lo digo porque, justo antes de ir al colegio esa mañana, me enteré del asesinato de Bin Laden, que no pone fin a esta espantosa guerra, sino que posiblemente la empeore. 


  Esperemos este sea el fin de la saga “Hoy aprendimos…”, que jamás fue ni será una guerra , ya que pateamos para el mismo arco en este partido... o eso espero. Y aunque mi hija no llegue a ser Mozart porque no nació Mozart, deseo que disfrute de sus clases de música tanto como su maestra. Esa es la clase de escuela que quiero para mis hijos y para sus maestras y profesores, y creo que no es muy difícil de lograr:
  Sólo se trata de poner el corazón y de afinar bien.

   Y te lo digo y se lo dije todo así: a boca de jarro afinado.

*Nota: También le dedico esta entrada a Marta Fiorina, dándole la bienvenida al blog, y apostando a su calidad humana, docente y a toda la tiza bajo sus uñas para enriquecer este espacio con sus aportes: ¡cuando gustes, Martita! Y ahora también a vos, que sé que la estás terminando de leer, Mariela...

                    

domingo, 1 de mayo de 2011

Día del Trabajo

  
     Hoy se celebra el Día del Trabajo. Quisiera reflexionar porque el 29 de diciembre del 2010, mi esposo perdió su trabajo. Había finalmente alcanzado un puesto con el que había soñado y donde, como muchos de sus compañeros me lo hicieron saber al solidarizarse con nosotros dado su despido, se desempeñó con idoneidad y responsabilidad por el lapso de apenas un año y medio. Mi esposo, como yo, es docente por pura vocación. Él tiene doble titulación: profesor nacional de Historia e Inglés. Terminó su segundo profesorado con sacrificio cuando nació nuestro primer hijo. Estaba un poco cansado de estar al frente de tantas clases y tener tanta planificación y corrección que hacer en casa, y esta parte imprescindible de nuestra labor no se contempla hace tiempo en este país: tenía a  su cargo alrededor de 300 alumnos, muchos de los cuales preparaba para rendir exámenes internacionales de historia en inglés exitosamente. Esto reconforta y también agota a cualquiera, por más vocación que se tenga. Sobre todo teniendo en cuenta que, para que la compensación económica en la docencia sea la que un hombre necesita para ser sostén principal de una familia como la nuestra en nuestro país, hay que acumular muchas horas de clase. Justamente ayer, el diario informa que Buenos Aires está quinta en el ranking de las ciudades donde más horas anuales se trabaja...
   Finalmente, después de muchas entrevistas laborales, había obtenido por mérito propio, quiero decir, "sin acomodo", un puesto como rector de secundario en un importante colegio bilingüe. Era un trabajo full time, donde ponía la cara ante alumnos, padres y  autoridades, que lo había librado del desgaste físico y mental de dar tantas clases, pero le había sumado otro nuevo tipo de demanda y stress. Igualmente, celebrábamos el cambio tanto en lo profesional como en lo económico, que nos favorecía notablemente.
   Como en tantos colegios, en este, aunque no parecía en principio, lo que más importa son los números: la educación se ha convertido en un negocio antes que un servicio. Ese día, 29 de diciembre, era el primer día libre de sus merecidas vacaciones. Había ido con los chicos al súper a hacer la compra para la cena de fin de año, cuando, ya en la cola para pagar, recibió un llamado del director general del colegio. Los chicos estaban allí, escuchando la conversación en la que se le comunicaba a su papá, sin decir agua va, que, por una cuestión de números que "no cerraban", se había decidido despedirlo, a él y a diez compañeros más. Lo que llamamos un despido masivo por reducción de personal. Dejó la compra y vino a casa a comunicármelo. Me lo tuvo que decir dos veces para que le creyera.
   Estaba en casa una buena mujer que me ayudaba con la limpieza una vez por semana: ese mismo día, entre lágrimas y disculpas, le pedí que no volviera en lo inmediato, porque no sabía hasta cuando tendríamos que vivir de su indemnización y mi magro sueldo como monotributista, ya que elegí como opción de vida trabajar menos afuera que adentro de casa para estar más presente en el hogar... Lamentablemente, ella también perdió un trabajo ese día.
   Mi esposo encontró un nuevo empleo a la semana, hecho poco usual en esa fecha, que también habla de su valía profesional. De todos modos, fue un golpe duro de asimilar, que nos embargó de una gran sensación de incertidumbre y un fuerte sentido de impotencia e injusticia que todavía estamos procesando. Y que además nos permitió entender que el trabajo es mucho más que la labor cotidiana, e incluso, que el dinero que uno recibe por hacerlo. Esto se descubre cuando se pierde. El trabajo es un motor que le da sentido al hecho de levantarse cada día, a nuestra misión y rumbo en la vida, es un sentido de pertenencia a un ámbito en el que solemos arraigarnos y encariñarnos con la gente, una usina que alimenta nuestra identidad y autoestima además de llenar nuestro bolsillo. Cuando esto falta, se genera un gran vacío. Y hay que ser fuerte, perseverante y optimista para seguir adelante, como él y tantos otros lo hacen, para seguir apostando al trabajo como fuente de bienestar, y para seguir creyendo en uno mismo y en el mundo.

   Hoy damos gracias por el hecho de tener trabajo, por más que no esté bien pago, ni esté regulado por las leyes que nos merecemos tener, ni se contemple al ser humano antes que a las variables económicas del mercado que lo incluyen o descartan.

   Hoy, también se Beatifica a un Papa Trabajador: Juan Pablo II, Karol Joseph Wojtyla, un Papa a quien amo y admiro, y que sin dudas llegará a ser Santo y trascenderá en la historia. Un Papa que viajó a 160 países llevando la misión de pacificar y dignificar a TODOS, que vino a pacificar a nuestro país dos veces, bendiciendo a nuestra patria en momentos difíciles, que hizo un  histórico mea culpa por los errores cometidos por la Iglesia Católica en el 2000, y trabajó arduamente, contra toda oposición, por la verdadera paz, aún contra sus propios contratiempos de salud, durante 28 años. 

 POR ESO  HOY EN CASA CELEBRAMOS EL TRABAJO.

*JUAN PABLO II DIJO SOBRE EL TRABAJO:


"El trabajo más importante no es el de la transformación del mundo, sino el de la transformación de nosotros mismos.
Debemos repetir que trabajar es servir, y la alegría de poner nuestro trabajo y nuestras personas al servicio del bien no podrá jamás ser sustituida por la ilusión de un efímero poder individual".



¡Feliz día del trabajo! AMÉN.                                                                                       

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