miércoles, 27 de noviembre de 2013

Salve Regina




    Regina estaba en una habitación de dos con un enorme ventanal que da al jardín del hospital. Ella ocupaba la cama junto a la pared. La puerta estaba entornada y la habitación, en penumbras cuando entramos esa mañana de sol, porque nadie había levantado las persianas. No quería que se encendieran las luces. Yacía sobre la cama una mañana templada tapada con las frazadas viejas del hospital como si fuese pleno invierno, y se la percibía enojada y molesta. Su primer mirada fue de desdén. Pude leer su pensamiento: "¿A qué vienen estas beatas que no tienen otra cosa mejor que hacer con el Cristo, a darme la lata ahora que me estoy muriendo?"

Me acerqué tímidamente y le pregunté su nombre. En cuanto lo pronunció, supe que estaba hablando con un ser especial. Tenía un rostro fino, afilado y consumido por la enfermedad. Y su voz, áspera y gutural, era el resto de un terrible cáncer de garganta que confesó con ira a los dos segundos de charla. Fue un golpe duro para mí. Era mi primer contacto con una enferma terminal así. Otras veces me había acercado a ancianos entrados ya en edad, desahuciados por los médicos pero acompañados por familiares amorosos. Regina, en cambio, estaba absolutamente sola y no era tan mayor. Nadie la visitaba. Nadie la acompañaba en su agonía. Me pidió agua y comida. Miré la mesa de luz y vi que no había nada para darle de beber. Tenía una vía clavada en lo que quedaba de brazo para alimentarla. Le pregunté qué le apetecería comer. No me contestó. Estaba inquieta. Quería cambiar de posición, pedía que le subiera la cama y le bajara la baranda de contención. Le expliqué que no tenemos permitido hacer cosas por el estilo, que habría que esperar a la enfermera. Murmuró algún improperio contra mí por resultar tan inútil, y así me sentí, pero no claudiqué, confiando en que lo que más necesitaba era de alimento para el alma.

Comenzó a relatarme su historia de vida, de lucha y de dignidad. Se confesó una mujer deportista, nadadora, sana, alguien que nunca había probado alcohol ni fumado jamás.

-"Y sin embargo, mirame ahora. ¿Por qué me tuvo que pasar a mí, cuando hay otros que hasta parece que se la buscan y andan fumando por el jardín?"

Hay algo que se repetía en su discurso, que se desprendía de su enojo contra el destino que le había tocado vivir. Hablaba de tener la canasta llena de huevos, tantos, que hasta ya resultaba pesada de cargar. 

Hice silencio un rato, la tomé de la mano, le acaricié la frente suavemente y la cabeza, totalmente pelada y hermosa, y logré que dejara de mirar fijamente a la pared y me mirara a los ojos. Le dije que yo no tenía ninguna respuesta para ofrecerle, ninguna receta prefabricada para darle esperanza, que tan sólo estaba allí para visitarla, hacerle un rato de compañía e intentar apaciguar su ira. Agradeció el calor de mi mano y me susurró que todo su cuerpo estaba helado y cansado.

Entonces el azul de sus ojos se fundió con la enorme compasión que llenó los míos de lágrimas. No puede evitar decirle que tenía unos ojos soberbios del color del mar más bello y por fin logré arrancarle una tímida sonrisa. Caí en el lugar común de esas frases hechas que se escuchan por ahí, como que los ojos son el espejo del alma. Eso me lo perdono porque era justo ahí a donde quería llegar.

Le hablé con sinceridad, le dije que creía que sólo podía ayudarla a prepararse para partir porque me parecía una mujer sensata, y que todos merecíamos morir en paz. Volví sobre el magno manto de su nombre.

-"Sos una reina, Regina. Y podés irte como lo que sos."

Entonces así, por pura intuición, toqué la fibra más tierna que tenía sana todavía. Me confió, con la voz ya cansada, que cada noche antes de que se apagaran las luces de su mísera habitación de hospital, clavaba sus ojos celestiales en el techo y le parecía que se abría. Veía como en una visión a una señora vestida de negro que llevaba una corona y que le sonreía dulcemente. Y ella creía que esa señora era la que pronto vendría a buscarla para aliviar su dolor. Creó que notó que me desmoronaba espiritualmente yo, y me tomó fuertemente de la mano ella esta vez, suplicándome que volviera a visitarla. Y así me lo propuse. Al mirarla por última vez desde la puerta de la habitación era el perfil de la muerte lo que asomaba por entre las mantas sobre su lecho.

Salí al pasillo y me quebré en un llanto que tuve que ahogar. Mis compañeras me acompañaron a componerme al jardín, pero había sido todo muy fuerte por primera vez en los meses que llevaba haciendo esto de visitar enfermos. Callé lo que le tendría que haber dicho: que yo también había sentido alguna vez, en esas horas oscuras, la presencia de esa señora de manto negro a los pies de mi propia cama. Pero era cosa de loca mística, y no quería hablar de mí.

Llegué a casa hundida en un silencio cavilante. ¿Qué podría llevarle en mi próxima visita que le sirviera de alivio y preparación? ¿Cómo transformar su enojo en aceptación? ¿Cuánto podía demorarme? No mucho. Era viernes. El hospital se llena de gente que visita a sus enfermos los fines de semana y necesitábamos un clima más sosegado. Esperaría hasta el lunes para volver.

No tardé mucho en encontrar lo que deseaba compartir con ella. Es una oración que tengo en un libro pequeño que me enseñó a rezar mi abuela paterna. Le marqué con un post-it rosa y preparé otra que me enseñó un sacerdote que dedica su vida a esta tarea. Todo ese fin de semana veía los ojos de Regina en el ojo de mi mente y oraba de corazón por ella.

El lunes a la tardecita, entre que terminé las tareas de casa y llevé a mi hija a su clase de inglés, me hice un huequito para ir a verla, armada con las oraciones. Entré sin mirar al interior de las demás habitaciones para que ningún otro paciente me viera. Sólo quería estar con ella. Otra vez me encontré con la puerta entreabierta y la habitación en penumbras. Me asomé sin golpear, pero en la cama de Regina había otra señora acompañada de su hija. Pedí disculpas por haber irrumpido así y me puse a buscarla por todo el piso. Me fui al office de las enfermeras pero era la hora de la higienización y no di con quien me orientara.

No hacía falta preguntar nada ni seguir buscándola allí. Regina se había ido para no volver, y yo no había cumplido con su pedido. Bajaba por las escaleras hacia la salida ya cuando, de pronto, pasó una señora que acompañaba a la paciente de la habitación que compartía Regina.

-"Falleció el domingo a la madrugada. Estaba muy débil ya. Lo último que hizo antes de morir fue rezar una oración conmigo que me acordaba del catecismo: "Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra: Dios te salve... " ¿La conocés?"


A boca de jarro

33 comentarios:

  1. Un relato muy triste, sí. Pero la tristeza no me llega de la pobre Regina quien, al cabo y fin, su paso por esta vida se terminó en el modo natural en que tiene terminar; quiero decir: no fue víctima de ningún acidente ni de ningún acto terrorista, tampoco criminal o de desamparo. Fue víctima de la enfermedad. Allí donde todos llegaremos si alguna de las incidencias anteriores no lo remedia antes. La tristeza me ha llegado por ti, porque tú, con ese corazón tan inmenso y tan puro que tienes, no mereces sufrir estas penas.

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    1. ¡Querido Manuel! Me dices lo mismo que me dice mi padre, que se pasó la vida en hospitales, salvando vidas a veces y otras viendo cómo se le iban de las manos, haciendo lo mejor para acompañar pacientes clínicamente hasta el final. Yo sólo intento hacer lo mismo espiritualmente, aunque para esto no hay escuela. Estas son realidades ineludibles de la vida que me enseñan a valorar todo lo bueno que tengo, a olvidarme de mí misma y a dar lo mejor de mí por el bien de los demás. A veces me entristezco un poco y otras me siento feliz, porque aprendo que no soy indispensable, ni el centro del universo, ni la más desgraciada. Siempre hay un ángel por ahí dispuesto a asistir, como en este caso. Y Regina estaba desamparada, estaba sola, nadie la acompañaba, sus hijos no la visitaban, y me colma de alegría llenar en alguna medida ese vacío sobre el final de una vida. Sobre todo me alegra el poder usar mi fe para confortar y sostener. Me puedo pasar horas hablando de fe y de la vida después de la muerte, porque creo en ella con el alma,pero cuando un ser humano me deja ver que en su interior, en medio de tanto dolor, hay un rayo de esperanza, me prendo fuerte a ella y me fortalece más a mí que al otro. En esto todo es gracia plena para mí.

      Un abrazo y muchas gracias.

      Fer

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  2. Vos si que sos una regina.

    Un abrazo

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    1. Gracias, Josela. Yo soy simplemente una voluntaria feliz de asistir y de ver que cosas como estas pasan todos los días, aunque no salgan en las noticias.

      Un abrazo.

      Fer

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  3. Es duro, muy duro querida Fer.
    Yo lo viví con mi padre, como bien sabes mi familia es cortita, así que mi madre estaba con él durante el día y yo iba a media tarde y me quedaba por la noche. A la mañana siguiente me iba caminando hasta casa para asearme y desayunar antes de ir a trabajar, casi todos los días hacia el camino llorando y no solo por mi padre sino por todo lo que en aquellos meses vi en la planta de oncología del viejo hospital.
    No puedo sino admirarte por tener el coraje y el corazón suficiente para dar un pedacito de ti a esas personas.
    Aunque no me lo has pedido me voy a tomar la libertad de darte un consejo que a lo mejor encuentras un poco duro?, frio?, recuerda que no son familia tuya y por tanto no te lleves esas emociones dentro de ti a casa, por tu bien y tu propia salud debes dejarlo todo a la puerta del hospital.
    Una abraçada forta Fer,

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    1. Gracias, Rosa. Se agradecen los consejos, y te digo que te quedes tranquila porque conozco la diferencia. He tenido a mi padre más de una vez en terapia y en unidad coronaria, y se siente absolutamente diferente cuando se trata de un ser a quien conoces y amas de toda la vida. No proyecto ni confundo los roles. Esto me hace bien al alma, créeme ;)!

      Una abraçada forta!

      Fer

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  4. Un relato muy conmovedor y a la vez muy bien relatado, con mucha sensibilidad. Gracias.

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    1. Muchas gracias, María Dolores. Muy atenta.

      Un saludo cordial.

      Fer

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  5. Fer me alegro que Regina pudiese contar con tu cariño, aunque solo fuese por un momento...
    quizá esa mujer que ella veía en la noche viniese a por ella, supongo que un pequeño consuelo a su soledad...
    un abrazo

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    1. Gracias, Julia. Yo también me alegro.

      Un abrazo.

      Fer

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  6. Es valerosa y llena de compasión esa obra que haces, tratar de ayudar y aliviar a enfermos terminales. A veces uno esta tan lleno de vida y a la vuelta de la esquina nos acecha la muerte. Como Regina una mujer que cuidaba su salud y termino su vida mas rápido de los que no la cuidan. Hermoso tu relato, abrazos

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    1. Es importante recordar que la muerte nos espera a todos a la vuelta de la esquina. Se vive con mayor plenitud cuando se tiene presente ese hecho. También es relevante tomar conciencia de que no siempre la enfermedad es responsabilidad de nuestros actos en la vida. La prevención de enfermedades es una buena medida a tomar pero la voluntad de la naturaleza a menudo gana la batalla. Esa percepción de nuestra fragilidad y vulnerabilidad nos brinda mucha humildad para enfrentar nuestro paso por el mundo.

      Muchas gracias por tus amables palabras.

      Abrazos, Alejandra.

      Fer

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  7. Todo está en el estilo. Felicidades!. No se me ocurre un elogio mejor. A la par, nos invitas a una reflexión: nadie, en ese trance, debería estar solo. Gracias.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias, Marybel. Felicidad es lo que me proporciona aliviar soledades y plasmar esas vivencias reales e intensas por escrito.

      Un abrazo.

      Fer

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  8. Todos sabemos y no queremos saber. Preferimos mirar hacia otro lado incluso cuando el mazazo nos ha tocado muy de cerca. Las diferentes religiones desde los antiguos egipcios, pasando por el budismo, el hinduismo y las monoteístas nos hablan de la preparación para la muerte, de la consciencia del tránsito y del estar preparados. La vida actual nos intenta convencer de lo contrario y yo tampoco estoy muy seguro de que preparar nuestra segura muerte nos traiga más felicidad que vivir en la pura inconsciencia del presente. Casi justifico la resistencia del que no quiere morir, del que no quiere ser arrebatado por lo que no conoce. Dichosa tú que esperas y que entiendes de solidaridad, entrega y misericordia. Dichosa tú por esparcir vida y saber contarlo de forma tan conmovedora. Otros no sabríamos hacerlo porque estamos naturalizados con la desesperanza.
    Muchos besos

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    1. Ay, mi doctor de almas... ¿Cómo se mide la dicha? No creas que tener fe es el salvavidas perfecto para evacuar todas las dudas y toda la angustia existencial. La fe es vacilante también, no siempre se siente igual. Hay situaciones propias y ajenas que ponen a prueba la fe de cualquiera. Sólo intento ser muy honesta con los enfermos que acompaño en esto de no tener todas las respuestas, ni todos los tickets al paraíso en mi cartera. Me hacen repartir estampitas y bendecir con agua bendita, y me lo cuestiono todo el tiempo, porque siento que lo importante no es imponer y caer en un ritualismo vacuo sino escuchar con todos los sentidos y acompañar lo más que se pueda. Hasta me cuestiono el entrar al hospital con una enorme imagen del Cristo, que pesa como cinco kilos, porque en muchos sentidos, además del físico, me resulta un obstáculo para la conexión humana que busco ante todo en esto. Pero si sigo cuestionando la fórmula que usan estas señoras que me aceptaron amablemente aún sin tener la menor preparación y siendo tan cuestionadora como bien sabes que soy, me quedo afuera de algo que da sentido a mis días y me lleva a hacer el bien en medio de la desesperanza generalizada que no me es ajena para nada, y eso lo sabes también. Si lo cuento en forma conmovedora sabes que es porque realmente me conmovió. La dicha reside simplemente en darme tal cual soy a los demás, con todos mis terribles defectos y mis pocas virtudes, nada más.

      Muchos besos, Krapp.

      Fer

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  9. Nadie saber cómo vivirá los últimos momentos de su vida. Nadie sabe cómo reaccionará ante la presencia de la muerte. Nadie sabe en que se refugiará para encontrar consuelo. Mi padre que siempre se había pasado la vida diciéndome que hasta los mayores ateos en el momento de morir piden confesión, en el momento en que él iba a morir le pregunté (él no podía hablar ya) si quería un sacerdote. Puse mi mano entre las suyas y se lo volví a preguntar. Él entonces se incorporó levemente y dijo con energía un profundo y sonoro: ¡Bah!. Entonces me dio la risa y le dije que me sentía orgulloso de él. Era la primera vez en mi vida que se lo decía. Creo que al final se lo llevaron.

    Un abrazo.

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    1. Nadie lo sabe, tal cual. Y esa es la angustia más grande con la que cargamos todos, creyentes o no creyentes, da igual. Una tía abuela mía, de quien cuidó mi madre en su larga agonía, murió de un terrible cáncer de mama. Odiaba a los curas, pero a último momento, le pidió a mi madre que fuera por uno a darle la unción porque tenía miedo de ir al infierno. Pero el cura no llegó a tiempo. Y mi madre se quedó con esa culpa toda su vida. ¿Sabes lo que le digo cada vez que me lo cuenta? Lo mismo que me das pie para decirte a ti, aunque no seas creyente. Todos somos "sacerdotes, profetas y reyes", porque todos somos hijos de Dios. El mejor sacerdote para tu padre, que fue coherente consigo mismo de principio a fin, fuiste tú. Y lo mejor de acompañar a nuestros seres queridos en esos últimos instantes es que suele darse la oportunidad de animarnos a decirles lo que nunca antes les dijimos, gracias a lo cual quedamos todos en paz. En esa risa que compartiste, en el gesto de tomarse de las manos y en el orgullo que le confesaste que sentías por él yo encuentro el verdadero amor de Dios, que no es otra cosa que el amor que nos profesamos el uno por el otro. El amor es religión.

      Un fuerte abrazo.

      Fer

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  10. Con esta entrada pones de manifiesto, una vez más, la entrega, la generosidad y la profunda humanidad que te caracteriza. Me gustaría parecerme, aunque solo fuera un poquito, a ti, estimada Fer...

    Un fuerte abrazo

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    1. Agradezco tus conceptos, mi querido Luis Antonio, pero permíteme aclarar que no es el objetivo que persigo al escribir estos textos exponer características personales ni recibir elogios que no merezco, sino simplemente compartir vivencias que a todos en general nos toca protagonizar, si no es en un hospital, trabajando de manera voluntaria, es acompañando en la enfermedad a algún familiar cercano, a un amigo o a un vecino. La enfermedad y el dolor, en mi modesto entender, cuando son bien vividos, sacan a relucir lo mejor nuestro. Cualquiera en mi lugar haría lo mismo y más por un ser como Regina. En verdad, yo siento que me quedo corta con lo poco que hago. Hay mucho para hacer por los demás en todos lados. Como decía la Madre Teresa, es cuestión de encontrar nuestra propia Calcuta.

      Un fuerte abrazo.

      Fer

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  11. El consuelo es tan necesario, ese amor sin interés, ese roce, esas palabras, esa escucha...
    Labor difícil y consagrada la tuya.
    Existen personas menos mal que están durante el trayecto en la vida y otras que están en el puente hacia la muerte.
    Te envío todas las fuerzas que desde mi amor hacia personas como tú puedo dar, y pido por ti para todos esos momentos intensos que pasarás.
    Existe la fe, gracias a angeles que nos la transmiten...

    Besos muchos ♥♥♥

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    1. Lo que más difícil me resulta en esto de acompañar es precisamente la escucha, querida Tramos. Me tengo que morder la lengua más de lo que quisiera para no hablar de más, porque es mi tendencia natural. Es escucha y contacto lo que más necesitan estos seres. Se piensa que hay que ir a recitarles La Biblia, y, en mi modesto entender, esto es un error que puede resultar contraproducente. Por eso cuando más disfruto es cuando me toca alguna persona que no se define en términos religiosos como lo hago yo. Me han tocado personas judías, evangelistas y ateas, y es con ellas con quienes siento que llego más hondo en la espiritualidad, porque hacemos contacto a través del amor puro, amor por la vida y por las personas que somos y que nos rodean.

      Te agradezco la fuerza que me inspiras y te la retribuyo. Por supuesto que existen los ángeles: la señora que acompañó a Regina en sus instantes finales es un ángel.

      Besos, miles, de todo ♥

      Fer

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  12. Es un relato conmovedor, querida Fer. Te veo a ti en él, con tu experiencia personal vertida, y me lo confirman tus propias respuestas a los comentarios anteriores.
    Cuántas Reginas vas a encontrarte, cuántas... Y es que la última etapa de la vida es durísima de vivir. Siempre he pensado que es terrible ver como nos apagamos después de haber asistido a nuestro máximo esplendor. Tremendamente injusto.
    En cuanto a ti, mi querida amiga, habrás de endurecerte para desempeñar tu papel, no te queda otra, aunque bien sé que esto es fácil de decir y difícil de poner en práctica.
    Un beso con mucho cariño.

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    1. Fue una vivencia conmovedora, querida amiga Isabel. Escribir es una forma de procesarla. Conocemos el poder terapéutico de la escritura. Supongo que en esta tarea, como en todas, una se va fortaleciendo a medida que va aprendiendo. Eso me dicen mis compañeras de tarea, más experimentadas que yo, y ellas también sirven como contención.

      Un beso con mucho cariño también para ti y gracias por tus palabras.

      Fer

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  13. Conozco bien, esa oración y tantas otras... no en vano con tan solo cinco años, vivía en un 'oscuro' internado de monjas católicas... y lo que se aprende a esas edades, difícilmente se olvida ;). Pero tú, le das el significado real, que realmente tiene... En ti, no es el simulacro que tantos murmuran sin ni siquiera pensar en lo que están diciendo.

    Pienso, como tu amiga Josela. Vos si que sos una Regina. Y de las más grandes!

    Un abrazo, apretadito, Fer.

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    1. Si has sobrevivido a tanta memorización de palabras y oraciones, mi querida Cristal, como lo he hecho yo, sabrás que cuando nos bautizan nos dicen que todos somos "sacerdotes, profetas y reyes", como le dije a Joselu. Todos somos reyes y reinas, pero no de este reino. Por eso me enamora ese Jesús que habla de que para ser grande, hay que hacerse pequeño. La grandeza y la realeza no tienen nada que ver con aquello con lo que se las asocia en el mundo de hoy. Se intenta ser grande desde lo más pequeño, desde el gesto amoroso, desde el ser auténtico en todo, pero es un largo y arduo camino el de la verdadera grandeza, y a mi me queda demasiado grande.

      Un abrazo enorme y muchas gracias, Cristal!

      Fer

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  14. Hermoso escrito uuff conmovedor y de consuelo que hermoso!! si nuestro Señor Jesús siga derramando sabiduría para seguir tocando el corazón , me ha encantado esta entrada y conocerte con tu permiso me quedo te descubrí por Tramos un abrazo desde mi brillo del mar

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    1. ¡Muchas gracias, Beatriz! Eres más que bienvenida. Te saludo desde la luz de la esperanza y el brillo del alma abierta hacia los mares de la existencia.

      Fer

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  15. Te envidio Fer, lo digo con total honestidad.
    Esa Fe tuya, te lleva a ser una de esas personas buenas, maravillosamente buenas que vale la pena conocer.
    La enfermedad es siempre terrible, pero lo es mucho más si solo es la soledad quien acompaña, así que bienvenidos los ángeles como tú.
    Beso grande.

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  16. Por favor, mi querida Marinel. Aquí no hay nada que envidiar. No es sólo mi fe la que mueve en esto, es el amor que le profeso a nuestra frágil humanidad, en especial a los más desamparados, a los que sufren en soledad, a aquellos que se mueren enojados con la vida. Por suerte siempre hay un ángel dispuesto a tender una mano, a acompañar en el momento justo, pero en este caso no he sido yo ese ser celestial. Por eso comparto la historia, porque siempre hay algún ángel suelto haciendo su trabajo cuando nosotros no llegamos a tiempo ;)!

    Beso grande, mi girasol!

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  17. Querida Fer. Después de tiempo te he reencontrado y he caído por estas maravillosas líneas, que describen esos momentos pre-duelo.
    También yo, pasé esa experiencia con una tía, y la única diferencia, es que sí, después de once largos dias y noches, expiró con su mano en la mía.
    Desconozco si es mejor perder un poco la cabeza antes o mantenernos tan vivos hasta el último momento.
    Prefiero una pérdida que nos separe de forma más suave.
    Esa larga agonía con una mente clara... no la soportaría tras once días de espera.
    Permíteme un cordial abrazo. Jesús.

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    Respuestas
    1. Muchas gracias por comentar un texto que escribí hace ya tiempo, Jesús, y que a pesar de eso sigue vivo en mi memoria emotiva, ya que está basado en una vivencia muy real y muy fuerte. La mayoría de los pocos comentadores de este espacio se remiten a los textos más recientes, por lo cual te agradezco doblemente.

      Un abrazo!

      Fer

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    2. Siempre GRACIAS a tí, por tu exclusiva y envidiable percepción de la Humanidad.

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."