lunes, 16 de marzo de 2015

La entrevista

Antonio Seguí, El Dueño de la Ciudad, 1995


  A las apuradas me vestí de profesional urbana luego de haber estado fregando toda la mañana. Era un manojo de nervios empapado de sudor. Me duché, manoteé el último frasco de perfume importado que me queda, me rocié debajo de las orejas y sobre las muñecas, me puse la mejor ropa que tengo, los tacones que jamás uso y salí a la calle a cazar un taxi y así no llegar tarde con la cartera de cuero al hombro, la que reservo para ocasiones especiales. Últimamente estoy llegando tarde a todas partes, no sé por qué será, y para la entrevista hay que dar una buena primera impresión. Sí, ya sé, soy tan anticuada que aún creo que la puntualidad ayuda.

El auto estaba sucio pero fresco en su interior y en un soplo me llevó por la avenida sobre el asfalto líquido derretido por el implacable sol de febrero. A esa hora de la tarde a fines del verano en Buenos Aires el tránsito suele fluir bastante. Le pedí al taxista que me dejara en la esquina para poder darme vuelta la remera, oculta en en el hall de alguno de los edificios de la zona, ya que, en el apuro, me la había puesto al revés, y para poder peinarme otro poco porque el pelo estaba todavía algo húmedo de la ducha. Mientras me ponía a tono, me acordé de mi digna abuela asturiana que me decía que cuando te ponés algo al revés es porque vas a recibir algún regalo. Con el tiempo se aprende que en este mundo nadie te regala nada, pobre asturiana, ella también lo aprendió bien y lo digirió a fuerza de mucho mate siendo una inmigrante almacenera aporteñada.

Pasé por la puerta dos veces antes de entrar y estudié bien el lugar. No me gustaba como lugar de trabajo, en Internet se mostraba algo distinto, pero no tenía opción, había que entrar y ver de qué se trataba. Me hizo esperar debidamente mientras despachaba a dos veinteañeras mal entrazadas y me sentí horrible. Yo, en su lugar, no dejaría que los entrevistados se cruzaran pero, de nuevo, en eso también debo ser antigua. Las despidió y me hizo pasar a su oficina, sobria y sombría. Enseguida pasó al inglés, un inglés rasposo plagado de errores gramaticales que me daban ganas de corregirle aunque podía llegar a ser mi empleador. Me hizo preguntas que parecían sacadas de un libro de esos que enseñan a conducir entrevistas de trabajo exitosas y que poco tienen que ver con lo verdaderamente relevante en la profesión docente. Quedaba claro que el tipo había vivido unos años en el exterior y que había hecho algunos cursos pero que de profesor no tenía nada. Lo que llamaríamos un verdadero chanta y caradura, que es lo que hay y abunda. Me lo confirmó a medio tramo de la charla: había pasado once años viviendo en Nueva York, igual que mi abuelo vivariense que toda la vida laburó de camarero en la Argentina y nunca tuvo el tupé de ponerse a enseñar inglés. De esa estirpe honrada, trabajadora y pasada de moda vengo yo. Ahora cualquier ignoto con guita se monta un instituto y pretende contratarte a vos, que te rompiste el alma estudiando para tener un título habilitante, por dos mangos con cincuenta la hora y en negro. Ahí fue donde pisé el palito, cuando me preguntó cuánto pretendía ganar por hora de trabajo. Se le estiraron los ojos, se le dibujó una sonrisa burlona, y me dijo, sin ningún desparpajo, que si yo lograba que alguien me pagara eso en la Argentina de hoy, se venía a trabajar conmigo. Como una chiquilina recién recibida me puse toda colorada. No pedí ninguna exorbitancia, más o menos lo que alcanza para llenar un carro de supermercado en la compra grande del mes por tardes enteras de trabajo, corrección y planificación no incluida como siempre en este país, con más de veinte años de experiencia sobre el lomo y buenas referencias. Así y todo, le parecí cara, y me dijo que cualquier cosa me llamaba, me abrió la puerta y ni siquiera se quedó con el curriculum que prolijamente había imprimido, enfoliado y llevado en un sobre de cuero precioso.  

Emergí a la luz y los bocinazos de la avenida sintiéndome más perdida que cuando empecé la búsqueda y, encima, humillada y de nuevo empapada en transpiración. Pasé por una peluquería que hace belleza de pies y manos, permanente de pestañas y botox capilar. Estaba abarrotada de mujeres de mi edad. Pensé que podría hacer un curso de peluquería en algún momento del año: seguro que me va mejor que como profesora de inglés, aunque las empleadas también son todas jovencitas tatuadas y teñidas de colores raros o con las puntas del cabello largo y grueso desgastadas, y a mí ya no me da el cuero para hacerme todo eso. Ya que estaba con el curriculum bajo el brazo, me fui caminando hasta otro instituto de la zona que pinta mucho mejor, aunque nunca me llamaron, y esta vez, en lugar de mandarlo por mail como es la moda, se lo entregué en mano al secretario que me abrió la reja con un timbrazo de portero eléctrico. 

Soy profesora de inglés. Acá te dejo mi curriculum por si necesitan una profesora con experiencia en exámenes internacionales.

Me volví a casa en colectivo. Para otro taxi ya no daba. Y ahí sentada en el último asiento, junto a la ventanilla, miré al cielo límpido de aquella tarde de otro febrero de entrevistas y supe que ya no volvería a enseñar nada a nadie nunca más. Entonces, apreté los ojos, fruncí los labios, escondí mis ojos tras mis manos y me descocí en un puchero de esos que son más para adentro que para afuera cosa que casi nadie lo llegue a notar.

Antonio Seguí, Mujer Urbana, 1999, Córdoba, Argentina


A boca de jarro

viernes, 13 de marzo de 2015

A veces



Hoy me encontré con una pila de papeles donde anoto poemas o frases que me motivan por alguna razón. Este poema es un buen ejemplo, y está tomado de algún libro que pedí prestado y sólo han quedado las notas manuscritas en un anotador. El original es en inglés y dice así:

 Sometimes

Sometimes things don´t go, after all, from bad to worse.
Sometimes green thrives; the crops don´t fail,
Sometimes a man aims high, and all goes well.
A people sometimes will step back from war,
Elect an honest man, decide they care enough,
That thay can't leave some stranger poor.
Some men become what they were born for.

Sometimes our best efforts do not go amiss;
Sometimes we do as we are meant to.
The sun will sometimes melt a field of sorrow
That seemed hard frozen:
May it happen for you.

From "Poems on the Underground", 1998, Cassell.

Aquí va mi traducción, aunque se pierda la rima del original y aunque estoy muy lejos de ser poeta. Soy tan sólo una mujer que esta madrugada desvelada necesita de estos versos en su lengua materna luego de un día agotador de calor, sin novedades en el frente laboral cuando todos ya han arrancado con sus actividades y sin luz en casa. Una mujer que necesita creer que esto puede ser posible:


 A veces

A veces las cosas no van, después de todo, de mal en peor.
A veces el verde prospera, los cultivos no se malogran.
A veces un hombre apunta alto y todo sale bien.
Un pueblo a veces no hará la guerra,
Votará a un hombre honesto, decidirá que le importa lo suficiente,
Que no puede dejar a algún extraño en la pobreza.
Algunos hombres se convertirán en aquello para lo que han nacido.

A veces nuestros mayores esfuerzos marchan bien,
A veces hacemos aquello para lo que hemos sido llamados.
El sol a veces derretirá un campo de sufrimiento
Que parecía congelado:
Que así sea para ti.

 Tomado de "Poemas en el subterráneo", 1998, Cassell.


A boca de jarro

jueves, 5 de marzo de 2015

Luna llena en Buenos Aires




Luna llena en Buenos Aires esta noche
Sol viejo de verano en la calle
Miro las estrellas de este cielo
En busca de una señal en mi destino
Pero no contestan
Cansadas ya de tantas preguntas

Las respuestas no están en el aire...

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