lunes, 22 de agosto de 2016

Eleanor Rigby



    Entró al aula 3 del Pabellón Uballes para unirse a nuestra tercera clase de portugués apenas pasaditas las seis de la tarde de aquel viernes que parece que fue ayer, apoyada sobre su bastón con mango de carey y portando su libro nuevo bajo el brazo libre, vestida en una elegancia femenina e impertérrita y dejando a su paso una estela de un delicado perfume linguístico que me resulta tan familiar como irresistible. Iluminó su entrada triunfal con una sonrisa fresca, genuina, una sonrisa que denotaba años de clase llevados con mucha clase, y tuvimos todos la acertada sensación de que entraba con ella una brisa inesperada al aula y a nuestras vidas capaz de hacer algo mejor de una triste canción.





Nuestros ojos no dejaron de mirarla mientras su agilidad se contorsionaba para meterse de costado en uno de esos bancos incómodos que nos ponen a los alumnos como queriendo ahuyentarnos de aprender, y finalmente lo logró, sin perder un ápice de elegancia pese a su avanzada edad y su discapacidad motriz. Una vez sentados ella y su bastón, dijo en un simpático portuñol que se llamaba Eleonora Reyes, que tenía setenta y seis años y que era profesora de inglés. La profesora de portugués, Débora, pasó entonces a decir cómo nos llamaría a cada uno en su sonoro y sensual idioma, pero al llegar a Eleanora no pudo continuar con la ceremonia iniciática del bautismo. A Eleonora le brotó la profesora de inglés que siempre fue, y le dijo, decidida, que a ella le gustaba que sus alumnos y sus colegas la llamaran "Eleanor Rigby" por ser una fanática de Los Beatles. Quedó entonces establecido que todos seríamos quienes éramos en la lista, que seríamos a la vez alumnos de Débora y de Eleanor Rigby, y que esta señora iba a ser un trozo de poesía hecha canción entre nosotros. Y así fue, hasta el fin.

Hay algo en las profesoras de lengua que he conocido a lo largo de mis días que sin duda ha marcado mi destino. Tienen, por regla general, un andar tan sonoro como aquello que enseñan: llevan aros largos, muchos anillos y mil pulseras que van tintineando su presencia de semántica profunda a donde vayan. Son, por regla también, mujeres coquetas, que saben combinar los colores y las telas, que andan por la vida perfumadas - a sabiendas de ser olidas, escuchadas, miradas, odiadas y admiradas - y se les adivinan los buenos libros en las enormes carteras que portan cual bandera, una bandera itinerante de sus guerras ganadas con las palabras.

Cuando se emprende la empresa de aprender un nuevo idioma siendo una señora grande, luego de haberle dedicado años de tu vida a otro idioma que se ha convertido en algo así como un amante estable, lo que se desea aprender es algo más que una lista de estructuras gramaticales y palabras interesantes que generen un nuevo modo de comunicación y pensamiento, y eso es precisamente lo que Eleanor Rigby me vino a traer, apoyada en su bastón, sin siquiera ser la persona encargada de hacerlo. Lo que más me apena ahora es que se fuese de este mundo sin que yo se lo haya dicho en ningún idioma.

Aquel viernes nos adentramos en la primera unidad del libro en donde se nos interrogaba acerca de las motivaciones que nos habían llevado hasta ese pabellón frío a intentar aprender una nueva lengua a estas alturas de nuestras vidas, siendo, supuestamente, adultos ocupados. Todos dimos más o menos la misma respuesta: que nos atraía el idioma por haber viajado de vacaciones a Brasil más de una vez, que podía resultar útil para el trabajo, que nos gustaría entender algunas letras de canciones. Eleanor Rigby, en cambio, sentenció en perfecto portugués:

Eu quero ler a Pessoa em português.

Débora ríó. Eleanor Rigby la miró muy seria y agregó:

Así es como se me rieron en la cara tres viejas inglesas en el examen de ingreso al profesorado cuando yo les dije que quería leer a Shakespeare en inglés antiguo a mis diecisiete años , y acá estoy...

Mucho fue lo que Eleanor Rigby me enseñó. Un viernes de lluvia nos tocó como tema de discusión el futuro. Nos pasamos media hora chapurreando en portuñol acerca de esa ecuación incierta sobre la cual tanto nos gusta especular y anticipar, para bien y para mal. Penamos también: suele suceder que el alumno adulto principiante quiere decir mucho más de lo que en verdad puede decir en un idioma en el cual está condenado a hacer agua por largo tiempo. No fue el caso de Eleanor Rigby. Ella salió a nado por el ancho mar de banalidades aportadas por sus compañeros para desamarrar su certera profecía:

O futuro é muito curto.

Para el exámen final oral, que fue pautado de a dos, la suerte quiso que formara dupla con Eleanor - aunque yo ya no creo en la suerte. La consigna era preparar una breve exposición acerca de la rutina. Estos días, luego de haber recibido la noticia de su muerte, no puedo quitar de mi rutina un texto de Marina Colasanti - texto sobre el cual Eleanor Rigby basó su brillante exposición oral, dejándonos a la profe de portugués y a mí boquiabiertas. 

En homenaje a Eleanor y a todas las personas solitarias que tienen el don de hacer de una canción triste algo mejor, les comparto y les traduzco el siguiente fragmento de ese bello escrito:




Sé que la gente se acostumbra. Pero no debería.


(Marina Colasanti, 
escritora, traductora y periodista ítalo-brasileña)

"La gente se acostumbra a vivir en un apartamento interior y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor. Y como no tiene vistas, luego se acostumbra a no mirar hacia afuera. Y como no mira hacia afuera, luego se acostumbra a no abrir del todo las cortinas. Y como no abre las cortinas, luego se acostumbra a encender más pronto la luz. Y a medida que se acostumbra, olvida el sol, olvida el aire, olvida la amplitud.

La gente se acostumbra a levantarse por la mañana sobresaltado porque es la hora. A tomar el café corriendo porque va retrasado. A leer la prensa en el autobús porque no puede perder el tiempo del viaje. A comer un sándwich porque no hay tiempo para almorzar. A salir del trabajo porque ya es de noche. A dormitar en el autobús por estar cansado. A acostarse temprano y dormir profundo sin haber disfrutado del día.

(...)

La gente se acostumbra a esperar el día entero y escuchar al teléfono: "Hoy no puedo ir". A sonreír a la gente sin recibir una sonrisa de vuelta. A ser ignorado cuando necesitaba tanto ser visto..."








A boca de jarro



18 comentarios:

  1. Hola Fer que historia hilvanada con recuerdos y nostalgia. Escrita en primera persona parto que es una historia real. Una mujer acompasada con los años. Y ese texto final de Marina. Me ha encantado, gracias. Un beso

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado, Eme. Muchas gracias!

      Un beso.

      Fer

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  2. Que preciosidad de escrito. Qué personajes transitan a nuestro alrededor y nosotros sin percatarnos de su presencia.
    Ha sido emocionante leerte y viajar por tus recuerdos, compartir la presencia de esa honorable jovencita llamada Leonor; con tanta pasión por la vida como la que tienes tú por las letras.
    Besos mi amiga porteña.

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    1. Una honorable jovencita: tú lo has dicho, querido amigo. Muchas gracias por tu atenta lectura y por tan cálidas palabras.

      Un beso grande!

      Fer

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  3. Qué maravillosa entrada, amiga. Yo no sé si es real o ficticia y, al contrario que Joseme, no quiero partir de nada. No quiero saber cómo es la realidad. Casi prefiero que sea ficción y que la maravillosa Eleanor Rigby no haya muerto en realidad.
    Si es ficción, has escrito un relato precioso y si es real, no se podría haber contado mejor.
    Y qué bello el escrito de Marina Colasanti. Para pensar mucho.
    Un beso.

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    1. Agradezco enormemente tu valiosa valoración de mi trabajo, Rosa.

      Un beso!

      Fer

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  4. Respuestas
    1. Muy amable, Mark. Gracias por tu lectura!

      Un abrazo.

      Fer

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  5. Me encantan los Beatles, y Pessoa, solo puedo decir eso. Un saludo-.

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    1. Muchas gracias por llegarte hasta mi jarro, Ben.

      Un saludo.

      Fer

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  6. No sé si Eleanor fue profesora tuya, pero lo que sí sé es que a mí me hubiera gustado ser su alumna. Presentas de manera tan cálida a esta persona/personaje que se hace atractivo de inmediato.
    Gracias por "enseñarnos" tus relatos, son entrañables.
    Un beso, Fer.

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    1. A ti, por leerlos y vibrarlos, Kirke. Muchas gracias.

      Un beso!

      Fer

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  7. Qué relao más exquisito con ese hermoso postre final de esa escritora que no conozco, Marina Colasanti.
    Este podría ser otra alternativa visual:
    https://www.youtube.com/watch?v=dl0dFv75wSI
    Moitos bicos dende o curruncho onde o galego/portugués tivo o seu berce.

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  8. Hermosa suena esa alternativa visual que me has dejado, Krapp. Tira fotinho e enviá-la pra mim, por favor, meu amigo ;)!

    Obrigada e beijinho!

    Fer

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  9. Hola Fer!
    Tras la lectura intuyo que se trata de hacernos cómplices de una estupenda recreación, por tu parte, de alguna profunda experiencia en el campo de la literatura o mejor dicho de la traducción, cuya impronta te ha motivado a inspirarte a la hora de recrearnos la historia de este entrañable personaje femenino. No es de extrañar que Eleanor Rigby figure en la letra de esa inolvidable canción que compuso Paul Mac Cartney y que con intencionada habilidad has querido finalizar esta entrada.

    Gracias de corazón por compartir ese bello escrito de Marina Calasanti, una mujer bastante polifacética en el mundo de la lengua y la literatura.

    Un abrazo fuerte y muchos besos.

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    1. Gracias a ti de corazón, Estrella, por tu atenta lectura y tus cálidas palabras.

      Beso y abrazo!

      Fer

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."