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martes, 21 de febrero de 2012

Aquellas pequeñas cosas


Cuando se cierra o abre un ciclo, hay que hacer lugar. Se sabe que lo viejo deja una maroma de papeles y cositas que ya no tendrán mayor relevancia ni utilidad en el futuro, y sin embargo, por alguna razón que creo viene arraigada a tiempos más previsibles y lentos en el ritmo voraz del cambio que los nuestros, se tiende a guardar, a no dejar ir, a encarpetar y etiquetar, pensando que lo que se preserva puede llegar a ser de utilidad.

Hay un exceso en esta tendencia conocido en inglés como hoarding, palabra de difícil traducción. Se lo considera un trastorno psicológico por el cual la persona tiende a guardar obsesivamente objetos de manera compulsiva y excesiva, disminuyendo el espacio que necesita en su ámbito para moverse cómodamente. A veces se refiere a él como el Síndrome de Diógenes, aunque no se trata de la acumulación de basura, sino de objetos que hasta pueden nunca haberse estrenado.


El problema de acumulación puede llegar a niveles tales que quienes lo padecen no encuentran un rincón libre de pilas de trastos donde puedan hacer algo confortablemente en sus hogares u oficinas, como comer, estudiar, o simplemente dormir: no hay una mesa o escritorio libre en toda la casa ni lugar suficiente en la cama para acostarse. Esto genera problemas de relación con el entorno, sobre todo, con la pareja, quien hastiada, puede llegar a optar por marcharse por lo imposible que resulta todo intento de hacer entrar al hoarder en razones.

Conozco a un par de personas con este problema. Y estos días en los que hice limpieza, pensaba mientras me despojaba de cosas que guardé por años, si no existirá un nombre para denominar a la persona que se ubica en el extremo opuesto al hoarder, a quien fácilmente se desprende sin culpa de cosas que otros normalmente atesorarían de por vida, y que ha llegado a buscar objetos que botó o donó hace tiempo por error, es decir, que se fueron en la pila por distracción, y que sí podrían haberle resultado de utilidad. Ese es mi caso.

Frente a muchas de "...aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas", me senté el otro día y me puse a pensar. Se trataba de informes académicos con mi nombre y la firma de mis maestras y profesores de entonces, boletines de calificaciones, libretas de asistencia y comunicados escolares con algunas epístolas escritas por compañeras a quienes no volví a ver a pesar de las palabras azucaradas que nos prodigáramos en esos cuadernillos bajo promesa y juramento de no separarnos nunca. 

Es la vida quien se encarga de poner distancia entre nosotros y nuestro pasado. Y en esto la vida es muy sabia. Observando toda aquella pila de papeles amarillentos con tinta borrosa por el paso del tiempo, y midiendo el espacio físico de mi mobiliario y el emocional en mi interior, tomé finalmente la decisión de partir con ellos, dejarlos ir. 

Llegué a entender que, aunque se hablara de mí en todos ellos, ahí no estaba yo. Yo no soy ni jamás fui ninguna de esas cosas, de esas calificaciones, de esos comentarios de otros significativos en mi vida. Tampoco soy mi CV ni mis títulos, no soy mis documentos ni mi licencia para conducir, no soy mi edad ni mi barrio, mi país ni mis vínculos, no soy mis roles ni mi circunstancia, no soy mis añoranzas ni mis sueños presentes o pasados. Todo eso no me define ni me abarca: soy algo indefinible y cambiante en apariencias, aunque con un núcleo íntegro e inalterable que no se modifica en su autenticidad con el paso del tiempo, y que por lo tanto no necesita de papeles, documentos o testimonios que prueben que fue o es. Sólo yo lo conozco. Y adivino, aunque probablemente haga falta tiempo para confirmarlo, que he logrado averiguar de quien se trata en parte gracias a esta costumbre de despojarme de todo aquello que no necesito tener para recordarme quien soy. Gracias a este hábito que a algunos exaspera o supera en entendimiento o tolerancia, he logrado deshacerme de casi todo lo que en verdad no soy. Y me siento un tanto más livianamente verdadera.

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