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miércoles, 10 de febrero de 2021

La hora y el día

 



Es la hora y el día de huir: 

choco una vez más contra el tácito acuerdo,

 hijo del silencio y

una fría distancia

de ese terminal no-nunca-decidir,

y tengo que elegir preservarme a mí.

 Rebalsan mis aguas, 

se quiebra mi vara, 

mi amor, pisoteado,

me escupe en la cara, 

y bajo mentiras que tiñen de blancas

me exijo y me exigen poner la otra mejilla

y así me avasallan.



¡Qué vergüenza, qué asco!

Tabú desnudado,

violado pudor 

sin un corazón, 

sin el dulce eco de la empatía. 

Este es el oprobio de

la negra sombra

que yace en la cama, 

que se desmorona en esta agonía,

¡La cama, la cama!

 Génesis develada indebidamente a puertas abiertas

y penoso origen del ruidoso fin

tras persianas bajas en casa tomada.


"¡Qué tragedia griega!" - pienso, y me lo callo, -

"O, más bien diría, y mal que les pese,

 ya que la de Shakespeare también es mi lengua, 

debería nombrarla , con todo derecho, Shakesperiana:

Otelo y Yago, Emilia y Desdémona.

¿Quién toma la daga,

quién sale primero de lúgubre escena,

quién desencadena con acción letal el final cantado,

quién es el que expía hoy y aquí sus culpas,

quiénes se redimen y quiénes se condenan?

¿Dónde nos paramos héroes y villanos 

sobre este escenario sin grises matices

montado en la cama hecha pedestal?"


¡Qué horror y qué espanto!

Boca seca, arritmia, angustia,

temblor, temblor en el alma, 

temblor en las manos,

sed voraz de luz, de vida, por años, por siglos, enclaustrada,

cual loba feroz

defiendo a mi cría.

 Me invade la ira, 

la angustia que angosta tanto mi garganta,

toda mi impotencia y mi rebeldía ante las injusticia.

Y pierdo los pies y pierdo las piernas y pierdo las fuerzas:

"fight or flight", qué espanto, dilema moral,

trágica urgencia la de este final.


- "¿Vos me entendés?"

- "¿Vos me escuchás?"

Es claro que hablamos dos lenguas distintas...

Entiendo con pena:

 la razón paterna

vuelve a desoír a mi corazón de hija porque enloqueció, 

pero... me lo callo,

aunque gritaría descalza en contra del viento.

Escucho los truenos de este desamparo, que me huele eterno y me sabe amargo,

la voz ominosa de un rey sin corona,

 despojado ya de toda emoción,

ardiendo en su reino heredado 

de falta de abrazos, de falta de ojos.


 Te miro a los ojos

y veo en ellos a un frío reloj, un reloj vacío como el de la estación,

fútil, mecánica obsesión terrenal la tuya

de pesar al tiempo

medirlo, contarlo, de hasta mezquinarlo,

 pero sin vivirlo, pero sin parirlo,

pero sin gozarlo, pero sin morirlo;

obsesión que deshonra Vida y que deshonra Muerte, 

nosotras, tus hijas, celadas y celosas hembras

somos prisioneras, cómplices del acto final.

Telón, telón, fúnebre telón

y el pañuelo oculto que me hace dudar

al catártico instante de este gran final.


Le robo un segundo al mudo reloj,

tan sólo memento en mi sana mística de este ir fluyendo con este momento,

un reloj usado como un instrumento 

para perpetuar reinos: el del dominio,

el de la posesión, el de lo material, reino del control 

del hondo misterio que nunca está en nuestras manos poder controlar...

Conecto con este sentirme

abusada de siempre, violentada en mi eje,

 que, ya sé, no es centro, eso ya lo entiendo,

aunque es lo que soy para mí, entendelo vos, lo que en vano ofrezco,

soy pura emoción, un último intento de dar salvación, 

de dejar descansar de tanto latir a ese corazón

y así escapar las dos de la cárcel del tiempo que dicta el reloj. 


Registro, conecto, 

busco a esos ojos que ya nunca encuentro,

que se caen al suelo desde la penumbra;

la luz que me inunda, 

que quema, que arrasa.

Me voy a parar justo frente a ese reloj,

me freno un momento en tanta emoción, y pienso

y llamo en busca del conocimiento,

que desaprendí en falta, 

busco la palabra docta para que defina, pero otra vez tiemblo...

Un diálogo interno, un aside tan mío,

-Yo no estoy para eso, no puedo, no debo, yo soy enfermera de almas, 

ni más, ni menos, pero aquí eso no basta.


Encendida entonces y frente al reloj,

oscuro castillo de la crispación, del reino del "NO",

de todo lo tanto que yo nunca entiendo,

elijo otra vez observar el respeto que, temo, yo ya te perdí, 

-¿O será el miedo, viejo compañero? Quizás... No lo sé... ¿Qué sé yo al final...? 

Si es miedo otra vez, esta vez lo enfrento. Yo puedo. ¡Me puedo!"

Poder aceptar el parental mandato de siempre regresar,

me digo en silencio, aunque lloro y tiemblo: 

-"Está bien. Me basta a mí con solo volver, 

tal vez una última vez, ¡Qué dolor! ¡Qué horror!

¡Una epifanía tan clara, tan honda, justo, justo ahora! 

¿Es ésta la hora y es hoy el día 

en que llego así a descubrir yo para qué nací?"


¡Sí! Es ésta la hora y es hoy el día 

en que yo elijo escucharme a mí, 

a mi bella voz, 

toda empoderada de su alegre son,

y vuelvo al adentro del reino de sombras

firme y temblorosa para mi misión 

de intentar salvarte y salvarme a mí:

otra vez de tantas, la última vez.

El irme a esa hora 

de ese día, antes de tu muerte, la que velé en vida, 

salvó mi hoy, mi hora, mi día, 

mi yo, todo lo que tengo y todo lo que soy,

mi vida y tu Vida.


Y hoy, que es todo lo que entiendo y siento que todos tenemos,

desde el doloroso duelo de soltar amarras,

  las anclas seguras y férreas que son familiares,

de obediencia debida tan mal aprendida, o mal enseñada,

encuentro en la Luz a mi mejor voz, la encuentro en el agua, en el fuego 

y también la encuentro en tu propio viento,

 una voz que sopla con el amor puro de la aceptación,

sin gritos ni insultos, sin ningún reclamo.

Y me digo entonces: - Yo con mi unción de urgencia 

del día y la hora, los de de tu partida, 

sin ser sacerdote y sin ser profeta, mucho menos reina,

tan solo una sierva colmada de Luz amorosa,

sintiéndome aún una vil cobarde, traidora, una presa en fuga, un Pedro,


yo, por fin, me digo, ahora a viva voz, 

a boca de jarro

- perdón, pero es como sale -,

que fui yo al final quien te dio la Vida,

y que renací; que yo, a la misma hora de ese mismo día, me parí a mí misma,

te hice yo mi hija y me hice madre de mi propio ser,

de luces y sombras.

Y a vos que nunca pudiste 

 huir así en la vida 

para salvarte vos 

y salvarme a mí,

yo hoy a vos te cubro con el  manto lila de la compasión y de la gratitud. 

¡Salvación, perdón, liberación, redención!



La hora y el día de tu santa unción,

la que yo te di a la hora y el día de tu santa muerte, 

fue la hora y el día en que yo nací 

a la vida que hoy 

elijo para mí.



A boca de jarro

lunes, 4 de enero de 2021

Padre Nuestro 2021

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Padre nuestro:

¿Estás en el cielo? 

¡Escuchame entonces, por favor!

Mirá que si no te lo pido a gritos, ¿estamos?

   Santificá Vos mi nombre en el Tuyo 
porque a mí nombre 
lo han andado difamando injustamente 
últimamente, 
    y eso 
me jode soberanamente...

  ¡Yo no quiero un reino, Padre!
Vos ya sabés lo que quiero, 
es mucho menos que eso...
¡Dámelo de una vez 
   para poder servirte 
encarnando eso que quiero 
para mí y para los míos! 
Contá con eso, Padre:
Vos me conocés bien, 
Vos me regalaste estos dones:
estás manos, esta voz,
estas palabras, este corazón,
estos pies,
y yo solo quiero darme.

       Hágase alguna vez mi voluntad,   
Padre, ¡dale!
Así en Tu tierra como en mi cielo.

 Dame hoy 
mas 
que el pan de cada día, 
por un día, 
  para ver cómo me sabe 
y cómo lo puedo partir y repartir 
como enseñó tu Hijo,
porque estoy 
con hambre de mas    
para mí y para los demás: 
¿Vos pensás que eso está mal?

    Ya no te puedo pedir perdón
por las ofensas 
porque perdí la cuenta,
          e intentaré perdonar 
      a quienes me ofenden
y lo seguirán haciendo
en nombre de un amor
que nunca es como el Tuyo, 
por algo te elegí 
a Vos como Padre.

   Pero, por favor,
Padrecito, piedad,
que  mucho me cuesta perdonar,          
es que las ofensas duelen
como la madre que me parió, 
y Vos sabés
cómo ella 
me dolió
y me duele todavía.

 ¡Dejame caer
 en la tentación, Padre! 
¡Dale!
Yo estoy segura de que a Vos 
   te va a divertir tanto como a mí: 
¡tanto la reprimí!

 ¡Resulta tan tentadora
 la tentación 
que los hombres inventaron 
por temerle a Tu alegría, 
      sobre todo a estas alturas 
de mi efímera existencia,
y aunque solo Vos 
sabés el cuándo,
hace rato se fue el tiempo
al que los poetas
le escriben 
sus versos mas encantados...

     Y librame solamente del mal 
         que por bien no venga, Padre,
    porque, como te darás cuenta,
yo ya dejé hace tiempo
           de creer en los milagros.

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A boca de jarro

martes, 22 de diciembre de 2020

Duelar

ADVERTENCIA AL LECTOR DEL AUTOR Y EDITOR

EL SIGUIENTE TEXTO ES TAN LARGO COMO SUELEN SER LOS DUELOS...



   En mi caso, duelar,- y me doy el permiso, entre otros tantos permisos que me voy concediendo en mi duelo,  de decir y de escribir "duelar", aún sin el permiso de la RAE, porque me suena como un proceso más activo que el decir simplemente "estar de duelo", que suena como algo más pasivo aunque tal vez más aceptado socialmente y convencional- , digo, duelar es transformar el dolor en autosanación. 

Para mí, duelar viene siendo una montaña rusa de sensaciones y de emociones fuertemente displacenteras: enojo, miedo, tristeza, angustia - que incluso percibo físicamente en un angostamiento en la garganta y un espantoso vacío en la panza que me avanza a través de la ansiedad - que perturba mi apetito y mi sueño -, algo de euforia, soledad, culpa e, inclusive, no sin vergüenza, confieso, repulsión. El ponerle nombre y conectar con todo este ramillete de emociones es otro permiso más que me doy como herramienta de sanación en mi duelar.

Pero - y, muy posiblemente, a raíz de este duelo - , noto que voy descubriendo con el paso de los días que también este estado de profundo desasosiego en el alma, plagado de emociones poderosas, me brinda herramientas para mi propia sanación: la compasión es, sin dudas, la más valiosa de todas las que van apareciendo en este tiempo en el que aún no hace un mes de la muerte que duelo: y conste que no cuantifico el duelo en días o meses, porque entiendo que el duelo y el duelar tienen un tiempo espiritual propio que escapa al tiempo que marca el calendario y al del reloj, y que por eso asustan y perturban aún más, ya que irrumpen en todo aquello que llamamos "rutina" y que nos brinda sosiego.





Compasión, piedad y misericordia están hermanadas con el amor; me permito decir que nacen del amor que jamás muere, el amor que vence a la muerte, un amor que es capaz de conceder el perdón liberador: perdón a los demás por sus fallas y, aún más importante, el perdón que necesitamos darnos a nosotros mismos por las propias, esas fallas que los duelos nos develan...






A propósito de la misericordia dice Anselm Grün, en Las obras de misericordia , un libro que voy leyendo de a poquito en este tiempo de duelo en el que me trato con paciencia y respeto por mis propios tiempos - tiempos los del duelo que no van con los del mundo que me rodea y que suele rodearme - , que es "una certera descripción de lo que Jesús hizo", y yo me permito agregar que la misericordia es lo que todos los grandes líderes espirituales de todos los tiempos nos han enseñado con su ejemplo de vida. Es, sin lugar a dudas, el más importante atributo que le adjudicamos a la divinidad, como sea que la concibamos. Grün dice, y me permito adscribir:

 "Dios es misericordia y amor, es amor misericordioso."

Duelar es descubrir la misericordia por quienes se han ido, por los que quedan y quedamos y por mí misma. Y en ese hallazgo se habilita para mí una fuente enorme de gratitud a la vida: por cada pequeña y gran muerte de cada día, por sus pérdidas y por sus duelos, grandes y chicos, por sus sabias enseñanzas, por las fallas de mis muertos, de los vivos y por las mías, porque gracias a esas fallas humanas que nos atraviesan a todos descubro que puedo seguir creciendo día a día y transformarme en un ser nuevo, naciendo así a una nueva vida para mí, para los míos, vivos y muertos.

El duelo hace que me permita mil cosas que antes me negaba. En lugar de otro vestido negro me fui a comprar uno violetael color que según dicen simboliza sabiduría, creatividad y espiritualidad, misterio y empoderamiento, todos frutos del proceso de duelar. Y me voy a permitir estrenarlo esta Navidad sin mi mamá pero con un pañuelo amarillo, que es un color que no uso habitualmente, y que en su tonalidad dorada concede alegría, optimismo y energía que me hacen falta para llegar a cerrar el duelo y continuar mi camino fortalecida. El duelar se me ha pintado en sueños vívidos de estos colores...




Sin dudas el 2020 ha sido un año de duelos para muchos: aquí me permito decir que lo ha sido para todos en mi tierra. Los abrazo de corazón en sus duelos y les deseo encuentren consuelo: el consuelo es otra herramienta para el alma que algunos seres maravillosos que me acompañan en mi duelo me han regalado y a quienes hoy elijo como familia por la parte de familia que perdí en este duelo, a quienes trabajo en mi interior activamente para perdonar desde la misericordia. 

También, y por último, les regalo el don del consuelo a quienes lean este escrito, sobre todo, a quienes lean en estos tiempos de fiestas que muchas veces no parecen coincidir con los tiempos del alma, a quienes queden bebiendo de mi jarrito luego de un largo tiempo de sequía y de haber dado por muerto a este blog y a este permiso que me vuelvo a conceder de jugar con las palabras, que no son otra cosa que llaves que abren puertas en el alma y que son fuente de sanación espiritual, un blog al que me permití resucitar en este duelo a pesar de que muchos insisten con que los blogs han muerto y aunque casi así lo crea yo misma: resucitar al blog para reapropiarme del legado en vida de mi palabra escrita, aunque ya muy pocos queden para leerla y aún menos que crean que me conduce a algún lugar que valga la pena el trabajo y el tiempo que le dedico con tanto amor al arte de reescribir mi alma. Me permito descreer de todos sus juicios negativos para ser yo en mi esencia sin importar lo que diga o piense el mundo como parte de mi duelar. Me permito escribir para no ser más que yo en mi propia soledad y en mis desvelos de tiempos de duelo y de duelar quien se lea. Y si alguien lee también le regalo toda mi gratitud por el consuelo y la compañía que en esto busco y que así me brindan.




A boca de jarro     ©A boca de jarro

miércoles, 5 de agosto de 2015

En esa luminosa oscuridad



Lo tuve ahí, sentado en la penumbra de esas horas temidas en las que se sabe que te queda poco por hacer y por vivir, pero, así y todo, habiendo ya recogido tus petates, sin fuerza, sin resto, sin ganas de comer, sin poder dormir, dolorido y molesto, aún así, no te querés ir; horas en las que repasás tus días, que te parecen pocos, en las que pensás en lo tuyo y en los tuyos sin vos, te aferrás a esa rutina que se te hace tan intrascendente en su devenir y, aún así, no querés largar por nada del mundo cuando te llega la hora. Lo tuve ahí, sentado en un rincón, caído, vencido, entregado ya, triste, oscuro, enojado, y no supe qué decir. Tanto que le escribimos que ya no puede leer, de lo mucho que lo queremos y lo mucho que lo vamos a extrañar, de lo mucho que significaba su luz en nuestras insignificantes vidas que van a extinguirse igual que la de él. Puta, lo tuve ahí, cuando había ya entendido que hay otra luz que queda cuando se nos pone el sol y que ahí estamos siempre, en esa luminosa oscuridad. Tan sólo atiné a comprarle un muñequito plástico que camina y habla a cuerda. Lo hizo funcionar con sus dedos largos y flacos y se sonrió. Acá lo tengo ahora conmigo, en mi biblioteca, bajo esta luz gris de la ventana por la que miro al mundo, donde troqué libros de enseñar inglés por poesía y cuentos que sueño con escribir bien para por fin volver a mi mejor luz. 



Maná - Bendita Tu Luz (Music Video)


A boca de jarro

miércoles, 29 de octubre de 2014

La mitad de la vida

"Las edades y la muerte", Hans Baldung Grien.

Alguna vez leí un libro, que ahora me encuentro releyendo, acerca de la crisis de la mitad de la vida, la cual, de acuerdo al autor  un monje alemán, benedictino y jungiano, Anselm Grün, se produce entre los cuarenta y los cincuenta años, etapa en la cual me encuentro. En esta ocasión, me he acercado al libro con un mayor grado de escepticismo, ya que si hay algo que enseña la vida es que, a ciencia cierta, nadie sabe cuál es la mitad de su vida, dado que todos podemos morir mañana. Según Grün, este tramo se caracteriza por un profundo replanteamiento del sentido de todo que trae aparejado una sensación de "apretura" y puede conducir a grandes cambios, abandono de las circunstancias habituales, separaciones matrimoniales, depresiones y trastornos psicosomáticos diversos que se manifiestan como síntomas externos del confrontamiento del ser consigo mismo.

Muchos han sido los autores que han dividido la vida en etapas o edades. En mi modesta opinión, el más genial ha sido William Shakespeare, cuando, a través de Jaques (Jaimeel bufón de "Como gustéis" ("As You Like It")  — una comedia sobre el amor y sobre la búsqueda de la identidad  en un soliloquio que ha pasado a la historia de la mejor dramaturgia mundial   divide a la vida en siete edades. Cito porque vale la pena leer aunque más no sea la traducción:


"El mundo es un gran teatro,
y los hombres y mujeres son actores.
Todos hacen sus entradas y sus mutis
y diversos papeles en su vida.
Los actos, siete edades. Primero, la criatura,
hipando y vomitando en brazos de su ama.
Después, el chiquillo quejumbroso que, a desgano,
con cartera y radiante cara matinal,
cual caracol se arrastra hacia la escuela.
Después, el amante, suspirando como un horno
y componiendo baladas dolientes
a la ceja de su amada. Y el soldado,
con bigotes de felino y pasmosos juramentos,
celoso de su honra, vehemente y peleón,
buscando la burbuja de la fama
hasta en la boca del cañón. Y el juez,
que, con su oronda panza llena de capones,
ojos graves y barba recortada,
sabios aforismos y citas consabidas,
hace su papel. La sexta edad nos trae
al viejo enflaquecido en zapatillas,
lentes en las napias y bolsa al costado;
con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas
para tan huesudas zancas; y su gran voz
varonil, que vuelve a sonar aniñada,
le pita y silba al hablar. La escena final
de tan singular y variada historia
es la segunda niñez y el olvido total,
sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada."

                                                                                "Como gustéis", Acto II, Escena VI.

Es posible que, hoy por hoy, nos empeñemos en desterrar ciertas edades, en prolongar otras, en negar al soldado dentro nuestro, o al juez, lleno de falsas verdades, y mucho más en aniquilar al viejo enflaquecido en su segunda niñez, pero, señoras y señores, doy fe de que abundan, y al verlos postrados en una cama de hospital no dan ganas de llegar a la vejez.

Recientemente, ha fallecido un primo hermano mío de cuarenta y nueve años, dejando viuda e hijo huérfano. Lo cierto es que, como en tantas familias, no nos tratábamos, pero la noticia de su muerte, tanto como la de Daniel, el año pasado, me conmocionó.  Es un tanto impresionante enterarse de que mis coetáneos ya comienzan a emigrar. En otra etapa de la vida, la muerte suele ser lo que les sucede a los ancianos que han vivido lo suficiente y han cumplido con todas las metas que, se supone, se deben alcanzar, pero estas muertes de personas a quienes he conocido y que parten de este mundo acusando más o menos mi edad hacen que me replanteé todo el sentido de mi existencia y la posibilidad de que puede acabar en cualquier momento y de un modo súbito o doloroso, y, dado que eso no se elige, mete miedo.

Este año mi vida ha sido rara. Dejé las aulas, extraño enseñar y el contacto con alumnos, aunque las condiciones de trabajo no me conformaban. Las tareas domésticas no me complacen, no obstante, las realizo todos los días por obligación, y no me siento inspirada como antes para escribir. Tuve que hacer un alto en mi labor como voluntaria de acompañante de los enfermos ya que no me daba el alma para irles a dar esperanza cuando veía que las mínimas condiciones sanitarias no se encuentran satisfechas. Como acompañantes espirituales, no estamos respaldadas por algún especialista que nos contenga en la tarea, que es realmente ardua. Salía del hospital apaleada por las realidades que veía y que sólo con un rato de escucha no se pueden subsanar. No se nos otorga permiso para dar de comer a los que tienen hambre y nadie que los alimente, ni de beber a a aquellos que claman por agua. Tenemos casi todo prohibido, y nuestra presencia por la mañana entorpece el trabajo de médicos, enfermeras y personal de limpieza. Parece que todo lo que emprendo finalmente queda trunco y no logro encontrar mi lugar en este mundo en lo que ni siquiera creo que sea la mitad de la vida.

A boca de jarro

miércoles, 9 de abril de 2014

Ese es José

Edvard Munch, "Rostros desde la sombra", (1889-1908)

   Había visto a José varias veces por la calle durante el verano. Una tarde de domingo, pasé casualmente por la puerta del hospital, y ahí estaba, apoyado junto a la puerta de guardia, fumando la larga espera en la que lo tiene sumido la enfermedad de su esposa, Rosana. Otro día lo vi entrado el ocaso, caminando a paso lento, dirigiéndose a la estación de tren que lo lleva a casa al final de cada jornada. Todos los días son iguales para José. Viene desde la periferia de la ciudad a cuidar a Rosana, que hace meses que ya no lo conoce. Su figura parece haberse fundido con el universo del hospital, como una columna más, siempre de pie junto a la cama, o deambulando por los pasillos como un enfermero cansado.

Es un hombre menudo y bajito, y perdió algo de peso con el correr de los meses. Viste siempre las mismas prendas: una camisa de trabajo, un par de jeans gastados y zapatillas de lona negras. Tapa su pelo entrecano con una gorrita azul, pero nada oculta la tristeza que emana de sus ojos al ver como se apaga la vida de su mujer, que aparenta ser bastante más joven que él. Es apenas una sombra de lo que fue cuando la trajo a Rosana con la esperanza de que sanara.

Cuando empecé a visitarlo, venían las hijas a pintarle las uñas y a peinar a su madre. Ahora no queda pelo para peinar, y las manos de Rosana se encuentran atadas a la cama. Hablo poco con él. Es algo esquivo e inquieto. Creo que no comprende cómo se puede resistir tanto tiempo a un mal tan doloroso y profundo. Está entregado, y, sin embargo, no cuestiona nada. Clava la mirada en el piso y asiente con la cabeza en obediente aceptación de la voluntad de la naturaleza. A todo cuanto le digo para infundirle ánimo, asiente, aunque no parece escuchar. José sólo tiene oídos para Rosana, sólo tiene ojos para lo que queda de ella. Desea que cese el sufrimiento, y, al mismo tiempo, se aferra a esa mujer con la poca fortaleza que aún le queda. 

¿Qué sentido tienen las palabras? Mejor una mano sobre su hombro y una palmada en la espalda. Mejor que este calvario se acabe pronto para los dos, para que José pueda volver a casa a seguir trabajando, levantándose temprano para ir a alguna obra en construcción a hacerse de unos pesos como albañil, aunque ya nunca nada sea lo mismo que antes. Es uno de esos seres pequeños y fuertes que se llegan a licuar en el entorno. Un sobreviviente. Ese es José.

A boca de jarro

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Salve Regina




    Regina estaba en una habitación de dos con un enorme ventanal que da al jardín del hospital. Ella ocupaba la cama junto a la pared. La puerta estaba entornada y la habitación, en penumbras cuando entramos esa mañana de sol, porque nadie había levantado las persianas. No quería que se encendieran las luces. Yacía sobre la cama una mañana templada tapada con las frazadas viejas del hospital como si fuese pleno invierno, y se la percibía enojada y molesta. Su primer mirada fue de desdén. Pude leer su pensamiento: "¿A qué vienen estas beatas que no tienen otra cosa mejor que hacer con el Cristo, a darme la lata ahora que me estoy muriendo?"

Me acerqué tímidamente y le pregunté su nombre. En cuanto lo pronunció, supe que estaba hablando con un ser especial. Tenía un rostro fino, afilado y consumido por la enfermedad. Y su voz, áspera y gutural, era el resto de un terrible cáncer de garganta que confesó con ira a los dos segundos de charla. Fue un golpe duro para mí. Era mi primer contacto con una enferma terminal así. Otras veces me había acercado a ancianos entrados ya en edad, desahuciados por los médicos pero acompañados por familiares amorosos. Regina, en cambio, estaba absolutamente sola y no era tan mayor. Nadie la visitaba. Nadie la acompañaba en su agonía. Me pidió agua y comida. Miré la mesa de luz y vi que no había nada para darle de beber. Tenía una vía clavada en lo que quedaba de brazo para alimentarla. Le pregunté qué le apetecería comer. No me contestó. Estaba inquieta. Quería cambiar de posición, pedía que le subiera la cama y le bajara la baranda de contención. Le expliqué que no tenemos permitido hacer cosas por el estilo, que habría que esperar a la enfermera. Murmuró algún improperio contra mí por resultar tan inútil, y así me sentí, pero no claudiqué, confiando en que lo que más necesitaba era de alimento para el alma.

Comenzó a relatarme su historia de vida, de lucha y de dignidad. Se confesó una mujer deportista, nadadora, sana, alguien que nunca había probado alcohol ni fumado jamás.

-"Y sin embargo, mirame ahora. ¿Por qué me tuvo que pasar a mí, cuando hay otros que hasta parece que se la buscan y andan fumando por el jardín?"

Hay algo que se repetía en su discurso, que se desprendía de su enojo contra el destino que le había tocado vivir. Hablaba de tener la canasta llena de huevos, tantos, que hasta ya resultaba pesada de cargar. 

Hice silencio un rato, la tomé de la mano, le acaricié la frente suavemente y la cabeza, totalmente pelada y hermosa, y logré que dejara de mirar fijamente a la pared y me mirara a los ojos. Le dije que yo no tenía ninguna respuesta para ofrecerle, ninguna receta prefabricada para darle esperanza, que tan sólo estaba allí para visitarla, hacerle un rato de compañía e intentar apaciguar su ira. Agradeció el calor de mi mano y me susurró que todo su cuerpo estaba helado y cansado.

Entonces el azul de sus ojos se fundió con la enorme compasión que llenó los míos de lágrimas. No puede evitar decirle que tenía unos ojos soberbios del color del mar más bello y por fin logré arrancarle una tímida sonrisa. Caí en el lugar común de esas frases hechas que se escuchan por ahí, como que los ojos son el espejo del alma. Eso me lo perdono porque era justo ahí a donde quería llegar.

Le hablé con sinceridad, le dije que creía que sólo podía ayudarla a prepararse para partir porque me parecía una mujer sensata, y que todos merecíamos morir en paz. Volví sobre el magno manto de su nombre.

-"Sos una reina, Regina. Y podés irte como lo que sos."

Entonces así, por pura intuición, toqué la fibra más tierna que tenía sana todavía. Me confió, con la voz ya cansada, que cada noche antes de que se apagaran las luces de su mísera habitación de hospital, clavaba sus ojos celestiales en el techo y le parecía que se abría. Veía como en una visión a una señora vestida de negro que llevaba una corona y que le sonreía dulcemente. Y ella creía que esa señora era la que pronto vendría a buscarla para aliviar su dolor. Creó que notó que me desmoronaba espiritualmente yo, y me tomó fuertemente de la mano ella esta vez, suplicándome que volviera a visitarla. Y así me lo propuse. Al mirarla por última vez desde la puerta de la habitación era el perfil de la muerte lo que asomaba por entre las mantas sobre su lecho.

Salí al pasillo y me quebré en un llanto que tuve que ahogar. Mis compañeras me acompañaron a componerme al jardín, pero había sido todo muy fuerte por primera vez en los meses que llevaba haciendo esto de visitar enfermos. Callé lo que le tendría que haber dicho: que yo también había sentido alguna vez, en esas horas oscuras, la presencia de esa señora de manto negro a los pies de mi propia cama. Pero era cosa de loca mística, y no quería hablar de mí.

Llegué a casa hundida en un silencio cavilante. ¿Qué podría llevarle en mi próxima visita que le sirviera de alivio y preparación? ¿Cómo transformar su enojo en aceptación? ¿Cuánto podía demorarme? No mucho. Era viernes. El hospital se llena de gente que visita a sus enfermos los fines de semana y necesitábamos un clima más sosegado. Esperaría hasta el lunes para volver.

No tardé mucho en encontrar lo que deseaba compartir con ella. Es una oración que tengo en un libro pequeño que me enseñó a rezar mi abuela paterna. Le marqué con un post-it rosa y preparé otra que me enseñó un sacerdote que dedica su vida a esta tarea. Todo ese fin de semana veía los ojos de Regina en el ojo de mi mente y oraba de corazón por ella.

El lunes a la tardecita, entre que terminé las tareas de casa y llevé a mi hija a su clase de inglés, me hice un huequito para ir a verla, armada con las oraciones. Entré sin mirar al interior de las demás habitaciones para que ningún otro paciente me viera. Sólo quería estar con ella. Otra vez me encontré con la puerta entreabierta y la habitación en penumbras. Me asomé sin golpear, pero en la cama de Regina había otra señora acompañada de su hija. Pedí disculpas por haber irrumpido así y me puse a buscarla por todo el piso. Me fui al office de las enfermeras pero era la hora de la higienización y no di con quien me orientara.

No hacía falta preguntar nada ni seguir buscándola allí. Regina se había ido para no volver, y yo no había cumplido con su pedido. Bajaba por las escaleras hacia la salida ya cuando, de pronto, pasó una señora que acompañaba a la paciente de la habitación que compartía Regina.

-"Falleció el domingo a la madrugada. Estaba muy débil ya. Lo último que hizo antes de morir fue rezar una oración conmigo que me acordaba del catecismo: "Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra: Dios te salve... " ¿La conocés?"


Dominic Miller – Water (from the album Silent Light) | ECM Records



A boca de jarro

viernes, 1 de noviembre de 2013

Día de Todos los Santos




En días como hoy, hasta el más pintado los recuerda. Ellos están siempre presentes, todos los días de todos los años, pero si llueve como si el cielo llorara y si es Día de Todos los Santos, es inevitable no traerlos a la memoria que nos han dejado en su paso por la vida.

Nuestros muertos nos acompañan desde donde quiera que sea que creamos que están. Más allá de toda creencia, ellos nos habitan, somos prolongación de sus vidas, fruto vivo de ese árbol que nos ha sido dado y del que somos rama, flor y semilla, como ellos lo fueron antes que nosotros y otros lo serán cuando llegue el temido día de nuestra partida.

El misterio de la enfermedad y de la muerte, sea la de nuestros seres queridos o sea la propia, nos angustia y nos embarga a todos. El hombre posmoderno, quizás mucho más que otros, se cuestiona el por qué del sufrimiento y de la muerte sin encontrar respuesta. No existe filosofía alguna para explicar este humano misterio: sólo se puede esbozar una teoría especulativa que a nadie conforma. Es inútil en días como hoy, en los que se debaten dolores profundos del alma, angustiantes desamparos, penas y congojas existenciales áridas o yermas, enfrentarnos al sentir que la muerte despierta en nosotros intentando acallarlo con un manojo de frases hechas o un bastión de argumentos teóricos. Lo único que cabe en días como este, en mi modesto entender, la mejor respuesta ante la más acuciante de todas las preguntas humanas, es la ausencia absoluta de respuesta: el silencio ante el misterio, el dejar fluir la pena, el cederle paso al duelo. La actitud que tomo hoy es asumir mi propia pobreza de argumentos y respuestas, e intentar obrar a través del gesto, de la ternura y de la presencia silenciosa. Como dijo alguna vez un hombre que entregó su vida al servicio de los enfermos en un hospital de Buenos Aires, hoy más que nunca:

"No caigas en la tentación de los curas que cuando no saben qué decir hablan mucho."

Hoy es día de silencio en nuestro corazón. Tal vez encenderé una vela para recordar a mis muertos desde la luz con la que iluminan ellos mi paso por esta vida, sin entender por qué se fueron o por qué un día he de irme yo. Hoy es un día en el que siento que ellos están conmigo de maneras sutiles e inefables y así me aman, desde sus gestos invisibles más que desde sus actitudes y palabras en vida.

Si de algo sirven los días como hoy es para recordarnos que la muerte es parte de nuestra condición, que la finitud envuelve y cala hondo en nuestra existencia, que el día en que llegue a tocar la puerta, no podremos decir que no sabíamos nada de ella, porque ella anda siempre rondándonos, oscura y misteriosa, delimitando la frontera de nuestra frágil humanidad.

Causa un enorme dolor aceptar el hecho de que la muerte no llega cuando queremos, ni como queremos, que resulta muchas veces desprolija, ingrata y cruel. Lo único que se puede hacer ante esta enorme desdicha es aceptar sus inapelables reglas de juego e intentar encontrarle sentido a la partida que nos propone la vida, sin que la sombra del miedo y la rebeldía ante nuestro destino último nos conduzcan a un jaque mate: el de la impotencia y la ira por sabernos mortales. De todas formas, es mucho más fácil decir que poner en juego toda esta enorme sabiduría, por eso hoy es un día para meditar.

El mensaje que ofrece la vida todos los días, y tal vez hoy de manera explícita y especial, es que a pesar del misterio que no comprendemos, es mucho lo que se puede hacer desde acá, aún sin esperar ni creer en un "más allá", un "más allá" que no tiene por qué resultar una promesa paradisíaca ni una condena tortuosa al no ser. Podemos simplemente intentar aceptarlo como un merecido descanso tras una larga peregrinación, que, como tal, ha sido fructífera e intensa, más allá de cuánto hemos andando y de dónde y cómo nos hemos visto obligados a dejar de andar.

Acompaño hoy con el alma a todos aquellos que atraviesan el dolor de la muerte, y duelo también con todo mi ser, como lo hacen las plantas de mi jardín bajo la lluvia que no cesa, al árbol que al fin murió y me dejó sin su cobijo y el verdor de su compañía, que creía eternos, como suele pasarnos a todos con aquellos seres a quienes amamos de verdad.

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