domingo, 19 de abril de 2015

El cementerio de libros



"Deus providebit sibi victimam holocausti fili mi"
("Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío") 
Génesis XXII. 8

   Entre activistas políticos camorreros a los que tuvo que atajar la Metropolitana en pleno parque, pibes potreando con la pelota en un rectángulo de tierra seca sobre Avenida Ángel Gallardo, paseantes de perros que hacen que sus mascotas adornen las veredas maltrechas y demasiados puestos malolientes de choripanes, van a morir, indignos, los libros usados y descuajados al cementerio de libros de Parque Centenario. No hay mayor tesoro en su enflaquecido haber que esos libros por los que su padre pagó un ojo de la cara para su formación, que fueron a la cama con ella en sus noches de estudiante, que llevaban sus anotaciones en lápiz, que la hicieron lo poco o lo mucho que es hoy. Ayer los vendió a regañadientes por su estado calamitoso en un regateo asqueroso a un tipo a quien no podía sostenerle la mirada, ave de rapiña, mugroso, por unos miserables cuatrocientos pesos que empezaron por ser doscientos. Eran ochenta y cinco libros vencidos en total. Y manejó todo el camino de vuelta a casa con el sobrante que, por alguna razón que sólo Dios conoce, al igual que su derrotero, el tipo al final no agarró. La miraban, perplejos, tirados sobre el asiento del acompañante, mientras ella se descocía en pucheros sin poder manotear el pañuelo pensando en que todo eso que le había costado tanto lo acababa de rifar al mejor postor en esa inmundicia de cementerio por unos heréticos cuatrocientos pesos nada más.


A boca de jarro

martes, 14 de abril de 2015

Mandolina napolitana


No sabía que la mandolina salía a la napolitana como la pizza de Tito, el  Mariscal de la Pizza de mi barrio, quien cerró su local, ya descascarado y amarillento, después de que el diariero de enfrente, Alberto, que ya emigró hace unos meses dejando huérfana a una hija Down y sin hijo que la cuide a una madre postrada, lo encontró con la cabeza adentro del horno de barro de la pizzeria una madrugada de Domingo de Pascua luego de haber enviudado.  Alberto le había ido a llevar el Clarín de todos los domingos y se encontró con la puerta entornada y sobre el mostrador, una copita de jerez medio vacía, tumbada junto a una botella medio llena. Cuando salió de ahí echó a correr la voz por medio Buenos Aires. Hoy lo vi a Tito a la salida del VEA de la Avenida San Martín del brazo de una mina diez años más joven que él y totalmente rejuvenecido: es otro tipo. Se las rebuscó bastante bien al final, y me alegro de que así sea. Hay que rebuscarse la vida como uno mejor pueda, y al horno ponemos la napolitana, pero nunca jamás la cabeza.




"Donde está tu corazón, está tu tesoro", alguien dijo, y mi corazón conoce bien ese mágico lugar en el cual anhela estar.
A boca de jarro

domingo, 12 de abril de 2015

La mujer sin identidad

Mural de Conor Harrington


"Dicen que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nilsen, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural (...). Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido."

Jorge Luis Borges, La Intrusa, "El informe de Brodie", 1970.

Fue Saramago el que escribió "El hombre duplicado", una novela que narra la historia de un profesor de historia que tropieza con su copia exacta en una mala película que le recomienda un compañero de trabajo y para quien, a partir de ese momento, encontrar a su doble se convierte en su obsesión y una búsqueda que no conlleva buenos presagios, tal como esta historia que no es ficción y que ahora paso a contarte. Saramago indaga en la necesidad de todo ser humano de tener una identidad única e irrepetible por más estéril y monótona que sea la vida que lleva. Él creó a Tertuliano Máximo Alfonso, pero a Eliana Maure yo no la invento: existe en el mundo real, no en el de los libros, y es la mujer sin identidad, te lo juro por las manos del General. "¿Dónde?", me preguntarás, no sin cierto grado de incredulidad muy justificada, desde luego. "¡Y dónde va a a ser!", te respondo yo, con indignada resignación: en este país de novela donde yo nací y donde vivo, que es kafkiano, porque Kafka se quedó corto cuando escribió "El proceso" si tomamos como parámetro a esta realidad en la cual más que vivo, sobrevivo a duras penas, y la comparamos con la intrincada trama de una novela póstuma e inacabada del autor cuyo protagonista, casualmente, pertenece a la familia K. "El proceso" bien podría concluir en Argentina si Kafka volviese a la vida y decidiese terminarla él, porque la pesadilla kafkiana acá se vive todos los días. Vas a ver por qué te lo digo.

Resulta que Eliana Maure es jubilada docente, con mucha tiza bajo las uñas de los dedos de las manos. Trabajó para el estado argentino toda su vida. Empezó muy jovencita de maestra y llegó a directora de escuela por la vía del trabajo, te aclaro, en zonas de villas miseria y barrios obreros de Lomas de Zamora, lo cual le proporcionaba algunos manguitos más por tratarse de zonas "periféricas". A punto tal eran "periféricas" las zonas en las que trabajaba Eliana que cuando llovía mucho chapoteaba en un arroyo lleno de renacuajos que se formaba en el patio de su escuela, pero con lo que ganaba paraba la olla para seis y podía darse el lujo de mandar a sus tres hijos a buenos colegios privados de la zona sur del Gran Buenos Aires. Ahí vive hasta hoy, en Turdera y, como a tantos septuagenarios, con la jubilación que tienen ella y su esposo, Ricardo, mucho que digamos no le alcanza para llegar a fin de mes. Eliana se jubiló hace unos años ya, y entonces decidió que su vida sería un jubileo a pesar de la estrechez de bolsillo. Como es pata de perro, se las empezó a rebuscar para conseguir los mejores precios: el Mercado Central, las ofertas que nadie que trabaja puede aprovechar los días de semana bien tempranito en los hipermercados, un filo como narradora en la asociación vecinal del barrio y otros menesteres varios que la mantienen ocupada y lo más contenta. Y como su hija menor vive en Bariloche, a Eliana se le ocurrió que, para incrementar el magro monto que recibe como jubilación luego de una vida de aportes y trabajo digno, podía dar cambio de domicilio a la Patogonia, con lo cual se obtiene un porcentaje interesante extra por vivir, precisamente, en zona "desfavorable".

Se fue una mañana al centro hasta el Registro Civil modernizado a sacar documento nuevo para realizar el debido trámite. Ahora resulta que te toman las huellas dactilares con un lector óptico, ya no tenés que mancharte los dedos en el pianito de antaño. Pagás la módica suma de $30 y esperás hasta que te envíen el documento nuevo a tu domicilio. Eliana esperó, el documento de Ricardo llegó, pero el suyo, nunca lo vio. Se fueron igual para Bariloche en coche, misión para lo cual se tomaron unos dos días y medio ya que se cansan de tanto andar por rutas desiertas y pernoctan en el camino donde mejor cuadra. Y cuando finalmente, con más de mil kilómetros sobre el lomo, se presentó en la oficina correspondiente con el comprobante de documento en trámite, el pálido y ojeroso empleado público patagónico que la recepcionó le dijo que no se lo podía efectuar porque Eliana Maure es la mujer sin identidad, creer o reventar. Perpleja, preguntó dos veces: "¿Cómo?" Comiendo, Eliana, comiendo. Hay que comerse todos los garrones luego de trabajar decentemente una vida entera si querés hacer una pequeña trampita lícita a un estado que es el ladrón más grande de todos en esta tierra. Se le explicó entonces que hay personas a quienes les sucede esto tan extraño de no tener huellas dactilares por haber trabajado mucho con las manos, que se les borran, bah... Atónita, Eliana atinó a indagar acerca de quiénes eran los afectados por este terrible mal que borra la identidad impresa en las crestas papilares de la epidermis de los dedos de la mano. A los albañiles que han trabajado con cal y cemento todo una vida y a quienes sufren quemaduras graves, fue la alarmante respuesta: "A Usted se las debe haber borrado la tiza, Señora." La tiza hizo de Eliana la mujer sin identidad: ¡vos mirá lo que son las cosas!

Como no podía ser de otro modo en este país nuestro, se le solicitó más tramiterío para dejar constancia del mal que la aqueja. Ha de obtener certificado médico en un hospital público que avale su rareza y escanear sus antiguos documentos para demostrar que alguna vez Eliana Maure existió con huellas digitales y todo en este loco rincón del mundo.

Como es pata de perro, curiosa e inquieta, a Eliana Maure, la mujer sin identidad, docente jubilada de Turdera, y a mucha honra, a quien se le borraron las huellas digitales por trabajar con tiza toda la vida, se le acaba de ocurrir otra genial idea para hacer unos cuantos mangos extra. Y como no deja huellas dactilares en ninguna parte, se va a poner en contacto con ladrones de guante blanco, va a cooperar como mano de obra cara en el robo de un banco, va a extraer de donde sea todo lo que le ha sido robado por el estado y nunca va ir presa porque Eliana Maure es la mujer sin identidad y sin huellas dactilares de Turdera. Cuando toda esta historia salga en la tapa de los diarios locales — una historia muy kafkiana, saramaguiana, borgiana y hasta dantesca —, te juro por Dios que te cuento más acerca de la mujer sin identidad que la hizo bien por una vez, ¿dale?





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