jueves, 30 de julio de 2015

Cómo traducir el viento

"Ode to the West Wind", Mural en el Soho londinense

DEFENSA DE LA POESÍA, (1822)


"Un poeta es un ruiseñor oculto en la sombra que canta para alegrar su propia soledad con dulces sonidos; sus oyentes son como hombres extasiados por la melodía de un músico invisible, que se sienten conmovidos y enternecidos, aunque ignoran el origen y la causa de su emoción.


La poesía no es, como el razonamiento, una facultad que se ejerce conforme a las determinaciones de la voluntad. Nadie puede decir: "voy a hacer poesía". No puede decirlo ni siquiera el poeta más grande; porque la mente en la creación es como una brasa semiexitinguida que alguna influencia invisible, cual un viento inconstante, despierta a un transitorio esplendor. Este poder brota desde dentro, como el color de las flores que empalidece y cambia en el curso de su desarrollo, y las partes conscientes de nuestra naturaleza no pueden profetizar ni su advenimiento ni su partida. Si este influjo pudiese perdurar en su intensidad y pureza, sería imposible predecir la magnitud de los resultados; pero cuando el acto de composición comienza, la inspiración se encuentra ya en su ocaso, y la poesía más gloriosa que ha sido transmitida al mundo no es probablemente sino una débil sombra de las concepciones originales del poeta.



La poesía despierta y engrandece el espíritu mismo, tornándolo en receptáculo de mil combinaciones de pensamiento no sospechadas. Levanta el velo que cubre la belleza oculta del mundo y hace que los objetos familiares sean cual si no fueran familiares; vuelve a producir todo lo que representa y las personificaciones envueltas en su luz elísea perduran, desde allí en adelante, en los espíritus de aquellos que una vez las han contemplado, cual recuerdos de ese contento dulce y elevado que se extiende a todos los pensamientos y acciones que ella acompaña.



La poesía nos obliga a sentir aquello que percibimos y a imaginar aquello que conocemos."

Percy Bysshe Shelley



 Ζέφυρος




El viento del oeste en la tradición occidental es considerado un viento suave y favorable que sopla del poniente hacia el sol naciente. En la mitología griega lo encarna Céfiro, el dios que trae consigo a la primavera y las suaves brisas del verano entrante. Cuenta Wikipedia que se le representa como un hombre joven, con alas de mariposa o hada, sin barba, semidesnudo y descalzo, cubierto en parte por un manto sostenido entre sus manos, del cual lleva y va esparciendo una gran cantidad de flores. Su equivalente en la mitología romana es Favonio (Favonius, ‘favorable’, un nombre muy común en la Antigua Roma), quien ostenta el dominio sobre las plantas y flores.


Es posible que la poesía de Shelley produzca un efecto semejante al del céfiro sobre mí. Es posible que resulte imposible traducir a Shelley en su entrañable perfección poética, como también es posible que resulte imposible traducir al viento del oeste. Todo es posible...










Ode to the West Wind


                      I



O wild West Wind, thou breath of Autumn's being, 


Thou, from whose unseen presence the leaves dead


Are driven, like ghosts from an enchanter fleeing,




Yellow, and black, and pale, and hectic red,


Pestilence-stricken multitudes: O Thou,


Who chariotest to their dark wintry bed




The wingèd seeds, where they lie cold and low,


Each like a corpse within its grave, until


Thine azure sister of the Spring shall blow




Her clarion o'er the dreaming earth, and fill


(Driving sweet buds like flocks to feed in air)


With living hues and odours plain and hill:



Wild Spirit, which art moving everywhere;


Destroyer and Preserver; hear, oh hear!





Oda al Viento del Oeste



                         I

Salvaje viento del oeste, aliento del otoñal ente,


tú, que invisible arrastras las hojas secas


que huyen cual fantasmas de un hechicero silente



Amarillas, negras, pálidas y rojas coléricas;

por multitudes enfermas. Oh, tú, suave viento,

que llevaste a su oscuro lecho de invierno



las aladas semillas, humildes y frías

que yacen en sus tumbas, cual cuerpos muertos, hasta 

que la primavera azul, hermana tuya, hace oír


su clarín sobre la soñolienta tierra y llena

(trayendo dulces brotes que del aire se alimentan)

llanuras y colinas de colores y aromas:




Espíritu salvaje que viajas por la tierra,

Muerte y Vida, ¡escucha, escucha!





P.B. SHELLEY





"Nada del poeta pasa
Mas en la mar transmuta
en riqueza y en rareza"

Epitafio en la tumba de Percy Bysshe Shelley 
en el cementerio protestante de Roma



A boca de jarro

martes, 21 de julio de 2015

Compasión

"El descendimiento", Roger van der Weyden



συν πάσχω συμπάσχω


De acuerdo a su origen en latín, cumpassio, que significa "calco semántico", y según la traducción del vocablo griego συμπάθεια (sympathia), palabra compuesta derivada de la conjunción de los vocablos συν πάσχω y συμπάσχω, la palabra "compasión" significa literalmente "sufrir juntos". Me gusta la interpretación que dice que significa "moverse con la pasión del otro". Más intensa que su hermana, la empatía, la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro y el deseo de aliviar, reducir o eliminar por completo tal sufrimiento. A veces puede llegar a ser tan intensa que se desea estar en los zapatos del ser sufriente para redimirlo a él de su pena, se desea sufrir uno mismo para salvar al otro de ese sufrimiento, como me pasa cuando se lastiman, física o espiritualmente, o cuando caen enfermos mis hijos.


El budismo ha hecho de este sentimiento su actitud espiritual propia. Todo ser vivo merece esta piedad cuidadosa, esta solidaridad en su finitud. Los monoteístas de origen semita han dado mucho valor a la compasión divina o misericordia. Para el sufí murciano Ibn 'Arabî (m. 1240 d. C), el nombre real de Dios es ra.hmân, el Misericordioso. Pablo de Tarso, el apóstol Pablo para el cristianismo, afirmaba que la compasión es «reír con los que ríen y llorar con los que lloran». 

Tal vez erróneamente se asume que el sentimiento de compasión va asociado a un sentimiento pasivo de lástima o pena ante la desgracia que nos produce el dolor de otro. De acuerdo a la psicología, la solidaridad, como actitud positiva y proactiva de generosidad y cuidado de los demás, resulta incomprensible sin el motivo de la compasión.

Lo cierto es que la compasión puede asociarse a sentimientos de poder. Esto nos permite comprender que en el Occidente actual este tipo de piedad sea vista como ofensiva. «No me compadezcas, no quiero tu lástima.» —se responde a menudo. Fue Aristóteles quien apuntó que los humanos sienten compasión por «los que sufren sin merecerlo", pero me van a permitir sembrar dudas sobre tamaña afirmación aunque proceda del genial filósofo griego. 



Está también la variante de la "autocompasión", tan denostada por aquellos que se creen fuertes y omnipotentes, irreductibles ante el dolor, y que distinguen entre el dolor propiamente y el sufrir, al cual estigmatizan como si no formara parte de la experiencia vital, como una actitud mental débil que se puede controlar a voluntad y a fuerza de fuerza de voluntad, que por cierto no se vende en ninguna farmacia, en definitiva, una actitud pusilánime que hasta podría suprimirse mediante la adopción de lo que muchos consideran"una correcta filosofía de vida" que nos venden "los iluminados" de ayer y de hoy en el kiosco de revistas a un módico precio, siempre más alto que el de los grandes clásicos de la literatura universal, en forma de prácticas y digeribles recetas para aprender a vivir. 

Asociada al autoconsuelo o a la autoindulgencia, con muy mala prensa pero con un importante papel en las relaciones humanas, la autocompasión, según explican los psicólogos,  puede abarcar desde un comportamiento breve, ocasional y transitorio hasta lo que ellos prolijamente se han encargado de incluir en su manual de "cositas para tratar en terapia" como un trastorno de personalidad que se expresa a consecuencia de percepciones distorsionadas de la realidad, provocando sufrimiento a uno mismo y a quienes nos rodean. Según esta visión, el individuo autoindulgente cree ser víctima de una situación negativa y, por tanto, merecer condolencia. La autoindulgencia es generalmente vista como un sentimiento negativo, un rol que se encarna desde el histrionismo del neurótico, (ya decía Jung que neuróticos somos todos...), y que no sirve de ayuda para lidiar con situaciones adversas; sin embargo, en un contexto social y bien encauzada, puede dar lugar al despertar de la acción solidaria, la filantropía, el altruismo, la simpatía o simplemente el brindar escucha, contención, compañía o un buen consejo, que no es poco si va gratis en estos tiempos. Esa expresión de este humano y poderoso sentimiento sí resulta conveniente para nuestra sociedad, sobre todo para los poderosos, quienes quedan suplantados y cómodamente cubiertos en sus responsabilidades, y entonces es considerada "normal" y "saludable" en la medida en la que lleve a la aceptación o a la férrea determinación de cambiar la situación adversa.

A boca de jarro

domingo, 19 de julio de 2015

El patrón de la vereda




"No se por qué hay que dejar de querer a una persona 
solo porque se ha muerto."

El guardián en el centeno, J.D. Salinger


Se levantaba todos los santos días del año a eso de las cinco de la mañana y se iba derecho para el kiosco-librería-polirubro que le da vida a la cuadra y a él. Preparaba su termo y su mate y dejaba la yerba en reposo mientras se hacía una escapada a lo del diariero Alberto a buscarse el Clarín suyo de cada día. Prendía la FM, podrido ya de malas noticias, y era un tipo afable y erguido para quien todos los días eran iguales y todos los pibes y algunos de los grandes con alma de pibes que entrábamos a su local por cigarrillos, golosinas o útiles escolares nos llamábamos "Willis". Da pena hablar en pretérito de Carlitos, el patrón de la vereda, pero es que se está apagando la luz del centinela de mi barrio. Le extirparon un tumor maligno el verano pasado, y él sabe bien que, a pesar de las sonrisas de Cuqui y sus esfuerzos por disimularlo, hay metástasis por todos lados a sus cincuenta y siete años. Sus días eran todos iguales pero ya dejaron serlo para no volver y ahora están contados. Anda lúgubre, lento y cansino, medio encorvado, con el pasaje de ida abierto hacia el otro barrio. 


A boca de jarro

sábado, 11 de julio de 2015

Ronca de bronca



"Bronca cuando a plena luz del día
Sacan a pasear su hipocresía.
Bronca de la brava, de la mía,
Bronca que se puede recitar...

Para los que toman lo que es nuestro 
con el guante de disimular...
Para el que maneja los piolines 
de la marioneta universal.
Para el que ha marcado las barajas 
y recibe siempre la mejor,
Con el as de espadas nos domina 
y con el de bastos entra a dar y dar y dar 

¡Marcha! 
Un, dos... 
No puedo ver 
tanta mentira organizada 
sin responder, con voz ronca, 
mi bronca,
mi bronca. "

Es una nueva. Ahora que irremediablemente voy para los cincuenta, resulta que me pica la guita. Nunca pensé que me podía pasar a mí, tan espiritual, tan literaria, tan filantrópica, tan maternal y abnegada, tan boluda para tantas cosas, digamoslo. Pero así está la cosa: voy caminando por la calle y miro, sin poder dejar de ver, lo mal que se visten hoy en día los adultos de mi edad, incluida yo misma, y me saltan las lágrimas de la bronca. Y quiero guita para enmendarlo ya. Comprarme ese par de zapatos de una luca sin pensar en cómo carajo voy a hacer para llegar a fin de mes. Y no perdonársela a esa cartera de cuero en la tierra del campo... Hay una urgencia rara en mí, y siento que el tiempo se me diluye y se me va. Ya no aguanto más, no puedo esperar más. No puedo ni quiero esperar una época de vacas gordas, de bonanza equivocada, de esa que después se paga cara con una década perdida y pérfida como esta que no se acaba más. Decididamente no puedo esperar la demagogia de algún gobernante de turno que por fin se apiade de la clase media formada a la cual pertenezco sin orgullo y con pesar. Y lo peor de todo es que no se me mueve ni un pelo al admitirlo. Me pica la guita y estoy ronca de bronca.











A boca de jarro

miércoles, 8 de julio de 2015

No sé, sí sé



"El recuerdo viene a mí,
filtrado rayo de luna,
y me conmueve la cuna
humilde donde nací."




Jesús Orta Ruiz 
(Indio Naborí)








No sé, sí sé



"No sé si he podido ser 

Lo que él soñó que yo fuera"

Pero sí sé que voy a hacer

Todo lo que sé hacer

Para simplemente ser

Sólo quien yo quiero ser

Por vez primera, tal vez,

En toda mi vida entera.











Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.
La inmensa luna diamante era la mejor fortuna
que acompañó al emigrante de aquella España lorquiana y dura.

Cantaba con ese acento que tanto lo distinguía,
risueño me revelaba la copla que así decía:
"Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante".

No sé si he podido ser lo que él soñó que yo fuera,
lo cierto es que, mire usted, mi abuelo fue mi primera escuela,
puso raíz en el puerto y estrenó bajo una ceiba 
las alas del papalote que me llevaban hasta su tierra.

Mi abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna, 
abuelo pintó mi infancia con un verdor aceituna.
Se puede viajar el mundo en los ojos de un abuelo
que nos regala la luna dibujada en un pañuelo. 

Un día llegué a su tierra y allí me estaba esperando
la luna de aquel dibujo que desde el cielo iba pregonando:
"Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante". 




CORO
(Niña, nunca te enamores si hay luna cuarto menguante,
que puede robarte el sueño un asturiano emigrante.)


Trajo la gaita asturiana y el paso doble elegante
pero se quedó conmigo entonando "De dónde son los cantantes"

Abuelo tejió mi hamaca con los hilos de la luna,
artesano de mis alas, carrusel para la altura. 

Su sonrisa desafiaba el trueno y el aguacero.
Cuánta ternura cabía bajo las alas de su sombrero.

Mi abuela besó a mi abuelo en luna cuarto menguante;
mi abuela bebió el misterio bendito del asturiano emigrante.

No sé si he podido ser lo que él soñó que yo fuera,
lo cierto es que, mire usted, mi abuelo fue mi primera escuela,
puso raíz en el puerto y estrenó bajo una ceiba 
las alas del papalote que me llevaban hasta su tierra.

Mi abuelo llegó en un barco, pero se trajo la luna
dibujada en un pañuelo que un día colgó en mi cuna.





A boca de jarro

lunes, 6 de julio de 2015

Campos de oro

"Fields of Gold"










¿Me recordarás

Cuando caiga el sol

Sobre campos de oro?



¿Y te olvidarás
De ese mismo sol
Al andar campos de oro?

Aceptó su amor,
Se dejó mirar,
Sobre campos de oro.

En sus brazos cayó,
El pelo se soltó,
Sobre campos de oro.

¿Me abandonarás
O serás mi amor
Sobre campos de oro?

Del sol te olvidarás
En su cielo celoso
Sobre campos de oro.

Ve mecerse al viento
Y hagamos el amor
Sobre campos de oro.

Siente alzarse tu cuerpo
Cuando beso tu boca
Sobre campos de oro.

Jamás hice promesas ligeras
Pero algunas en mi vida he roto
Juro sobre los días que aún me quedan
Que andaremos sobre campos de oro,
Andaremos sobre campos de oro.

Los años han pasado 
Desde aquellos días de verano
Sobre campos de oro.

Hoy corren los niños
Bajo el cielo celoso
Sobre campos de oro.

Me recordarás
En un soplo del viento
Sobre campos de oro.

Y verás al sol
en su cielo celoso
Sobre campos de oro,
Sobre campos de oro,
Sobre campos de oro.


A boca de jarro

domingo, 5 de julio de 2015

Morriña de Maruja



Si yo fuese poeta diestra, Maruja,
hoy te diría, con más justicia, cuánto te quiero,
cuán orgullosa estoy de ser tu nieta argentina,
cuánto te agradezco por haber dejado todo aquello,
para haberte hecho a la mar, huérfana de toda riqueza,
y darles así un porvenir de solvencia y dignidad a tus hijos,
habiendo perdido a tu primogénito en el camino 
en las garras de una cruel enfermedad,
una herida que llevaste como mejor supiste 
aferrada a la Virgen de los Dolores, imagen negra,
que te acompañó a la luz de la felicidad 
y bajo el yugo oscuro del trabajo cotidiano
al quedarte sola, sin tu Landro, sin tu esposo, sin tus callejas 
y tus amadas playas de la infancia,
sin tus misas en Santa María, sin procesión, sin tu ventana de cara a tus rías,
sin tus Castelos, sin tu Monte San Roque 
y sin el sabor en tus labios de la sal del Cantábrico.

Querido Primo:

  Secretos oscuros que pretendés desenterrar de las raíces más entrañables de este árbol, que es mío, ¿justo ahora? Dejala ya descansar en paz, por favor, te lo pido, que ahí donde descansa su memoria en la mía no hay nada que ocultar. Se le murió el primogénito ni bien acaba de poner el pie fuera del terruño que le dio el nombre, el amor, la playa, el mar, la música, la belleza y el delirio de grandeza, sí, ¡delirio!, y a mucha honra, el de una digna hija de pueblo chico y, encima, gallego. ¡Dejala estar, pobre gallega! Ya tuvo bastante en vida. Dejó atrás la vergüenza de un padre prominente que le hizo hijos a la cocinera de la imponente casa que hasta hoy se mantiene señorial. A mi no me lo contaron: yo me fui a ver con mis propios ojos de qué madera vengo. Y de chica, y no tan chica ya, yo saboreé el agridulce sabor de sus frutos maduros siempre perfumaditos, siempre limpias las manosy la conciencia;  manos de uñas cortas pegadas a brazos fornidos que salían de unas gruesas espaldas gálicas, hacendosas y encorvadas, con una chepa de tanto fregar en la pileta de la cocina, espaldas que cargaron con el terrible palazo de la pérdida sin quebrarse. 

Mi abuela Maruja era una vieja de pelo cortito y entrecano, ojos color mar, petisa y regordeta, coqueta hasta rabiar y siempre pulcra como un quirófano a punto de abrir un corazón para enmendar su mal. Yo amé a esa mujer imperfecta, inmadura, chismosa, envidiosa, generosa, alegre, la que siempre te daba de comer. ¿Y ahora, a estas alturas de mi vida, me venís a decir que se quiso suicidar? Se partió de dolor por nunca haber logrado que su Jesús le confesara dónde había enterrado al primer varón que había parido sin tener la más remota idea de que no se deja nunca de parir en este mundo, de que parir duele mucho más allá de los dolores de parto que su relato agigantaban. 



Yo amé a esa mujer que se refugió de viuda en su negra Virgen de los Dolores, con sus siete puñales en el corazón clavados, guardada en una caja de madera oscura que metía miedo y colgaba sobre el cabezal de su cama en su casa de alquiler. Yo amaba a esa mujer que trajo al mundo a los hombres que mis ojos más miraron y admiraron en mi niñez, a la que celaba todo cuanto venía de mi mamá, a la que me cantaba, a mí  la chica gordita y sin demasiadas amigas —, los bodrios que había aprendido en el coro de Santa María. Ay, pero si yo me animaba y le decía que no se enojara, que mejor me cantara Luisa Fernanda, entonces todo era una fiesta: me florecían sombrillas en las mejillas y sacaba a bailar a todos los buenos mozos de ese recodo de mi imaginación que hoy tanto añoro. 




Tengo morriña de Maruja. Tengo hambre y sed de mis ancestros, no se por qué. Será porque nunca después de ellos encontré gente tan noble, tan íntegra, tan sabrosa y nutricia, tan imperfectamente humana.

Mi abuela Maruja me regaló la palabra y el sentido de la morriña, la magia de llevarme de la mano a comer pizza a la vuelta de mi casa una tarde cualquiera de la semana, donde la festejaba el pizzero, y yo miraba la escena sin entender nada pero comiéndola toda con los ojos y la boca. Mi abuela me regalaba las figuritas de Cenicienta para que yo nunca la encarnara, jamás. 

Mi abuela Maruja de Vivero me legó sus dedos verdes. Mi abuela Maruja se murió sola en la habitación del hospital la madrugada de un Día de la Madre con un gesto de dolor tatuado en el cansado rostro. Y sola...

Por favor, dejala estar, que yo sé bien quién es y dónde está. 









Mazurca de las sombrillas" de "Luisa Fernanda"


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