domingo, 29 de marzo de 2015

Utopía

"Sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte"


"Se echó al monte la utopía 
perseguida por lebreles que se criaron 
en sus rodillas 
y que al no poder seguir su paso, la traicionaron; 
y hoy, funcionarios 
del negociado de sueños dentro de un orden 
son partidarios 
de capar al cochino para que engorde. 

¡Ay! Utopía, 
cabalgadura 
que nos vuelve gigantes en miniatura. 
¡Ay! ¡Ay, Utopía, 
dulce como el pan nuestro 
de cada día! 

(...)


Quieren prender a la aurora 
porque llena la cabeza de pajaritos; 
embaucadora 
que encandila a los ilusos y a los benditos; 
por hechicera 
que hace que el ciego vea y el mudo hable; 
por subversiva 
de lo que está mandado, mande quien mande."



Joan Manuel Serrat


Entre mis libros favoritos se encuentran las distopías: "1984" y "Rebelión en la granja" de George Orwell, "Un mundo feliz" de Aldous Huxley y "La guerra de las salamandras" de Karel Capel, quien acuñó a palabra "robot" en este humano mundo robotizado. Sin embargo, me atrae, como a todos, la utopía. La única versión de "Utopía" que conocía hasta hoy es la del Nano Serrat pero esta mañana radiante de domingo de Ramos descubrí ésta, y es un deber, diría hasta una obligación, compartirla y difundirla, porque lo bueno ha de ser compartido. La utopía me sabe a eso, ¿saben? Me sabe a pan compartido:

 "Comparto y parto el pan para el alma 
que, con alegría y esperanza,
 comparto humildemente hoy contigo. 
Bendito sea el pan partido,
bendito el pan compartido,
bendita sea la utopía
que sabe a pan compartido."

Fernopoeta



La Utopía por Eduardo Galeano


¿Qué tal si deliramos por un ratito,
qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia
para  adivinar otro mundo posible?

El aire estará limpio de todo veneno que no provenga
de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

En las calles los automóviles serán aplastados por los perros,
la gente no sera manejada por el automóvil,
ni será programada por el ordenador,
ni será comprada por el supermercado,
ni será tampoco mirada por el televisor.

El televisor dejará de ser el miembro 
más importante de la familia
y será tratado como la plancha o el lavarropas.

Se incorporará a los códigos penales 
el delito de estupidez
que cometen quienes viven por tener o por ganar
en vez de vivir por vivir no más,
como canta el pájaro sin saber que canta
y como juega el niño sin saber que juega.

En ningún país irán presos los muchachos
que se nieguen a cumplir el servicio militar,
sino los que quieran cumplirlo.
Nadie vivirá para trabajar
pero todos trabajaremos para vivir.

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo,
ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.
Los cocineros no creerán que a las langostas 
les encanta que las hiervan vivas.
Los historiadores no creerán que a los países 
les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres 
les encanta comer promesas...

La solemnidad se dejará de creer que es una virtud,
y nadie, nadie
tomará en serio a nadie
que no sea capaz
de tomarse el pelo.

La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes,
y, ni por defunción ni por fortuna,
se convertirá el canalla en virtuoso caballero.

La comida no será una mercancía,
ni la comunicación un negocio,
porque la comida y la comunicación son derechos humanos.

Nadie morirá de hambre
porque nadie morirá de indigestión.

Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura
porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero
porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio 
de quienes puedan pagarla
y la policía no será la maldición 
de quienes no puedan comprarla.

La justicia y la libertad, hermanas siamesas 
condenadas a vivir separadas,
volverán a juntarse bien pegaditas 
espalda contra espalda.

En Argentina las locas de Plaza de Mayo 
serán un ejemplo de salud mental
porque ellas se negaron a olvidar 
en los tiempos de la amnesia obligatoria.

La santa madre iglesia 
corregirá algunas erratas 
de las tablas de Moisés
y el 6to mandamiento 
ordenará festejar el cuerpo.

La iglesia dictará tambien otro mandamiento 
que se le había olvidado a Dios:
"Amarás a la naturaleza de la que formas parte".

Serán reforestados los desiertos del mundo
y los desiertos del alma.
Los desesperados serán esperados
y los perdidos serán encontrados
porque ellos se desesperaron de tanto esperar
y ellos se perdieron por tanto buscar.

Seremos compatriotas y contemporáneos 
de todos los que tengan
voluntad de belleza y voluntad de justicia,
hayan nacido cuando hayan nacido
y hayan vivido donde hayan vivido,
sin que importen ni un poquito 
las fronteras del mapa ni del tiempo.

Seremos imperfectos
porque la perfección seguirá siendo
el aburrido privilegio de los dioses
pero en este mundo,
en este mundo chambón y jodido,
seremos capaces de vivir cada día
como si fuera el primero
y cada noche
como si fuera la última.




Utopía por Eduardo Galeano

A boca de jarro

miércoles, 25 de marzo de 2015

Soy una mujer


Salvador Dalí, "Mi mujer desnuda contemplando su propio cuerpo convirtiéndose en escalera, tres vértebras de una columna, cielo y arquitectura", 1945.


Los días en los que no se me ocurre nada para escribir, leo. Estoy revisando papeles viejos, hojas amarillas arrancadas de vaya a saber una dónde, en las que hay textos inspiradores que me hubiese gustado crear a mí. Este es uno que aplica para este día en el que me toca otra entrevista laboral más. Desconozco su autoría.

Soy una mujer

Soy una mujer que en ocasiones se pierde
en preguntas sin respuesta
aceptando su propia realidad 
y se resiste 
a la desesperación
 de la incomprensión del mundo.

Sólo soy así, una mujer,
cuya pasión incontrolada me lleva
a lugares invisibles para las mentes comunes,
que, segura de su alma,
se lanza al vacío de una vida
que le atrapa con la intensidad
de sus contadas horas.

Sólo soy así,
una mujer creadora de sueños,
pues imagino mundos diferentes
en los que soy y en los que no soy.

Sé que soy una mujer imperfecta,
cuya fe es su fuerza
para entender el mundo ausente,
aquella que conociéndose a sí misma,
comprende su esencia.

Sólo soy así, una mujer que ama con entrega,
con fuerza incontrolable,
sin la reserva de la duda
y con el alma desnuda;
aquella que siente la magia de los deseos,
la que se alimenta del sueño de Dios,
que halla inspiración en todo momento
y que cuando siente dolor,
indiferente, se cierra en su caparazón.

Soy así,
una mujer que cae,
que se levanta con coraje,
que no teme al mundo,
que desconoce, que ansía, que sufre,
que se apasiona, que se avergüenza,
que reconoce, que huye, que se aleja,
que no tiene nada,
que sólo se tiene a sí misma.

Tan sólo soy una mujer...

A boca de jarro

martes, 24 de marzo de 2015

El empleado público

Mafalda, Quino

“Los que trabajan para delincuentes… ¿qué son? 
¿Son delincuentes?”

Bombita Rodriguez, "Relatos salvajes"

     Es como entrar al zoológico, un bestiario del asfalto infectado de burócratas. En la puerta están los perros que te gruñen y te muestran los dientes ni bien traspasás el umbral. En el escritorio de recepción, los linces; en el escritorio de atención, las tortugas, las gatas o los cuervos, depende de cuál te toque. Incluso me pareció verle el hocico puntiagudo a alguna rata por ahí. En el piso de arriba se deslizan por el piso las víboras, y, si subís a los pisos más altos del elefante blanco que alberga al nefasto edificio, seguro te la dan en la yugular. Subas o no, salís de ahí envenenado con ganas de tener de amigo a Simón Fischer, alias Bombita Rodríguez, para que vuele el edificio sin lastimar a ningún animal, pero que lo vuele de una, eso sí, y entonces, de una puta vez, nos dejen de chupar la sangre a quienes tenemos que pagarle al fisco el impuesto al mono. Los monos venimos a ser nosotros, los que dejamos una buena parte de nuestros magros ingresos por hacer tantos malabares para poder trabajar


      En la  puerta hacés cola indefectiblemente aunque llegues con la primera orina de la mañana. Vienen los burros de carga del bar de la esquina a traerles a las bestias burócratas su café con leche con medialunas de manteca o grasa para que consuman antes de las diez de la mañana, que es la hora bacana a la que empiezan a trabajar. Bah, trabajar es una forma de decir: hacen como que trabajan, montan todo el show, y te hacen envidiar tener un laburito así, de diez a cuatro, en una oficina con aire acondicionado, numeración digitalizada y computadoras a carro a las que siempre parece colgárseles el sistema cuando llega por fin tu turno.


   Vos te sentís poco menos que un delincuente, siendo simplemente un trabajador que pretende ganar unos pesos y estar en regla. Te toman las huellas dactilares, registran tu firma, te piden fotocopia de tu documento, te dan formularios nomenclados por letra y número para llenar y te despachan rapidito a casa para que hagas todo lo importante online porque ellos ni se mosquean. Yo me la juego que si le ofrezco unos mangos como cuando le tirás lechuga fresca a una tortuga, viene a comer de tu mano antes de lo que canta un gallo, pero a mí para coimear así no me da. No soy tan rata como las que se pasean por las noches sobre el cablerío de la ciudad ni como las que anidan acá. Admito que soy muy mal pensada, como buena porteña de raza y argentina de ley.

   Justo de toda esta fauna variopinta me vino a tocar la tortuga a mí, que me carcome la ansiedad. Tenía cierto aire a Steven Hawkings a pesar de que su cerebro era claramente del tamaño de un mosquito. Le planteo escuetamente cuál es mi cuestión, siendo la segunda vez que voy en menos de un mes sin poder resolver el tema y habiendo saldado todas las deudas de intereses acumulados por pagos atrasados, y el tipo ni siquiera establece contacto visual conmigo. Con la mirada fija en la pantalla de su ordenador y relamiéndose el labio superior por algunos minutos y, por otros, que se hacen tan largos como el chicle de menta que rumiaba el lince de admisión, hurgando los restos de medialuna entre sus dientes con la lengua, me tiene frente a él en absoluto silencio indiferente durante siete minutos contados por reloj. Perpleja, miro para los costados y observo que en las otras jaulas fluye la cosa un poco más. Tamborileó los dedos sobre el escritorio, revuelvo todos los papeles que llevé prolijamente en una carpetita plástica azul, y nada, sigue colgado a la máquina dándole a la lengua sin parar. Le digo tímidamente que el lince de admisión, que mascaba su chicle alevosamente de costalete mientras me hablaba, me había derivado a él para obtener un instructivo y terminar el trámite por mi cuenta. Cuando ya no quedaba ningún resto de migas hojaldradas por limpiar dentro de su cuadrada boca de tortuga terrestre, mete la lengua adentro, tira la mandíbula para atrás y me dice, tan lentamente como ha venido procediendo, que no existe ningún instructivo para lo que requiero. Le explico que mi felina contadora me envió a solicitarlo y que el lince de la entrada me mandó a encontrarlo acá, y entonces frunce todo lo arrugado y gris de quelonio que lleva por rostro, mete el índice derecho que levanta del ratón bajo sus garras sucias y largas en la oreja, se rasca bien adentro e insiste en su tesitura exasperante de reptil urbano, vago e inútil, me manda a casa a entrar a la laberíntica página de la AFIP, accediendo por enésima vez con mi número de CUIT y mi nueva clave fiscal que tramité hace dos semanas en el mismo sector, y, una vez allí, habiendo comprobado que todos mis datos hayan sido debidamente cargados al sistema, me dirija a la sección de "Preguntas Frecuentes" para encontrar la respuesta a esta duda que me carcome el bocho hace más de un mes ya. Yo, como tantos, me pregunto frecuentemente si haber nacido en este país nos ahorrará algunos años de purgatorio, y, como soy muy mal pensada, como buena porteña y argentina de ley, me la juego que sí. Otro consuelo no hay.




                     Relatos Salvajes- fragmento de "bombita"


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