domingo, 4 de agosto de 2013

La historia de mi árbol hoy (II)




Los árboles y las plantas me han gustado desde chica. Mi casa paterna tenía en principio un jardín precioso, con algunos árboles frutales a los que adorábamos todos. Vinieron con la casa, una de esas casas chorizo, como las llamamos acá, que van desapareciendo porque ya no queda espacio en esta ciudad para viviendas tan largas y amplias: ahora nos hemos ido para arriba...

Creo que la decisión de comprar esa casa y refaccionarla en su integridad, retocando casi todo excepto el jardín del fondo, tuvo que ver precisamente con ese jardín, y sobre todo, con su manzano, su ciruelo, su níspero y su árbol de mandarinas. Fue aquello lo que nos deslumbró a los cuatro: a mis padres, a mi hermana menor y a mí. Mi padre siempre ha tenido una devoción especial por las plantas, y en la casa de mi abuela paterna había macetas colgando por todos lados. Tenía buena mano para las plantas mi abuela: las cuidaba, las quería y hasta creo que eran la compañía que la mantuvo viva cuando quedó sola al final. Mi padre heredó esos dedos verdes de su madre y al ver esa enorme casa con ese jardín, que desde sus ojos verdes lo proyectó como un bosque para sus dos retoños, no dudó en endeudarse para comprarla y reconstruirla, a pesar de que era añosa y le llevó muchos años y una ponchada de pesos y desvelos ponerla en condiciones habitables para nuestra familia.

Recuerdo bien que el primer escrito propio que se hizo público fue dedicado a un árbol. Hasta entonces, siempre había llevado diario personal, tenía cartitas escritas y regaladas a todos los míos, plagadas de errores de ortografía y dibujos muy rupestres, ya que lo mío jamás fue el dibujo; todo aquello plasmado en hojitas de los recetarios que mi padre traía del hospital a casa para tales efectos, y que mi madre aún conserva en el baúl de sus tesoros, como hago ahora yo con los escritos de mis hijos. Para todo padre y madre, no hay escrito más hermoso y más valioso que el que recibe de un hijo, es así: no hay vuelta que darle a esa hoja de la vida.

Aquel primer escrito público fue más allá del género epistolar y se transformó en un infantil y sentido intento de poesía. Fue inspirado por una bellísima araucaria que mi padre había plantado. Resultó que la araucaria creció demasiado, levantaba las baldosas circundantes a una piscina que nos habían regalado en una fiesta de Reyes para nuestra inmensa alegría y la de toda la barra de chicas del barrio y quebrantaba la pared medianera lindante con nuestra vecina, por lo cual hubo que tomar la decisión de hacharla.

Era una tarde soleada de otoño, recuerdo. Mi padre le daba a la araucaria no sin pena ni piedad, y yo, observando desde detrás del ventanal de la cocina el crimen que mi padre estaba cometiendo con un árbol que adoraba en particular, por haber sido mi compañero de aventuras y mi presa imaginaria para el lazo de la verdad cuando jugaba a encarnar a La Mujer Maravilla, sollozaba sin consuelo por más que intentaran explicarme la necesidad del hecho. Junto a la chocolatada de las cinco, tomé lápiz y papel y dejé fluir mi sentir en algo que abría así:

Están matando a mi árbol
Están haciendo un gran mal...

Concluido el breve texto, me levanté de la silla y me fui a llorar de pena a mi habitación. Ya no podía soportar ver esas preciadas ramas, espinosas pero amigas, cayendo en su azulado verdor sobre el suelo, ese tronco fuerte, noble y perfumado con los aromas de la Patagonia, a la que habíamos viajado, exudando savia sufriente, y a mi padre con sus dedos verdes enfundados en un doble par de guantes, con expresión adusta en el rostro, siempre firme, siempre padre, llevando a cabo el sacrificio que no terminé de entender. Aquel día lo odié.

Pasaron los años, se vendió aquella casa, que fue también espacio de juegos y fantasía para mis hijos y sobrinos pequeños, tuve la enorme fortuna, con la ayuda de mi padre, de tener la casa propia, y otra vez fue el jardín que espiamos desde el ventanal del frente de una casa en construcción lo que más nos atrajo de la casa que como familia habitamos hoy. Es mi jardín urbano, cubierto el suelo de piedras y sembrado de macetas donde, con dedos verdes, conecto con mis plantas de una manera especial. Cada planta en su maceta representa para mí a un miembro de la familia que conformamos, presente o ida. Y por supuesto hay un árbol en el corazón de mi jardín urbano. Es el árbol que por mandato moderno hay que plantar, además de tener un hijo, escribir un libro y donar un órgano, todos sueños ya cumplidos o a realizar: cuestión de tiempo nomás.

La cuestión es que las plantas, como los miembros de una familia, perciben, en mi entender, lo que nos sucede a quienes de ellas cuidamos. Absorben nuestra alegría y la devuelven en resplandor, hojas nuevas y flores de colores. Se enferman con nuestras penas y las manifiestan con plagas y pestes varias de las que hay que curarlas fumigándolas y podándolas para que recobren fuerzas y revivan con la primavera, como nos pasa a nosotros, aunque no siempre nos suceda exactamente de acuerdo con el calendario que marcan las estaciones.

El árbol que plantamos en casa es un ficus disciplinado. Fue cambiando de maceta, cada vez a una más grande, fue creciendo con nosotros, soportó una mudanza, un despido, la enfermedad de seres queridos y la propia y, así y todo, siempre se mantuvo en forma a pesar del implacable sol que le pega en el zenit del verano o de aquella nevada extraordinaria o del granizo espasmódico que sacude a Buenos Aires de tanto en tanto, tanto como a nosotros.

Este año, después de aquella terrible tormenta del 2 de abril en la que se inundó mi ciudad y mi living comedor, mi árbol enfermó. Desde entonces he ido más de tres veces al mejor vivero del barrio portando hojas abichadas y llenas de pulgones odiosos para que los médicos verdes me dieran la medicina precisa para resucitarlo pero nada parece funcionar. Tomé la determinación un día, ya entrado el invierno porteño, cuando sé que se debe hacerlo por el bien del propio árbol, de sacarlo de su maceta, renovar el sustrato, volver a plantarlo y podarlo, dejando algunas ramas con hojas para ver si revivía pero aún no ha dado señales de vida.

Mi padre ha venido a verlo y me ha dicho, como médico y anciano sabio, que la cosa es así: el árbol ha cumplido su ciclo y ahora tiene que morir. Entiendo que es el ciclo de la vida: la del árbol de mi casa y la del árbol de la vida de todos los miembros de la familia pero lo había asumido perenne y creía que me sobreviviría a mí. Por algún extraño motivo, este árbol tan cuidado se me ha enfermado este año. La tormenta del 2 de abril  apestó al árbol aunque me curó a mí. El baño de agua que inundó a medio Buenos Aires y a mi propio living comedor me hizo sacar fuerzas de donde creí que no había para poner la casa mejor de lo que la tenía antes de la inundación. Fue como un bautismo, como renacer a una vida que creía perdida, la de los sueños y anhelos que me negaba a darme el permiso de encarar mayormente por temor a fracasar. 

Es una sensación nada más, pero creo que este ficus ha sido tan disciplinado que murió porque la Fer que lo plantó se murió también como él para darle vida a una nueva Fer, que ahora tendría que hacer aquello que le vio hacer a su padre desde la ventana  a través de la cual sin comprensión lo observaba. Tal vez sea necesario darle muerte al árbol y plantar otro nuevo en su lugar, para que el ciclo de la vida se renueve y nazca una nueva vida, que es la que no me animo del todo a plantar y a abonar. Sin embargo, en honor a esa niña que creyó un crimen hachar a aquella bella araucaria, le daré tiempo a mi árbol hasta la primavera. ¿Quién te dice? En una de esas, él también encuentre la manera de renacer a una vida nueva: donde está Fer hoy, hay Fe.



A boca de jarro

22 comentarios:

  1. Hola Fer, cariño!!!
    Primero decirte de tu entrada anterior, que estoy convencida que lo que decidas, la decisión que tomes será la correcta, es tu corazón el que debe ser el dueño de tus actos, no siempre le obedecemos, el deber, obligación o como quieras llamarlo, pero cuando nos dejamos llevar por él, es cuando hacemos lo correcto, cuando somos felices con nosotros mismos.

    Y bueno, sobre el árbol de tu vida, aunque parece increíble, ellos también se mueren, no nos sobrepasan siempre, ha pasado de todo, cosas buenas y regulares y siempre ha estado a tu vera, protegiéndote con su sombra, creo que ahora que has vuelto a ser tú misma, ahora que eres más fuerte, tu árbol ha pensado que es el momento de abandonarte y descansar.
    Tendrás que hacer como hizo tu padre en su momento y dejarlo ir, aunque te duela.
    Vuelve a plantar otro árbol, desde una renacida Fer y dale tu bendición.
    Besos y cariños para ti, guapa!!!!

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    1. Te agradezco tus palabras, Estrella querida, porque sé que provienen de la luz, y por tanto iluminan.

      Nunca antes en mi vida he estado tan conectada a lo que me dicta mi corazón, y nunca antes tan segura, a pesar de que se filtran por la sombra que me habita la duda y el temor, siempre presentes en todas las decisiones más trascendentes de la vida. Y hay que ponerles el oído también, aunque más no sea para ordenarles que dejen ya de paralizarnos y nos permitan hacer en libertad y alegría. En eso estoy. Hablo sola todo el día... Pero nunca más cuerda que ahora ;)!

      Y con respecto al árbol, me nutre tu interpretación: es de verdad muy sensata y sabia, e incluso hasta tengas razón. De todas formas, lo he podado, lo he sanado de todas sus pestes, he de abonarlo y fertilizarlo y darle un poco más de tiempo. El tiempo, a veces, trae con él la respuesta y nos resuelve el problema de actuar ante la urgencia.

      De ser como tú dices y el tiempo me lo confirme, haré lo que aquel día hizo mi padre con sabiduría y para bien de toda la familia: le daré muerte a mi ficus, plantaré un nuevo árbol distinto y abriré una nueva historia, dichosa y llena de luz. Y a este que tanto quiero le daré sepultura en alguna maceta para la que encontraremos alguna misión, como entiendo debe hacerse con todos los seres vivos que se aman de verdad: darles sepultura cuando mueren y encomendarles alguna misión para que sigan presentes.

      Muchos besos y cariños, Estrella de luz!

      Y gracias, de verdad !!!

      Fer

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  2. Fer, me gusta la naturaleza, y cada vez que cumplo años más me identifico con ella, la necesito no solo como el medio para vivir, ya forma parte de mi vida,así como la familia y los amigos, algo que considero ya mio e imprescindible...
    Feliz semana, besos

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    1. En eso sentimos igual, tanto es así que he comenzado a regalar plantas y árboles bonsai para las ocasiones especiales y los cumpleaños de mis seres queridos, y los recibo encantada como regalo también. Aún en espacios pequeños en el medio de las grandes urbes podemos, si queremos, hacer contacto con la naturaleza: aunque más no sea en la pequeñez digna y bella de una maceta.

      ¡Feliz semana para ti también, María, y gracias por hacerme esta visita que deja huella de la buena!

      Besos!

      Fer

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  3. Fer,encontré la notificación de tu comentario a mi post pero, extrañamente, no se publicó en el blog.
    Vengo a contestarte en el tuyo y me encantó tu escrito.
    También amo a las plantas y en la casa de mi infancia había un fondo, que mi padre se ocupaba de cultivar y cuidar. Las plantas son vida que nos rodea en medio del cemento inerte.
    Ojalá puedas salvar a tu ficus, claro que como vos bien entendiste, vivir es renovarse y pasamos por ciclos que hay que cumplir: algo debe morir para que otra cosa nazca.
    De paso te saludo y te aviso que por un tiempito voy a estar "borrada" del mundo virtual. Tengo que resolver varias cuestiones inminentes y si bien no son muy graves, requieren de toda mi atención. Mantener un blog es todo un trabajo de dedicación que no me gusta hacer a medias.
    Quería avisarte para que no te preocupara mi silencio.
    Cada vez que pueda vendré a leerte. Si vos necesitás comentarme algo, hacelo por mail, esos los leo siempre.
    Un beso grande y hasta prontito.

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    1. Algo raro está pasando, Mire, porque en muchos blogs al comentar me pasa igual... Voy a ver si pido ayuda a Google y si la entiendo, que ese es otro cantar... ¡Gracias por avisar!

      Y gracias también por tu aporte: ojalá pueda salvarlo, pero entiendo que a veces hay que morir a lo viejo para nacer a lo nuevo, y vos, como los demás que han venido a comentar, me están ayudando a entenderlo y a procesarlo con tiempo.

      No me preocupan tus silencios, Mire: no hay compromiso alguno, movete con libertad y atendé, ante todo, lo tuyo, que igual hago así yo.

      No queda otra, Mire: ¡atender la prioridad, desde luego!

      ¡En contacto siempre y suerte con tus cuestiones inminentes!

      ¡Gracias de corazón!

      Fer

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  4. Entiendo que describes el renacer y además con mucho acierto, y la lucha como supervivientes que somos hasta el último aliento. Entiendo que comprendes y por supuesto perdonas, no sólo a tu padre por supuesto, te perdonas a tí y descubres que la vida tiene giros y más giros para hacernos llegar a esa linea más recta de ese camino que buscamos sin buscar, hasta que un día damos el primer paso en esa vereda, la auténtica, en la que el desprendimiento no duele ni resulta incomodo, donde vamos limpiando lo superfluo y vivimos la simplicidad.

    Fer, así te entendí y tu jardín me parece maravilloso en mi imaginación, visualizo la calma...

    Beso muchos ♥♥♥

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    1. Estamos como en sintonía, Tramos querida, porque vengo de tu Bolboreta y es en el caos del cambio, en el paso de la muerte a la vida nueva donde me encuentro, no sin dudas, no sin reproches... Me he sentido tan vivamente identificada con ese relato. Y la canción de Carly Simons, himno de sueños a alcanzar en mi juventud ya ida... "Let the river run..."

      Hay calma y hay incertidumbre, voy y vengo en una bipolaridad muy femenina que va marcando las horas, los contratiempos, ciertos guiños que interpreto como la luz verde para darle para adelante, pero no es fácil transfigurarse, matar lo viejo y dar paso a lo nuevo sin dudar. Hay fe, pero se necesita una señal. Para eso hará falta tiempo, pero soy tan ansiosa, Tramos... ¡Un psicólogo por acá!

      Seguimos, Tramos, yo de tu mano, que así siento que no me pierdo en el caos, porque es la bolboreta de mis ancestros, enterrada en la raíz de mi árbol, la que me levanta en vuelo.

      Mil besos♥♥♥

      Gracias mil!

      Fer

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  5. Cuantas veces están ahí casi sin que nos demos cuenta, forman parte de nuestra cotidianidad. A veces fuertes y esbeltos, otras frágiles y descoloridos como pidiendo nuestra ayuda.
    A mis perros les hablo y aunque no me responden por su forma de mirarme y mover la cabeza se que me entienden, es una comunicación a veces difícil de entender para quien no convive con animales ;-)
    Con los árboles la comunicación es una experiencia totalmente sensorial, pegarte a él, tocarlo, sentir en las yemas lo que nos cuenta su piel, olerlo, escuchar lo que nos dicen sus hojas al moverse, y en algunos casos recibir el precioso regalo que nos dan a través de sus frutos.
    También cuando nos vamos para siempre sus raíces son amorosas para acogernos y así seguir formando parte de la vida de los que hemos amado.
    Así qué mi consejo no puede ser otro que el de darle otra oportunidad a tu árbol, quien sabe sino encuentre de nuevo su lugar para volver a renacer y si finalmente muere planta otro que puedas tocar y abrazar.
    Hay árboles que nos acompañan durante toda nuestra vida sin pedir nada a cambio, sólo dando. Cuantos humanos podríamos aprender de un árbol!!!
    Un petó,

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    1. ¡Cuánta sabiduría, Rosa querida! Nunca dejas de sorprenderme y conmoverme con tus palabras y gestos.

      Te voy a contar una cosa. Yo nunca he tenido perro: en mi familia hay como una fobia descontrolada por los perros. Y sin embargo me ha sucedido justamente en una de las visitas al vivero que la asistente nos preguntó si no queríamos adoptar a un cachorrón perdido que tenían allí temporalmente hasta tanto alguien se lo llevara a casa. No sé cómo me fui directo a verlo, lo toqué y le hablé, y me contestaba en sollozos, como suplicándome que me lo trajera a casa. Fue marido quien dijo que no, a pesar de que él adora a los perros y siempre ha habido perros en su casa paterna. Él me explicaba que en casa no tenemos suficiente espacio para que un perro viva sanamente, que no tenemos tiempo de ocuparnos de un perro, que cuesta mucho dinero y trabajo tenerlos bien, que sería un problema justamente ahora que vamos a viajar y que se te parte el alma cuando se enferman o se mueren. Comprendí toda la sensatez de marido, pero seguía mirando al cachorro con un nudo en la garganta y te juro, Rosa, que me lo habría traído a casa si no hubiese sido por la sensatez de marido.

      Estoy cambiando mucho, Rosa, tanto, que a veces me desconozco gratamente.

      Un petó enorme y gracias!

      Fer

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    2. Estoy completamente de acuerdo en todo con tu marido Fer porque solo concibo tenerlos como parte de la familia y como tal precisan de atenciones, mimos, amor, compañía, disciplina, comida adecuada, controles sanitarios, vacunaciones, limpieza, paseos (aunque llueva) . . . pero es tannnnto lo que recibes a cambio que compensa!!! y para los niños solo se me ocurren cosas buenas a que crezcan con ellos y se responsabilicen de alguna cosilla, aprenden a quererlos y respetarlos sabiendo que no es un juguete, es un ser vivo que también siente y padece.
      También estoy de acuerdo con él en que como su vida es más corta que la nuestra cuando mueren lo pasas mal, verdaderamente mal.
      El primer perro que me regalaron allá a los 16 años era un cachorro negro de Pastor Alemán, preciosa y noble, aún me emociono cuando la veo en foto. Cuando murió lo pase fatal, todosss lloramos, recuerdo que aquel 15 de agosto nadie comió y que dije que no quería volver a tener perro jamás . . . pero he repetido varias veces, por suerte!!!
      Llegue a la conclusión de que por no padecer me estaba perdiendo otras emociones a las que no quería renunciar, así que solo puedo animarte a convencerlo, porque tiene que ser algo consensuado en familia para que funcione, y que lo compruebes por ti misma.
      Hay personas que todo esto lo podrían suscribir pero hablando de gatos, pero es que yo soy de perr@s jejeje.
      Un petó,

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    3. Siempre se está tiempo de adoptar una mascota. No será este el momento tal vez. Es también eso cuestión de tiempo, y quién te dice, Rosa, tenga que ser un perro el que venga a tomar el lugar del árbol: el tiempo lo dirá...

      Gracias por compartirme tus historias de vida vivas!

      Un petó!

      Fer

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  6. Ni se te ocurra tomar medidas radicales hasta que no tengas la completa seguridad de que no puedes hacer nada. La vida se renueva a partir de lo que va muriendo pero nunca hay una ruptura con lo anterior. No va a saltos. Hay siempre una línea continua en que lo que es primero determina lo que va después y en que los pequeños sistemas generan grandes sistemas.
    Tu lucha por la defensa de la araucaria es en todo similar a mi lucha en la defensa de las gallinas de mi patio a punto de ser sacrificadas por el implacable brazo paterno.
    Mi afición a las plantas es tardí y he notado que ahora que tengo más tiempo para estar cerca de ellas ya no se me mueren de la forma casi epidémica con la que se me morían antes.
    Muchos besos

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  7. Es lo que digo: le voy a dar tiempo para que sane, amigo, como me lo he dado a mí misma, a tantos a mi alrededor y al jarro, aún medio agujereado como un gruyere, y sigo esperando. Creo en eso que tú dices, que nunca hay ruptura con lo anterior, porque de eso, aunque muera, estamos hechos en el hoy, y por lo tanto no se debe matarlo.

    Es curioso lo que me compartes acerca de las gallinas y tu padre, porque mi padre, que da por muerto a mi árbol, como proyección de sí mismo, creo, también tiene en su haber una anécdota similar a esa. Y pegué el video del corto y se lo he compartido para que entienda que a él le ha sucedido algo parecido: cuando todos lo daban por muerto, vino un doctor de dedos mágicos de la Fundación Favaloro que le destapó los caños, lo salvó de la muerte y su corazón sigue trabajando. El tema es si sigue vivo, ese es otro cantar. Yo intento hacerle entender lo que he aprendido de su enfermedad y la propia, y que Jung resume tan magistralmente en esa cita a la cual siempre recurro desde que la encontré en un sitio de Sjögren: "La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir."

    Es todo cuestión de hacerse más tiempo, Krapp, ya que tiempo no tenemos: lo hacemos.

    Muchas gracias por volver a pesar del reviro místico con el que te debo haber agotado (perdón por eso), y muchos besos, querido amigo y doctor del alma mía Krapp!!!

    Fer

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    1. A ver que te parece ésto que puse en mi blog una vez:
      http://www.youtube.com/watch?v=8Zrw61WiBiQ
      Besos

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  8. Vuelo para allá a leerlo y luego atiendo mi "deber ser" en la docencia, pero no por mucho tiempo más, Krapp: he decidido y anunciado ya que abandono la enseñanza para dedicarme a abonar mi árbol, porque si no me vuelvo a secar y muero.

    Gracias!

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  9. Nunca sabemos, Fer, cuando va a surgir un nuevo brote y no obstante surge. Esto es siempre así y sólo deja de suceder cuando morimos. La de nuestros tiestos y jardines (cada cual lo que tenga) son la imagen de nuestra perseverancia, bondad y cariño; así como de nuestra capacidad de aceptación de los designios de la vida.

    Un abrazo.

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  10. Gracias, Manuel, por la visita y por tus sabias palabras. Estoy dispuesta aceptar mansamente los designios de la vida y voy a darles tiempo a que se me manifiesten.

    Un abrazo!

    Fer

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  11. Fer dale una oportunidad al arbolito...quiza el calor de la primavera le haga renacer de nuevo...y si no es asi...pues a plantar otro.
    La vida tiene muchas muertes chiquitas...de las que afortunadamente resucitamos para ser más nosotros...para hacernos más maduros...aunque siempre se nos queda algo de nuestras vidas anteriores...los recuerdos, los sentimientos...y la experiencia.
    Seguro que no seras una nueva Fer...seras la misma, solo que mejorada...
    estaré pendiente de tu itinerario por mi tierra, que tambien es un poco la tuya...
    un abrazo

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  12. Yo siento igual, Julia: le voy a dar tiempo al árbol porque me lo di a mí y funcionó. Le voy a agregar tierra a la maceta y abono, todo esto hasta la primavera, y después veremos. Tal vez brote de él también una versión "mejorada", como me ha pasado a mí, aunque no perfecta, no: eso es imposible. Hay siempre heridas que no terminan de cicatrizar y hay que ayudarlas a cerrar, recuerdos dolorosos para transformar, sentimientos oscuros que emergen de tanto en tanto y hay que iluminar, defectos para pulir: esa es la lucha, Julia, el camino. Para mi árbol, igual. Y eso lleva tiempo. Tal vez la naturaleza con su sabiduría le dé el empujón que le hace falta como me lo ha dado a mí. Veremos. Pero no me voy a apresurar: no se corta con lo viejo y lo enfermo de un día para el otro. Eso lo voy entendiendo.

    Te voy a tener al tanto de mi itinerario, por supuesto. En septiembre lo comparto aquí desde el jarro así se enteran todos, y si podemos, nos encontramos aunque sea un rato en esa tierra bendita que sí, siento un poco como la mía, y estoy inmensamente feliz de por fin poder visitar como yo soñaba.

    Un beso, Julia, y gracias!!!

    Fer

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  13. lAS PLANTAS VIBRAN Y VIVEN PARA TI, QUE LO SEPAS!!!!

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  14. Y para tí también, amiga del viento, Alson, sobre todo las rosas de color carmesí ;)!!!

    Gracias amiga!

    Un beso!

    Fer

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."