lunes, 26 de septiembre de 2016

La casa de los espíritus


"Toda mi casa esta regada por mis poemas. Me aparecen en la cocina, en el estudio, en el dormitorio. Están extendidos a lo largo de mi desorden, esparciendo su dulzura por las horas tediosas de la barrida y de la arreglada de los cuartos, dándome ese mensaje de que sí hay algo vivo en mí, de que mi vitalidad está impregnada en esos papeles donde he dejado el recuerdo de esos momentos intensos en que yo dejo de ser yo y me convierto en un poema."


Gioconda Belli


   Madrugo el lunes y me enfrento con el diario renunciamiento que no sale en ningún diario. Suspiro anónima, anodina, cansada y aburrida, pero acepto una vez más, sumisa y enojada con la vida, acatar el designio de mi rutina. Somnolienta, echo una mirada polvorienta a todos mis sueños de letras esparcidos sobre el piso del comedor y la cocina, entremezclados con las migas de la cena, desesperadas por ser barridas. Algunos se quedaron enganchados sobre el secaplatos, entre las tazas de té y las copas nocturnas. Hay una línea de un poema colgando de un pelo atrapado entre las toallas secándose sobre las sillas. Mis anteojos de lectura flotan a la deriva sobre otra postergada cita de mesa de luz. Entre lagañas se me nubla esa idea estupenda de un escrito para el cual no me hago tiempo hace tiempo. ¡Quién pudiera ser Isabel Allende, con ventana que da al bosque y largas horas matinales de ejercicio literario sin que medie el lavarropas! Sería fácil, siempre pienso, pero ni bien los veo me arrepiento. En mi casa los espíritus están vivos y famélicos, y de noche encima roncan. Bajan corriendo las escaleras, apurados, empujándose, reclamando:

Mamá, que llego tarde. ¿Ya está listo el desayuno?




A boca de jarro


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Veinte años no es nada...


  



   Lo miro en su blancura amarillenta, febril la mirada, y me parece que tenían que pasar veinte años para descubrir el tango. Canturreo lo que me viene de la letra de "Volver", midiéndome el vestido frente al espejo y comprobando tristemente que veinte años son mucho más que nada, y entonces adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos no marcan mi retorno, mucho menos mi contorno... Pero acá estoy: no necesito volver porque nunca me fui.


"Tuya es mi vida

tuyo es mi querer..."

Se me vienen a la sien, bajo las nieves del tiempo que la platearon, los fuegos de aquellas matronas ardiendo en torno al vestido, mujeres de molde que pegaron puntadas, hicieron algunos cortes de manga, y, con todo, me ayudaron a calzarlo, mujeres iniciadas en el rito nupcial y en los secretos del misterio que promete mantener al amor igual de blanco que el vestido de una novia a través de los años. Mujeres que daban consejos que yo no pedía, y que hoy, veinte años después, celebro no haber observado.

Es curioso como el rito nupcial de una mujer conlleva la vivencia emotiva de la iniciación al matrimonio de todas las demás: se casa una, y es como si todas las que conspiran unidas para que eso suceda, o para impedirlo, reviven su propia historia de bodas. En la historia que se abre al hacerse un vestido de novia confluyen muchas historias de amor y desamor. De aquellas reminiscencias surgieron anécdotas que quedaron prendidas al bies del vestido, y tal vez - hoy se me ocurre - sea por eso que aún lo conservo.

Mujeres con la frente marchita que todavía hoy insisten en que el secreto de la unión duradera entre hombre y mujer reside en mantener su interés, en no dejarse estar. Todavía hoy, veinte años después de la prueba más grande de interés que dimos en la vida, me pregunto si realmente soy yo quien tiene que hacer algo más que ser para que mantengas vivo tu interés por mí. Yo siempre quise creer que estabas conmigo simplemente porque yo te merezco, porque yo soy digna de tu interés. Y es precisamente ese sentido trabajado de mi dignidad el que me anima a que sigamos cumpliendo años de casados, contando también con el tuyo, un sentido de la dignidad que no depende de que hagamos cosas para mantenernos interesados el uno por el otro.  Fue siempre mi objetivo y mi secreto a voces que el sentirnos merecedores del amor que nos unió fuese nuestro más potente afrodisíaco, nuestro legítimo recurso, sin otros artilugios de los cuales depender o a los cuales recurrir para amarnos y sentirnos amados.

Esa historia de no dejarse estar me resulta tan burda, y la llevo abrochada a la oreja ya desde el vestido. Hay tanto disfraz, tanta hipocresía y tanto ego vacío que se oculta detrás de la pose del no dejarse estar... Yo te propongo que sigamos apostando a dejarnos ser, que ya es todo un desafío. Hace falta mucha dignidad para dejarnos ser, para seguir estando para nosotros y para el otro haciéndole frente dignamente al paso del tiempo. Para salir airosos de los embates de las tormentas estacionales, como la de este año o como la del día de nuestro casamiento. También de esa tormenta del día de la primavera del 96 fuimos debidamente advertidos, y así y todo, en contra del pronóstico y la voluntad de medio mundo, no desistimos de hacerlo a nuestro modo y a nuestro tiempo.

Hoy te celebro y me celebro: nos celebro. Celebro que durante veinte años lo hayamos logrado sin fórmulas ajenas, sin cocinar nuestro estofado con las recetas de las matronas, sin agregarle adornos prestados a la blancura imperfecta de mi vestido. Celebro nuestro amor de veinte años, errante en las sombras, celebro el hecho cotidiano de que no vivamos nuestro hoy aferrados a un dulce recuerdo, y celebro el haber llegado a descubrir que es un soplo la vida frente a un impiadoso espejo y a mi vestido de novia, aunque veinte años, en verdad, es mucho.




A boca de jarro



martes, 13 de septiembre de 2016

Suspensión del descreimiento


“There is a wisdom of the head, and... there is a wisdom of the heart.”

Charles Dickens, Hard Times. 





      En uno de sus mundos imaginados fuera del mundo donde le tocó vivir, Dickens creó un personaje tan memorable como objetable y absolutamente creíble. En plena era del Utilitarismo de su Inglaterra victoriana, realizó un retrato extraordinario de los Tiempos Difíciles, los enmarcó entre las chimeneas humeantes de las fábricas industriales de una inexistente y distópica Coketown y les dio forma y color humanos en la figura del Señor Gradgrind, economista, hombre público y educador, fuertemente posicionado a favor de los hechos y en contra de la fantasía: 

“Pues bien; lo que yo quiero son realidades. No les enseñen a estos muchachos y muchachas otra cosa que realidades. En la vida sólo son necesarias las realidades. No me planteen otra cosa y arranquen de raíz todo lo demás. Las inteligencias de los animales racionales se moldean únicamente a base de realidades; todo lo que no sea esto, no les servirá jamás de nada. De acuerdo a esta norma educo yo a mis hijos y de acuerdo a esta norma hago yo educar a estos muchachos. ¡Hay que atenerse a las realidades, caballero!” 

Yo no sé Ustedes, pero yo sí conocí personas en el mundo fuera de los libros como el Señor Gradgrind, capaces de moler cualquier fantasía ("grind" significa "moler" en inglés, y no creo en la ingenuidad de Dickens a la hora de poner nombre a sus personajes): recuerdo a mi profesora de música del secundario, la vieja Schenone, quien insistía en la solemnidad musical, y que en sus clases nos daba para estudiar y recitar, de memoria y sin risas, la vida de los compositores célebres en lugar de permitirnos entregarnos a la fantasía de la música y del mero hecho de cantar, que, por cierto, hace tan bien como reír y educa casi más que estudiar. También me pasó de tener como compañero circunstancial de viaje a un señor que se negaba a entrar a los museos por considerarlos aburridos y fantasiosos, un tipo que parado frente a una obra de arte que los demás habíamos viajado miles de kilómetros para observar, te decía, encogiéndose de hombros: "¿Y tanto lío por este mamarracho?" 

También me ha sucedido conocer gente del otro extremo del espectro de la incredulidad: ya en alguna otra oportunidad he traído a colación a mi tía Juana, una mujer que cuando miraba Titanes en el ring por televisión creía que los tipos se mataban a trompadas. ¡Y cómo lo disfrutaba! Fue un consuelo para mí estudiar, varios años después de la muerte de mi tía, el perfil de la audiencia shakesperiana en tiempos del Bardo, que de entre las columnas del teatro isabelino poco selecto de aquellos tiempos, y a cielo abierto, le avisaban a los gritos pelados al protagonista de una tragedia cuando un villano venía con la daga en la mano a ensartarlo por atrás porque realmente creían en la fantasía en la cual estaban inmersos.

Sucede con la literatura, el teatro, el arte y el entretenimiento en general - y nos sucede a todos, en mayor o menor escala - que nos dejamos embaucar a voluntad por la ficción que nos propone el creador o el artista. No hay escape más placentero, más adulto y más necesario. Samuel Taylor Coleridge le puso un nombre a este fenómeno por el cual nos adentramos en el mundo de ficción que se nos abre al pronunciar la fórmula mágica "Había una vez" sin pedir a gritos la realidad que adoraba el Señor Gradgrind: "suspensión del descreimiento". El autor de fantasías tiene, a priori, un acuerdo tácito con el espectador o el lector, y espera que nuestra fe poética nos permita dejar de lado nuestra sensatez y juicio crítico por el rato que dure la ficción, y así nos traguemos encantados cualquier sapo encantado: que una casa está embrujada, que haya unicornios en el jardín, dragones en los techos y piratas que hacen desaparecer doncellas vírgenes de sus aposentos. Es decir que para disfrutar y dejarse llevar, para reír y llorar, para gozar y penar con un buen libro entre las manos o con el culebrón de las cinco de la tarde es menester suspender nuestro juicio acerca de la inverosimilitud de aquello que se nos plantea fantasiosamente como realidad. En otras palabras, hay que permitirse pecar de ingenuo para disfrutar del arte y la literatura, hay que permitirse aquello que esas personas como el señor Gradgrind, mi profesora de música o el pobre tipo que frente a una obra no ve más que un garabato, no se permiten, tal vez por el miedo adulto que representa la subversión a la que nos invita la fantasía artística: hay que poder y querer hacer a un lado la lógica de la cabeza, de los hechos - como un niño que juega a que es Superman y salta desde el balcón - y apelar a la lógica del corazón.

Para quienes escribimos es todo un desafío el ser creídos y creíbles, y resulta pura aventura el derribar las vallas de la realidad, moldearla a fuerza de golpes del cincel de la fantasía, y ganar la credibilidad y el respeto de quien nos lee. Yo no recuerdo mayor alegría en mis días de letras que la primera vez que me animé a inventar y fui creída, aunque esto no basta para suspender mi propio descreimiento con respecto a quien soy yo. El verdadero escritor es un artista que habilita el salvoconducto a la fantasía sin esfuerzo, un ser capaz de crear sobre la hoja en blanco un mundo donde no hay lugar para el férreo descreimiento, alguien cuyo destino es borrar de un plumazo el miedo a volar de quien aborda el mundo que chorrea de su pluma.



A boca de jarro

sábado, 10 de septiembre de 2016

How do you keep the music playing?




   Me di el permiso de transferir y recrear esta bellísima canción de difícil traducción del original de Michel Legrand, con letra de Alan y Marilyn Bergman, y versionada por Patti Austin and James Ingram, una canción que luego fuera premiada e interpretada por una cantidad de voces magníficas de la canción del mundo entero, por un pedido especial y para ser cantada en español. 



Cuando el amor ya no nos canta
¿se puede reavivar?
¿Por qué su música enmudece
sin más?

¿Cómo fundirme en otro cuerpo
sin olvidar mi son?
¿Será posible hacerlo nuevo
por hoy?

Y si lo nuestro es siempre el cambio
¿cómo pedirle a él
que se mantenga con los años
sin mudar y sin menguar, 
sin desoír mi ser?

Amar es algo que se nos antoja eterno,
y sin embargo siento que tus ojos
se apagan casi junto con el sol, el sol.

Si no salvamos el deseo,
guardemos la amistad,
y si podemos, siendo amigos, hacer algo del amor
que nos unió,  diría yo 
que aún nos canta hoy.









How do you keep the music playing?

How do you make it last?

How do you keep the song from fading

too fast?


How do you lose yourself to someone

and never lose your way?

How do you not run out of new things

to say?




And since you know we're always changing,

How can it be the same?




And tell me how year after year

You're sure your heart won't fall apart

Each time you hear his name?




I know the way I feel for you is now or never.

The more I love, the more that I'm afraid

That in your eyes I may not see forever, forever.


If we can be the best of lovers,

Yet be the best of friends.

If we can try with every day to make it better as it grows

With any luck, then I suppose

The music never ends.





IBSN

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© de todos los textos: María Fernanda Paz. Todos los derechos reservados.

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Vasija de barro

Vasija de barro

"Yo quiero que a mi me entierren
Como a mis antepasados,
En el vientre oscuro y fresco
De una vasija de barro.

Cuando la vida se pierda
Tras una cortina de años,
Vivirán a flor de tiempos
Amores y desengaños.
Arcilla cocida y dura,
Alma de verdes collados,
Barro y sangre de mis hombres,
Sol de mis antepasados.

De ti nací y a ti vuelvo,
Arcilla, vaso de barro,

Con mi muerte vuelvo a ti,
A tu polvo enamorado."