domingo, 17 de febrero de 2013

Inteligencia erótica



"The very ingredients that nurture love — mutuality, reciprocity, protection, worry, responsibility for the other — are sometimes the very ingredients that stifle desire." 

"Los mismos ingredientes que alimentan al amor, el compañerismo, la reciprocidad, la protección, la capacidad de confiar en el otro, la preocupación, la responsabilidad, son a veces exactamente los mismos ingredientes que apagan el deseo." 

                               
Esta cita resume el concepto básico que sustenta una charla de casi veinte minutos de duración dada por Esther Perel, psicoterapeuta, sexóloga y antropóloga belga que seguramente muchos considerarán atractiva sexualmente a pesar de  o, más probablemente, gracias a , la evidente artificialidad estética que disimula su edad cronológica. Perel, conferencista en Ted Talks New York, investiga los secretos del deseo sexual y el erotismo en sus expresiones multiculturales basándose mayormente en sus viajes por el mundo y en su práctica de consultorio de apoyo a parejas en crisis en Nueva York, ciudad donde reside actualmente. Es además autora del libro Inteligencia Erótica y Mating in Captivity: Reconciling the Erotic and the Domestic. Me resultó interesante escucharla por el sentido común que avala todo lo que afirma en un inglés fluido, que maneja además de otras ocho lenguas. No viene a decirnos nada nuevo a quienes estamos en relaciones de pareja hace años. Lo que resulta novedoso e indudablemente efectivo como gancho comercial para vender es el acuñamiento del término "inteligencia erótica", ya que estamos más o menos familiarizados con la idea de inteligencias múltiples, pero ésta no aparecía en la lista que confeccionó el poco erotizante Howard Gardner, y que hasta podría llegar a considerarse como un aspecto ligado a la inteligencia interpersonal, aunque el erotismo no implica necesariamente el trato con otro u otros. Perel insiste en el rol central de la imaginación y el juego en el deseo, a tal punto que sentencia que el sexo no es algo que hacemos sino un lugar al cual nos transportamos.

La idea es reconciliar lo que a primera vista parece irreconciliable: el amor que perdura a través del tiempo, dentro del marco de la pareja monogámica — especie en extinción según los expertos , que en nuestros tiempos convive el doble de años que aquella para la cual el matrimonio era un pacto económico cuya principal función era la procreación, con una vida sexual plena y satisfactoria. La pregunta que ella misma hace e intenta responder es cómo se logra reconciliar estos dos aspectos: el amor y la realización sexual por años. Como respuesta, da pautas un tanto vagas, que no contemplan ni la naturaleza del ciclo de la vida ni la realidad de millones de seres, especialmente la de los habitantes del siglo XXI, en mi humilde entender. Describe acertadamente lo que sucede con respecto a  lo que esperamos quienes nos embarcamos con amor y pasión en esta aventura actualmente. Cuando decidimos vivir en pareja es porque buscamos un lugar de pertenencia más allá del hogar paterno, alguien que nos ofrezca seguridad y respaldo, tanto económica como afectivamente, un cierto estatus social, permanencia, responsabilidad, protección, una familia, todo aquello que consideramos y asociamos con la noción de "hogar". Y al mismo tiempo, sentimos una fuerte necesidad erótica alimentada por lo que percibimos como la adrenalina de "el viaje": la aventura, la novedad, el misterio, el riesgo, el peligro, lo prohibido, la transgresión, todo ese cosquilleo que nos brinda un amante fogoso, que a su vez es un confidente, un compinche con cierto grado de atrevimiento sexual que alimenta el erotismo. Pero todo esto lo buscamos en esa misma persona de la que pedimos familiaridad y estabilidad, con quien compartimos la cotidianeidad y con quien solemos traer hijos al mundo ("El sexo hace bebés y los bebés destruyen el deseo", dice Perel, logrando complicidad risueña con su mayormente joven audiencia en un momento de su exposición). Razones por las cuales el misterio deja de serlo en poco tiempo y hace que se marchite el deseo sexual, que era un elemento fuerte en los comienzos de la relación. Es entonces cuando la pareja puede salir en busca de ayuda profesional como la que Perel ofrece o a comprar sus libros, sintiéndose disfuncional, como diagnosticarían muchos psicoterapeutas.

El dilema, según ella, reside en compatibilizar el amor de pareja con una vida sexual satisfactoria dentro del marco de la monogamia con hijos, aunque ya no tantos como antaño, y a largo plazo, algo inaudito en la historia de la humanidad. Estos son los dilemas que nos plantea el amor erótico en nuestros tiempos según esta señora, donde parece haber una crisis del deseo. Esperamos que la pareja cubra necesidades de las que antes se encargaba el clan o la aldea. Y sin embargo, ella insiste en que es posible lograr reconciliar esas dos realidades, la del sentido de protección y el de aventura que foguea la pasión con una misma pareja. "Amar es tener, mientras que desear es querer", afirma, y eso implica cierta distancia cómoda desde la que podemos vislumbrar a nuestra pareja en su propia salsa, fluyendo en su medio y alejado prudencialmente de nosotros, radiante y vibrante haciendo aquello que como individuo lo enciende. Y es gracias a esa visión del otro conocido que vemos con ojos nuevos que el deseo surge o resurge en nosotros. Al ver a quien me resulta tan familiar bajo la luz de lo novedoso, en ámbitos que no solemos compartir pero que alimentan su individualidad, dice Perel, nos excitamos: cuando lo vemos "en escena", en su medio, lleno de autoconfianza y asertividad, cuando lo vemos en una reunión o en una fiesta siendo requerido y codiciado por otras u otros, por ejemplo, es cuando logramos ver lo conocido como un misterio atractivo que deseamos porque sentimos que se ha alejado, que se ha salido del ámbito de lo que tenemos o de lo que dependemos o necesitamos. "No hay necesidad en el deseo, hay simplemente un querer poseer al otro sexualmente", explica. Y al verlo distante, aunque conviva conmigo, me sorprende lo inusual de la visión y se enciende la pasión. Y cita a Proust para no dejar dudas: "El misterio no es viajar a lugares nuevos sino mirarlos con ojos nuevos."

Me pregunto para qué tipo de personas esta disquisición puede llegar a resultarle trascendente en tiempos en los que sentimos que flotamos a la deriva en muchos ámbitos, incluido el sexual. Para los millones que luchan por sobrevivir en un mundo en donde hay hambre, guerras, crisis de todo tipo, despersonalización y que nos deja solos y desprotegidos en tantos aspectos, creo que no. Para aquellos que aceptan con madurez el ciclo natural de la vida, esa explosión hormonal que caracteriza a una etapa que luego da paso a otra en la que las hormonas se acomodan, si se crece y se evoluciona adultamente acorde con el calendario, y las prioridades cambian, aún amando a nuestra pareja y manteniendo una intimidad sexual satisfactoria, y prevalece el compañerismo, el diálogo, la toma de decisiones compartidas con respecto a lo que esa pareja ha construido por y a través del deseo, me parece que tampoco. Hay poco espacio para la imaginación y lo lúdico en el mundo porque así se nos impone la realidad a los ciudadanos de estos tiempos líquidos, como los describe agudamente el brillante y galardonado sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman de 87 años. 

No sé qué pensarán ustedes, pero personalmente, después de casi veinte años de compartir mi vida y mi cama con el mismo compañero, el secreto del deseo en nuestra relación se encuentra en la risa cómplice, en su mano sobre mi hombro y sus dedos deslizándose por mi espalda al caminar juntos por la calle, sus caricias tangibles y etéreas, las del alma, sus gestos de caballerosidad amorosa, sus ojos, donde siempre veo al hombre a quien elegí y sigo eligiendo y veo el reflejo de aquella que fui y a quien él eligió y sigue eligiendo, porque me miran desde las profundidades de un amor que ha recorrido un camino intenso, nuestros códigos secretos, que sólo tienen sentido para nosotros susurrados apenas al oído, nuestra historia en común. Contrariamente a lo que afirma Perel sobre los bebés, los hijos que trajimos al mundo me han erotizado profundamente, e intuyo que me han hecho mucho más inteligente eróticamente, aunque la idea de esta inteligencia según su explicación no termina de cuajar para mí. Contrariamente a su opinión de que "Cuidar del otro es un poderoso anti-afrodisíaco", a mí me erotiza cuidar de los míos, porque el erotismo es un océano que se sale de los cauces de la sexualidad e inunda el cuerpo, el amor y la vida toda cuando es vivido en plenitud. La maternidad y la paternidad, sanamente entendidas y ejercidas, sin perverciones que lamentablemente abundan y dañan profundamente, son sumamente erotizantes, en el sentido del erotismo que esta mujer no contempla y que va mucho más allá de la genitalidad a la que ha quedado reducida en este siglo la compleja, rica y cíclica sexualidad humana, a quienes muchos intentan emplear como objeto de estudio para generar aún más insatisfacción con la vida que llevamos y así vendernos soluciones facilistas que no aplican a la individualidad, la marca más distintiva de nuestra especie. Y les digo más: me juego a que simplemente el título de esta entrada atraerá muchísimas más visitas al blog que todo lo que he venido escribiendo últimamente, que tiene mucho más que ver con la realidad de tantos, porque el sexo se ha convertido es un dios que ocupa el vacío que ha dejado ese Otro que ha quedado eclipsado, entendamos la divinidad como sea que la entendamos. Les dejo el video de la charla en inglés con acento francés y subtitulada al español para quien quiera escucharla.






A boca de jarro

miércoles, 13 de febrero de 2013

Las doradas manzanas del sol


"Aunque estoy viejo de vagar
A través de tierras vacías y de tierras montañosas,
Descubriré a dónde ella ha ido
Y besaré sus labios y tomaré sus manos;
Y caminaré entre el cálido, largo y moteado pasto,
Y recogeré hasta que el tiempo y los tiempos se acaben
Las plateadas manzanas de la luna,
Las doradas manzanas del sol."


                                                                      W. B. Yeats


 Acabo de releer un cuento corto cuyo título, "Las doradas manzanas del sol", da nombre a una colección entera de Ray Bradbury en la cual figura último, y que a su vez cita textualmente la última línea del poema del irlandés W.B. Yeats "The Song of Wandering Aengus" ("La canción de Aengus el errante"). Este fue el verano más atípico de mi vida. Un verano en el que anduve errante, como Aengus, quien en ese breve poema busca a su amada que se fue, como yo estuve y sigo buscando lo que amo y siento ido. Y el título de este cuento en la edición que tiene mi esposo, ya algo amarillenta y en español, fue una de las pocas cosas que me tentaron como lectura últimamente. La clave, creo, está en el sol, ese sol cuya energía los personajes del cuento buscan en su fantástico viaje al Sur, rumbo al sol, aunque no hay direcciones en el espacio para estos hombres en busca de la luz que el capitán de ojos de oro fundido encuentra de todas formas y atrapa; y el sol que faltó en este verano mío que se me hace interminable, y al que ayer, sacando cuentas, descubrí que aún le queda un poco más de un mes de vida.

El relato narra la expedición de un grupo de humanos que tiene como objetivo arrancar un pequeño trozo de la superficie  solar y traerlo a la Tierra. De igual manera que, según piensa el capitán, ya a punto de alcanzar su meta, un millón de años antes de ese sideral viaje un hombre desnudo en una solitaria senda norteña vio un rayo que hería un árbol y lo atrapó en sus manos desnudas para dárselo a su gente como el don del fuego, tal vez la esencia misma del verano, ahora el grupo de expedicionarios espaciales quería obtener aquel otro fuego que llevaba en su seno el secreto de su energía inacabable que guiaba y llevaba vida a los planetas, un trozo de la candente superficie que el capitán de la expedición captura en su Copa de Oro, "un poco de la carne de Dios", según Bradbury. Al final de la narración, la tripulación de la nave interplanetaria Copa de oro, llamada también Prometeo y el Ícaro, cuyo destino era el sol del mediodía, se precipita en la fría oscuridad alejándose de la luz y rumbeando al Norte con la sonrisa fresca de un trozo de crema helada en la boca, habiendo cumplido su misión. 

Mucho se habla del sol. Se dice que estamos entrando en una etapa de tormentas solares que, como si de un cuento de Bradbury se tratara, representan una amenaza para nuestro planeta procedente del espacio. Nos dicen que daña hasta al pelo en verano y nos compramos shampoo reparador para nuestro cabello reseco aunque luminoso. Las mujeres de cutis más bello e inmaculado declaran que su secreto reside en evitar la exposición solar y en la protección extrema y permanente de su piel contra los rayos nocivos del sol, sobre los cuales no se cansan de alertarnos los especialistas. Vemos cientos de publicidades de productos que funcionan como protectores, bloqueadores o pantallas solares cada verano. De hecho, en casa hay varios dando vueltas, con distintos grados de factor de protección y distintas características: resistencia al agua, humectación, propiedades autobronceantes y demás yerbas. Tantas cosas, que cada vez se hace más complicado decidir cuál comprar. Pero lo peculiar de este verano es que no me expuse al sol. Y eso que adoro hacerlo, me hace bien, me llena de energía en su justa medida y a las horas en que no lastima, como le sucede al capitán de la nave que viaja al sol en el cuento, y sobre todo me hace bien verme al espejo con mi piel bronceada y mi mejillas enrojecidas como manzanas, las doradas manzanas del sol.
   
Intenté un par de veces sentarme al sol con mucho protector, anteojos y libro, pero mi piel este maldito verano reaccionó mal al astro rey. Hubo sarpullidos, enrojecimiento y ardor inauditos, y me asustó ese sol que amo, que me conecta con la vida y en buena medida con la salud, ya que el sol es fuente de la indispensable vitamina D que después si falta nos dan  tomar en cápsulas. Por fin me lo confirmó la especialista que me trata cuando le comenté acerca de lo que me andaba pasando con la piel: "Evite exponerse al sol como lo viene haciendo" sentenció, desde su lánguida palidez. Y al aprobar la conducta que adopté como preventiva por instinto, me entristeció, porque también confirmó esa sensación de que me pierdo otra cosa más que amo, aunque yo sigo buscando entre tierras vacías y montañas con esperanzas errantes, como Aengus.

Este verano se me perdió el sol. Está ahí afuera, sus rayos le dan color a la piel de mis hijos, cachorros llenos de energía y luz que juegan y nadan bajo el sol todas las tardes sin que pueda acompañarlos, así como irrumpen y colman las habitaciones de mi casa y levantan la temperatura que sólo aplaca el aire acondicionado, que también daña: ojos y vías respiratorias se resecan con lo que hemos creado los humanos para aliviarnos de un sol que se tornó implacable y que no soportamos ya ni adentro de nuestras propias viviendas cuando el verano citadino aprieta. Y ni hablar del consumo de energía y el daño que ésto causa al medio ambiente.

Otro poeta, pero catalán él, también amado como el sol del recuerdo de una juventud dorada con sus amores de verano, Joan Manuel Serrat, un romántico en el sentido moderno del romanticismo que celebrarán mañana muchos alrededor de este mundo, que sigue girando alrededor del sol y que se muere sin él o tal vez muera por él, como predicen algunos e incluso como sucede con tantas cosas y seres amados, dice en una de sus canciones más intensas, grabada a fuego en mi memoria:

      "No hay nada más bello que lo que nunca he tenido  
Nada más amado que lo que perdí
    Perdóname sí hoy busco en la arena  
Esa luna llena que arañaba el mar...
   

¡Queda la luna! Esa luna que alumbra las horas oscuras y que llevo en todos mis lunares como marcas del sol que me bendijo tantas veces con su luz. Buscaré entonces las plateadas manzanas de la luna, no sin perder las esperanzas de recobrar pronto, quizás cuando acabe el verano, las amadas y doradas manzanas del sol.


A boca de jarro

domingo, 10 de febrero de 2013

Una aventura maravillosa






  
"Una aventura maravillosa" es el título al cual se ha transferido en Latinoamérica a la película denominada "Life of Pi" ("La vida de Pi"), basada en el best-seller homónimo de Yann Martel que ha vendido más de siete millones de copias desde su publicación en 2001. Es una fiesta para los sentidos además de una profunda alegoría de los desafíos que la vida nos presenta, llevados a un extremo que por momentos resulta desgarrador, y de lo que la mente puede hacer ante ellos para enfrentarlos, asimilarlos y superarlos.
 
  Se trata de una historia circular con diversos niveles de lectura y con soberbios efectos de fotografía, sonido, edición y guión, más el sello de la dirección de Ang Lee, pero, por sobre todo, con un uso exquisito de la tecnología y fotografía que no se regodea simplemente en la innovación y el desafío tecnológico, que llevó más de cuatro años de trabajo para plasmar lo que desde el libro parecía una hazaña imposible. Se percibe que la aventura 3D se ha puesto al servicio de la emotividad del cuento y así expandir las reverberaciones del viaje físico y espiritual que realiza el protagonista en su penoso y aleccionador naufragio y sumergirnos en sus implicancias existenciales y místicas. Más allá de lo técnico, imapacta el alcance de la relevancia de este viaje, que, como todo viaje, conduce a un encuentro con lo más valioso y sombrío de nuestra humanidad y a la maduración espiritual del ser que lo emprende, así también como a las múltiples enseñanzas que aporta para quienes lo vemos transcurrir en pantalla.

   Su protagonista es Piscine Martel, nombrado así por un padrino del alma que deseaba para él que nadara en las mejores piscinas del mundo, sin pensar que le esperaba nada menos que el Pacífico como destino. El niño abrevia hábilmente su nombre en sus años escolares a la notación de la letra griega π, Pi, de infinitas lecturas numéricas y filosóficas, bautizándose así mismo como un ser en busca de la trascendencia y evitando la estigmatización de sus compañeros, a quienes supera en avidez de conocimiento del verdadero mundo más allá de los muros de una escuela que lo aburre. A Pi le interesa la naturaleza divina de todo cuanto lo rodea y se zambulle en todas las manifestaciones de la divinidad veneradas por la humanidad que va descubriendo de joven, conectándose y reverenciando cada una sin prejuicios y extrayendo de ellas lo que subyuga a su mente y alimenta a su alma, ávida de sentido existencial, cosa que su padre, un conservador, exitoso y realista hombre de negocios, no comprende ni aprueba, no así como su madre, un alma más receptiva y abierta a la diversidad.

  Lo mismo sucede con su vínculo con los animales del zoológico que su padre regentea en Pondichery, el distrito francés de la India. El muchacho busca conectar con el alma que cree que habita detrás de los ojos de los animales del zoo, aún con la del temible tigre de Bengala, Richard Parker, a quien su padre le enseña brutalmente a temer y que eventualmente se convertirá en su alter ego, ese tigre que llevamos instintivamente en nuestra naturaleza animal, sin que los espectadores sospechemos que no se trata del animal que naufragó también al hundirse el barco japonés que transportaba a toda la familia y al zoo a los Estados Unidos en un intento de salvarse de la bancarrota, interrumpiendo la vida del muchacho en la vivencia de su primer amor.

   El barco de carga se enfrenta con una feroz tormenta y comienza a hundirse mientras Pi está maravillándose por la fuerza de la tempestad en plena cubierta. Al percatarse del peligro, intenta salvar a su familia, ya bajo el agua, pero es arrojado a un bote salvavidas. Desde el mar agitado, Pi observa con impotencia cómo el barco se hunde, matando a su familia y su tripulación. Poco después, vemos que el muchacho se encuentra en el bote con una cebra herida, y se une una orangutana que perdió a su cría en el naufragio. Una hiena se escabulle por debajo de la lona que cubre la mitad de la embarcación y mata a la cebra para alimentarse de ella. Para angustia de Pi, la hiena también hiere mortalmente a la orangutana en una pelea en la que lo defiende a él de su ataque. De repente, el tigre Richard Parker emerge por debajo de la lona, y se come a la hiena.

  Es con el enorme y feroz tigre al que ha sido educado a temer con quien deberá compartir su aventura en un bote para treinta personas, atravesando el océano para sobrevivir al naufragio. El espectador no se percatará de que el tigre no es el soberbio y temible animal del zoo, sino el lado salvaje de la naturaleza del muchacho que le permitirá emerger de los mares de la inmersión en la adultez y el encuentro con las sombras que nos hacen devenir adultos y encarnar nuestras figuras paternantes ante su irremediable ausencia, no sin lamentarse de no poder haberse despedido de esos seres que, con sus virtudes y defectos, le han transmitido todo lo que necesitaba aprender para atravesar los bravíos mares de la existencia y salir a flote. El tigre no es sino una proyección de la personalidad, en pleno desarrollo, del propio muchacho, y ésto no se nos revela hasta el desenlace, narrado por Pi adulto, al volcar su versión alternativa y literal de la historia, tranquila y emotivamente, en los oídos de un ávido escritor en busca de un cuento inspirador y fantástico para recrear.

 Lo más jugoso y temible de este rito de iniciación oceánico es el proceso de aprendizaje por el cual animalidad y humanidad deberán convivir en un mismo ámbito, rodeados por el abismo de las maravillas y los peligros de las profundas aguas en las que se encuentran perdidos y de las cuales no emergerán hasta desaprender lo aprendido acerca de lo que es humano y lo que es animal en nosotros e integrarlo para lograr el equilibrio que hace posible la supervivencia en la liquidez de la existencia humana. El esplendor y la furia de la naturaleza en la inmensidad del mar harán que Pi por fin se enfrente cara a cara con ese Dios al que busca con avidez para cuestionarlo. Es recién entonces cuando se entrega, habiendo luchado hasta extenuarse y habiéndose contentado con los recursos que la naturaleza le provee y que su inteligencia emplea para sobrevivir, domando también a ese tigre a quien en principio teme. Y al doblegarlo, llega a su fin el viaje, se encuentra con la civilización que lo rescata y pierde de vista a Richard Parker, que se ha convertido en un compañero que ahora retorna debilitado pero firme y sin mirar atrás a la selva donde pertenece. El muchacho, ya un hombre, llora amargamente su ausencia sabiendo que es abandonado por esa parte de su naturaleza que lo ha salvado de manera mucho más fehaciente que los hombres que lo encuentran finalmente en la orillas de una playa mejicana y lo hospitalizan.
  Allí entendemos, gracias al relato literal de los hechos que los hombres de la aseguradora de la nave hundida esperan escuchar, que a bordo del bote estaban en verdad los animales que también  habitan a los demás náufragos: la pobre cebra, usada como fuente de alimento por la hiena cuando comienza a apretar el hambre animal, representa a un marinero que cae al bote herido, la repugnante hiena es la figura que encarna al desalmado cocinero "comeratas" del barco, protagonizado por un fugaz y genial Gérard Depardieu, que acabará también con la orangutana, la madre de Pi, para finalmente hacer salir al tigre de Bengala de las entrañas del muchacho mismo que, con un cuchillo, da muerte a la traicionera criatura de risa burlona y a todos los preceptos alimenticios que ha observado durante sus breves años de vida hasta entonces. La historia contada como la vemos en principio no resulta creíble ni útil para los humanos civilizados y alejados de la fantasía de los cuentos humanos que alimentan el alma de Pi desde pequeño. Finalmente, Pi les dará el relato que cuaja para sus mentes terrenas y ajenas a la naturaleza animal en nosotros y pagarán el seguro que salvará al joven materialmente una vez en tierra.

  Es recién entonces cuando obtenemos las dos lecturas de lo sucedido y de quiénes somos en espíritu y en verdad. En su encuentro con el escritor que da comienzo y cierre a la narración,  Pi le pregunta, como el autor a nosotros, qué historia prefiere. Éste elige el cuento con el tigre, a lo que Pi responde: 

-Y así es con Dios

 Echando un vistazo a una copia del informe de los agentes de seguro, el escritor se percata de un comentario final acerca de "la notable hazaña de sobrevivir 227 días en el mar, sobre todo con un tigre", lo cual significa que los agentes eligieron esa versión de la historia también. Todo refuerza la teoría de que la vida misma es el cuento que cada uno de nosotros recrea de la aventura que le toca protagonizar, con la fe, la esperanza y el coraje con los que venimos a ella o que las circunstancias hacen que emerjan o no. Ésta es una historia de fe, esperanza y coraje. No obstante, me volvió la tragedia Shakesperiana al salir del cine, dado que presiento posible que gocemos de cierta libertad para optar por qué lectura hacemos de nuestro paso por el mar de la existencia humana:

 “La vida no es más que una sombra en marcha; 
un mal actor que se pavonea
 y se agita una hora en el escenario 
y después no vuelve a saberse de él: 
es un cuento contado por un idiota, 
lleno de ruido y de furia, 
que no significa nada.” 

(Macbeth, Acto V, Escena V, William Shakespeare).
   

A boca de jarro

miércoles, 6 de febrero de 2013

Hallazgos y ... ¿coincidencias?





  Comienzo a descreer de las coincidencias. Un día antes de que se diera a conocer la noticia del hallazgo arqueológico más importante de los últimos tiempos, el de los huesos de Ricardo III de Inglaterra, escribí unas líneas dedicadas al enojo en las que hacía referencia tanto al personaje histórico como a lo que una de las más grandes piezas del teatro isabelino inmortalizó sobre él a través de la magistral pluma de Shakespeare, plasmándolo como el epítome del humor colérico de acuerdo a los cánones de la filosofía médica clásica. Son más interesantes los datos que descubrí sobre su persona que la naturaleza del genial personaje que pasó a la historia como un rey cruel, inescrupuloso, ambicioso y deforme. El hallazgo histórico resulta relevante por descubrir y darle al mundo gran parte de la verdadera personalidad de quien, según leí, fue el último rey de Inglaterra que murió en pleno campo de batalla. 


  Por siglos se creyó que se trataba de ese ser abominable que eternizó el Bardo en la ficción, basándose posiblemente en la discutida Historia del rey Ricardo III, escrita por Tomás Moro en 1513. Sin embargo, el reciente descubrimiento de sus restos óseos arroja nueva luz sobre su persona, pues el esqueleto identificado, sin dejar lugar a dudas, gracias a las pruebas de ADN que lo confirman como emparentado a las de otras tomadas de un familiar lejano que aún vive en Canadá, presenta una severa escoliosis, que podría ser origen de sus dificultades al caminar y de cierta deformidad en la postura que Shakespeare agiganta y hasta caricaturiza,  aunque también exhibe diez heridas, ocho de ellas en el cráneo, algunas de las cuales pueden haber sido puntazos del enemigo dados post mortem, más un flechazo en la espalda.

  Es evidente que Ricardo III actuó cruelmente en la lucha por el poder, pero se la jugó por entero en el rol que le tocó desempeñar. Y es casi seguro que no haya cometido los despiadados crímenes que le atribuye la tragedia Shakesperiana. El mito del soberano cruel y déspota quedó igualmente ligado a Ricardo, de quien nadie recuerda en cambio aspectos positivos, tales como su protección del comercio del reino y de la naciente burguesía o, en lo que hace a la cultura, la fundación junto con su esposa de los famosos King's y Queen's College de Cambridge.
 
  Más interesante aún resulta la verdadera crónica de su muerte en plena colisión con las fuerzas lancasterianas de Enrique Tudor, su vencedor y sucesor al trono como Enrique VII, en la batalla de Bosworth, así como sus verdaderas últimas palabras, que fueron también cambiadas por el Cisne de Avon para lograr un fuerte impacto dramático que lo hizo pasar a la historia y convertirse en un personaje de la dramaturgia clásica que todo gran actor daría mucho más que un caballo por personificar.


 Parece ser que su muerte tuvo sólo en parte que ver con el hecho de que su caballo le falló por falta de una herradura. La historia ha demostrado que murió al ser traicionado y abandonado por su tropa cuando yacía ya rodeado por sus enemigos que tomarían el trono para dar paso a la dinastía de los Tudores. Y ya sabemos que la historia la escriben los vencedores. Pero aquí va la crónica como parece certera.

  La mañana de la batalla, el 22 de agosto de 1485 (según el calendario gregoriano vigente actualmente, el 31 de agosto de 1485, pleno fin del verano en el hemisferio norte), Ricardo envió a un palafrenero a comprobar si su caballo favorito estaba preparado para enfrentar lo que sabía sería la batalla decisiva en su vida, ya que deseaba liderar sus tropas en el frente. Pero el herrero había estado trabajando sin respiro con todo un ejército y le pidió tiempo. El enviado del rey le ordenó que se apurara y cumpliera con sus órdenes. El herrero puso manos a la obra. Con una barra de hierro hizo cuatro herraduras. Las martilló, las moldeó y las adaptó a los cascos del caballo. Luego empezó a clavarlas. Poco después de clavar tres herraduras, descubrió que no tenía suficientes clavos para la cuarta. Por lo cual, inseguro de  de su resistencia, pero, apremiado por el apuro del encargo y su procedencia, entregó al caballo no sin dudar sobre cómo respondería en la lucha.

  Los ejércitos, que juntos sumarían unas 13.000 almas, chocaron y Ricardo estaba en lo más álgido del combate, cabalgando con valentía, arengando a sus hombres y luchando contra sus enemigos, cuando de pronto notó que a lo lejos, del otro lado del campo, algunos de los suyos retrocedían. Ricardo entonces espoleó a su caballo y galopó hacia la línea rota, ordenando a sus soldados que regresaran a la batalla.


  Estaba en medio del campo cuando el caballo perdió la herradura más débil. El animal tropezó y rodó, y Ricardo cayó al suelo. Antes de que el rey pudiera tomar las riendas, el asustado animal se levantó y echó a correr. Ricardo miró en derredor. Vio que sus soldados daban media vuelta y huían, y que las tropas enemigas lo rodeaban. Blandiendo su espada en el aire, la leyenda cuenta que gritó: "¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!" Eso es lo que conocemos y creemos por la ficción que lo hizo un personaje histórico más que pintoresco.


  Polidoro Virgilio, cronista oficial de Enrique Tudor, escribiría más tarde: "El rey Ricardo, solo, murió luchando como un hombre bajo la mayor de las presiones de sus enemigos". El cuerpo desnudo de Ricardo fue expuesto probablemente en la colegiata de la Anunciación de Nuestra Señora y después ahorcado por Enrique Tudor, ahora Enrique VII, antes de ser enterrado en la iglesia de la hermandad franciscana de los Grey Friars, en Leicester. Luego de siglos de haberse dado por perdido, los restos de Ricardo III, el último rey de la dinastía Plantagenet, tronco de la de York, fueron desenterrados donde había una iglesia en Leicester y en donde hoy funciona un estacionamiento. 
  
  Me quedo sorprendida por la "coincidencia" temática entre mi última reflexión y este hallazgo arqueológico. Creo que tiene algo que ver con el empleo de ese descontento que analicé. En el caso del hallazgo, se trate tal vez de un cierto descontento histórico, que finalmente se canalizó productivamente en el descubrimiento de los huesos que echan luz sobre la verdadera naturaleza de un hombre que se convirtió en mito. El mito, históricamente injusto aunque inigualable en su delineación, no conformaba a muchos que buscaban al verdadero hombre. Queda así finalmente desterrada la persona gracias a la aparición de sus huesos, huesos cuyas heridas de guerra y sus desviaciones revelan una humanidad de luces y sombras, como la de todos, que tuvo el valor de morir por lo que creyó su causa, abandonado hasta por su propio caballo pero luchando hasta el fin. Ese es para mí todo el sentido de una vida sana a pesar de la enfermedad e intensamente vivida aunque breve: murió a los 32 años.


  Además me quedo con la perlita de lo que transmite la leyenda que ha quedado parcialmente desmitificada, pero que sirve como tal, citada por William J. Bennett en El libro de las virtudes:

Por falta de un clavo se perdió una herradura,
por falta de una herradura, se perdió un caballo,
por falta de un caballo, se perdió una batalla,
por falta de una batalla, se perdió un reino,
y todo por falta de un clavo.


  Yo tan sólo agregaría, si se me permite, por el factor tiempo. Coincidentemente o no, por estos días ando con este humor colérico e impaciente del personaje Shakesperiano y del rey mismo frente a una batalla decisiva en la cual me falta también una última pieza, apenas un clavo, para dar en él y lograr desenmascarar para darle lucha a un enemigo cobarde que me traiciona sin revelar su verdadera naturaleza a plena luz, para desenterrar por fin el enigma que me atemoriza, peleando con tan sólo un caballo maltrecho mientras husmeo huesos en busca de pruebas para descifrar lo que hace meses ya es un misterio que me perturba. Como a Ricardo, el hombre, me desespera la espera. Aunque nada más alejado de mí que los cojones de este rey cojo y su valentía al enfrentar su destino último, confiando en su animal dilecto, ese que todo llevamos dentro y a veces parece trastabillar y caer justo cuando más lo necesitamos, su espada, su cuerpo crispado por la escoliosis y habiendo sido abandonado por los suyos en pleno campo de batalla. 


A boca de jarro

domingo, 3 de febrero de 2013

Elogio del enojo


   
“Figura”, óleo sobre tela del pintor argentino Spilimbergo (1931).




 "El descontento es el primer paso 

en el progreso de un hombre o una nación."   

                                                                                             Oscar Wilde.

  En Ricardo III, Shakespeare creó genialmente al villano por excelencia, al ingenioso y cínico inspirado sólo en parte por el último rey de los Plantagenet, que con su derrota en la Guerra de las Dos Rosas y muerte dio paso a los Tudores en la Inglaterra del siglo XV. La obra abre con las célebres líneas que contienen un jugoso juego de palabras basado en los homónimos "sun" (sol) y "son" (hijo) en "the sun of York”:

"Ahora el invierno de nuestro descontento

 se vuelve verano con  el sol de York..." 

  Es sólo un leyenda la que representa al personaje de Ricardo III como jorobado y cojo de nacimiento, magistralmente plasmada y analizada en cine por Al Pacino, una exageración creada por la genial pluma del Bardo para impactar a su audiencia con este inolvidable y colérico personaje que sus coetáneos tomaron como veraz. Pero más allá de estos datos que me apasionan desde que los aprendí, diría hoy si se me permite que éste es el verano de mi descontento. Y me hago cargo de esta emoción negativa que me resulta más difícil de doblegar que el caballo por el cual este rey perdió su vida y su reino en el campo de batalla a los 32 años, gimiendo: "¡Mi reino por un caballo!".

  Los malestares y signos de cambio en lo que ya debo asumir, a mis 44 años, como la curva descendente del ciclo de la vida que he estado experimentando en los últimos meses, sin aún tener un diagnóstico certero ni tratamiento definitivo por depender de la intervención de variados especialistas, lo cual requiere de tiempo y paciencia, producen en mí una catarata de emociones del espectro negativo que me inunda: tristeza, porque se sospecha que no hay vuelta atrás y se pierde en calidad de vida, (sobre todo se pierde mi precioso y largo cabello rubio...), enojo, porque he hecho mayormente "los deberes" para prevenir la enfermedad en mi vida haciendo ejercicio por años, comiendo sano y hasta dejando de fumar, así es que, desde mi soberbia, no entiendo por qué me pasa ésto a mí, y miedo, primo hermano del enojo, ante los prospectos que mi mente, etiquetada por especialistas contenedores si los hay como neurótica, ansiosa e hipocondríaca, agiganta.

  El enojo es una emoción que nos asusta cuando nos domina ya que hemos sido educados para reprimirla. Según Norberto Levy, médico psicoterapeuta que tiene en su haber varias publicaciones en las que analiza las emociones consideradas conflictivas, el enojo es energía destinada a resolver el problema que lo genera, aunque advierte que es menester saber cómo canalizarlo para que sea usado constructiva y no destructivamente. Tiene además una base biológica, ya que tanto en humanos como en animales, se activa ante lo que se percibe como una amenaza y nos pone en alerta, dándonos fuerzas extras para confrontar el peligro y preservar nuestra integridad. El organismo segrega adrenalina y noradrenalina para posibilitar los mecanismos de lucha. Éste es el componente químico del enojo y su descarga es necesaria para recuperar el estado de armonía que nos permite un adecuado funcionamiento en tiempos de paz y armonía, cuando ya no nos sentimos amenazados.


 Es sumamente interesante lo que cuenta Levy acerca de lo que sucede con los lobos, animales combativos por naturaleza que han logrado "ritualizar" la descarga de su enfado de tal modo que cuando se enfrentan en lucha territorial, el perdedor ofrece su cuello al rival en señal de entrega y el vencedor, en lugar de atacarlo y terminar con él, se aparta de la contienda y busca el lugar más alto de la región para establecerse allí. El vencido se retira, y el vencedor ha resuelto el problema canalizando su emoción sin destruir a su adversario, gozando ahora del equilibrio que sobreviene al haber hecho catarsis productivamente, mostrando los dientes y autoafirmándose, y por haberse asentado en un plano desde donde puede ver más claramente su territorio y el horizonte. El tiempo hará también lo suyo, transcurriendo y disminuyendo la descarga para convertirla en un torrente de aguas calmas que fluyan sin obstáculo a la vista.

  Es entonces preciso tener en cuenta que el enojo que sirve ante las frustraciones no es un fin en sí mismo sino un medio para resolver conflictos, para luchar contra enemigos inquietantes que amenazan con quitarnos lo que es o lo que creemos nuestro, para llegar a esa planicie en lo alto que visualizamos como la calma y, desde allí, idear un proyecto que repare lo que se ha dañado o perdido y erradique el problema que ha surgido en la medida de lo posible. Está diseñado, según Levy, para ser algo así como un puente, algo transitorio, "para iniciar el camino de su propia cesación." 


  Para bien y para mal, los humanos somos mucho más complejos emocionalmente que los lobos, ni hablar si se trata de mujeres y, máxime, si el enemigo que enfrentamos no se da del todo a conocer en su identidad en tiempo y forma. Tal vez por eso Clarissa Pinkola Estés dedicó un extenso trabajo titulado Mujeres que corren con los lobos para profundizar en aquello que habita el alma femenina, protectora de la vida y de la continuación de la especie, esa fuerza poderosa y salvaje, llena de buenos instintos, creatividad apasionada y sabiduría eterna. Aunque esos regalos de la naturaleza nos pertenecen desde el nacimiento, los constantes esfuerzos de la sociedad por "civilizarnos", por ejemplo en la expresión de nuestro enojo constructivo, ese que no hiere a nadie, ni a nosotras mismas, pero que no nos permitimos exteriorizar por haber sido "educadas" para tragarlo, nos han dejado desconectadas de los recursos que albergan en nuestro interior y se nos hace arduo reconectar con ellos cuando más los necesitamos.

  Me encuentro entonces en un momento de transición en el que tengo la férrea voluntad de transformar este enojo que siento, ante todo, conmigo misma, por saberme débil y temerosa para enfrentar lo que en definitiva es la ley natural de toda vida, el cambio en la curva, y alcanzar con tiempo y paciencia ese lugar en la altura que me brindará una visión clarificadora que vaya un poco más allá de lo único que en verdad es nuestro territorio: el presente. Se intenta. Hay días en los que sale mejor que otros. 

A boca de jarro

miércoles, 30 de enero de 2013

Aclaro y oscurezco





  Hay un dicho que reza: "No aclares que oscurece". Pero voy a aclarar para oscurecer la luz que irradió mi reflexión anterior sobre las minivacaciones de risa y luz que nos dimos como familia el fin de semana pasado yendo al teatro porque está en mi naturaleza hablar a boca de jarro.

  Ante todo, creo necesario aclarar que lo de no viajar este verano es una opción que ha tomado mucha gente simplemente por una cuestión injustamente numérica. Un sueldo medio-alto para un adulto con hijos en la Argentina con un buen empleo full-time oscila entre los $9.000 y los $15.000 pesos, impuesto a las ganancias incluido, el cual se lleva entre 10% y el 15% del mismo, en un contexto donde hay que hacerle frente a una inflación anual del 25% al 30%. Este sueldo es equivalente a un salario de aproximadamente $1.500 a $2.500 euros, algo por encima del mileurista. Es decir, multiplicamos cada peso más o menos por 6 en este país para obtener un euro y a cada dólar por 7 u 8, dependiendo de si es verde o "blue", como se da a llamar al dólar que se compra en el mercado negro para obtener un mayor volumen del autorizado por el gobierno, por ejemplo, para salir al exterior. Esta restricción se conoce como cepo cambiario. Nuestros gobernantes nos autorizan a comprar entre 25 y 50 dólares diarios por persona para viajar afuera. Comprar oro sería menos complicado. Igualmente la cuestión es comprar.

  Ahora vayamos a los bifes, la especialidad argentina. Las minivacaciones al teatro Gran Rex a ver a Les Luthiers con localidades de privilegio, en fila 7, para cuatro, nos costaron $1.280 o 220 euros. Esta salida al teatro comparada con unas minivacaciones disparó la asociación de un comentador amigo de la casa con la "gasolina de bajo octanaje", o como diríamos aquí, de medio pelo, y no me ofende para nada la similitud, porque la siento igual, ya que en otras épocas, con el mismo trabajo y equivalente sueldo pero distintas condiciones económicas, pudimos acceder a viajes maravillosos en la Patagonia argentina, sin ir más lejos, en el Calafate mismo, donde se ve mucha riKeza por cierto. Hoy por hoy, unas horas un sábado por la noche para una familia tipo, con localidades en primera fila en el teatro, a riesgo de perder la billetera a la salida por la inseguridad imperante, tal como les conté, costo de estacionamiento y gasto de gasolina para el traslado de ida y vuelta, cena en un buen restaurante con postre y vino, alguna compra de ropa no muy ostentosa previa que hacemos las mujeres para la ocasión y alguna golosina o refresco durante la función, más propinas, equivale aproximadamente a $3.000 o 500 euros, que implica el gasto que hacemos en todas las compras que necesita hacer una familia tipo como la mía en el supermercado mensualmente para abastecerse dignamente.
 
  Otro comentador querido se asombraba de que los teatros estuvieran desiertos en general en nuestra tierra. A nosotros nos entristece, ya que amamos al teatro y adoramos llevar a nuestros hijos a ese mágico espacio. En mi hogar, quienes aportamos somos dos profesionales con tres títulos, mi esposo tiene dos, yo, uno, y ambos obtuvimos medalla de honor por nuestro desempeño académico. Aún así, no podemos hacer una salida como ésta al teatro en familia más que una o dos veces al año, debido al poder adquisitivo enflaquecido o devaluado de nuestros salarios, que es lo que obtenemos por nuestros trabajos, siendo que no tenemos contactos que nos acomoden en puestos mejor pagos, ni hemos heredado campos, ni empresas, ni tampoco nos hicimos políticos o personajes mediáticos o jugadores de fútbol de primera. Entonces, hasta ahí llegan nuestras salidas al teatro, que es muchísimo más de lo que pueden costear millones de bolsillos de otras argentinas y otros argentinos, por lo cual nos sentimos sumamente afortunados, aunque desde ya, aspiramos a una situación mejor para todas y todos.

   Unas vacaciones en Cariló, por ejemplo, destino predilecto de la clase paqueta argentina en la Costa Atlántica que parece ajena a los vaivenes inflacionarios y cambiarios, en un buen hotel durante 5 días, se ofrece a $4.280 con desayuno incluido, nada más. Digo nada más porque no incluyo los extras indispensables si uno sale con chicos de veraneo. Ésto implica un gasto de alrededor de $20.000 para una familia tipo, agregando comida y sin hacerse los locos, o sea unos 3.000 euros.

  La opción de playa en el extranjero, tomemos Brasil y Florianópolis, mi lugar favorito si me dan a elegir como playas más o menos cercanas, en hotel con media pensión, unos 8 días para carnaval y con aéreo, cuesta $6.500 por persona o $30.000 para toda la familia, y ahí se va el sueldo de un mes de trabajo entero de dos que trabajen todo el día afuera de casa y ganen realmente bien. Y al volver, hay que hacerle frente a la temida canasta escolar de cada marzo.

  Con todo ésto, lo que intento decir es que no me siento una pobretona por no haberme dejado estafar este verano para cumplir por la obligación social de viajar para vacacionar o para, a la vuelta, postear una simpática entrada en mi blog acerca de lo cansador que resulta irse a la playa con los chicos para descubrir que “...de la maternidad, una nunca se toma vacaciones". Como comenté en ese blog al que cito y no voy a nombrar, ya que lo hice sin ánimo de ofender pero con los pies sobre la tierra y registro de la realidad que me circunda como madre en Argentina, y siendo la única de las pocas comentadoras que no obtuvo respuesta de su autora, al leer una reflexión tan banal, no puedo dejar de pensar en tantas familias trabajadoras de nuestro país que este verano no pudieron darse la merecida posibilidad de salir de vacaciones, ni en micro, ni en auto, y mucho menos en avión, y de "volver": "Habiendo tomado sol, conocido lugares, comido rico, comprado cosas y sacado millones de fotos..." sin sentirse "listas" para regresar por el cansancio de ese rol que no se deja de ejercer ni de vacaciones, tal como describe ella misma, aún calificando esta experiencia como "sanadora" para su grupo familiar, lo cual celebro. Ésto debería poder pasarnos a todas y todos, pero no sucedió este año debido al alto costo que implica para una familia de clase media argentina, a la inflación imperante y a la peleada cuestión salarial. Optamos o tuvimos que quedarnos en casa con los chicos y, con suerte, anotarlos en alguna colonia o club barrial, pagando también por ello, para poder seguir con la rutina laboral o hacer arreglos necesarios en la casa. Para darles una idea, lo invertido en nuestra casa, en pintura, cambio de cortinados que teníamos desde hace ocho años y necesitaban reemplazo, ropa de cama y baño nueva, etc., insumió unos $12.000, o sea unos 2.000 euros. Tal vez estos datos concretos y reales brinden una idea más cabal de la realidad económica en mi país de la que dan los números en abstracto.

  Es claro, entonces, que minivacaciones y vacaciones, cansancio y descanso, o gasolina de alto y bajo octanaje son conceptos que adquieren connotaciones diferentes de acuerdo a la realidad de cada uno. De todas formas, para unos y otros, es verdad que de ciertas realidades y roles nadie puede ni debe tomarse vacaciones. Y si de sanar se trata, ruego a todos los Santos del cielo que pronto pueda dejar de gastar las fortunas que he gastado en medicamentos desde que mi salud empezó a necesitarlos, tal vez, en gran parte, debido el alto estrés que estas cuestiones financieras generan en mí. La verdad es que ví mucha más gente en farmacias, laboratorios y salas de espera este verano que gente haciendo o deshaciendo el equipaje de veraneo, pero tal vez sea una apreciación subjetiva y a boca de jarro. Sin dudas, las vacaciones resultan sanadoras no por visitas al médico, análisis y tratamientos, sino por merecidos paseos y viajes en familia que, insisto, todas y todos deberíamos poder disfrutar. Y lamento oscurecer la luz que irradió el tono de mi anterior reflexión con la gris realidad del bolsillo de los argentinos de bajo octanaje...


A boca de jarro

lunes, 28 de enero de 2013

Minivacaciones de risa y luz


  Un verano atípico por lo que noto más que por lo que se informa en mi país este año. Los precios en los lugares de veraneo están por las nubes y las condiciones climáticas en las playas del Atlántico sur tampoco ayudan, como de costumbre, entonces parece que muchos han optado por minivacaciones: escapadas de fin de semana para sacarse el gusto y tener algo para presumir, no sea cosa de tener que admitir que no nos fuimos de vacaciones este año porque la mano vino dura, aunque tuvimos que dormir con estufa en la costa y comer fideos con salsa de tomate...

  El diario y los noticieros decían que la mayoría de los turistas más estables en las playas son adolescentes y jóvenes que ya no veranean con sus padres y que llegan a la playa a la caída del sol, porque van a los centros turísticos principalmente para vivir de noche, de boliche en boliche y exceso en exceso. Lo que se percibe claramente en las calles de mi barrio y aledaños es que la clase media se quedó en la ciudad trabajando. Los comercios no cierran tan largamente como acostumbraban ni se ven casas vacías por semanas ni familias cargando el auto de bolsos y adminículos de playa para irse a pasar una quincena al mar, como solíamos hacer.


  La brecha entre la clase a la que no le afecta y nunca le afectó el desajuste entre salario y costo de vida y la que sí se ve muy a las claras. Los primeros siguen con sus viajes en avión al exterior rumbo a playas foráneas o destinos turísticos como Europa o Estados Unidos, con tours de compras incluidos.
 

   El otro día, en la gris mediocridad de la tele veraniega, me encontré con un programa periodístico en el que el planteo era por qué las salas de los teatros de los lugares de veraneo, e incluso de Buenos Aires misma, estaban desiertas: ¿sería por el precio de las localidades o por la pobreza en la calidad de las ofertas en materia de espectáculo? No perdí ni un minuto de mi tiempo después del planteo inicial en seguir viéndolo, ya que habíamos sacado entradas para ver Lutherapia en el Gran Rex, el día de su despedida, que fue el sábado.
 

  La verdad es que estaba tan entusiasmada con esa terapia que estos grandes artistas me iban a brindar a través de la risa y el talento que los caracteriza hace cuarenta años que no me preocupó en lo más mínimo si la sala estaría medio llena o medio vacía: esta vez, para todos los que dicen que veo sólo la mitad vacía del vaso, miré la llena y me emperifollé para disfrutar del trago. Fue una decisión familiar consensuada entre los cuatro. La opción era pasar un fin de semana por ahí, pagando un ojo de la cara y arriesgándonos al mal tiempo, o ir a una de las salas más imponentes de la ciudad y tal vez de Latinoamérica, con una ubicación privilegiada, y disfrutar de dos horas a puro humor de la mejor calidad. Y ni nosotros, grandes, ni nuestro adolescente hiperconectado, ni nuestra doncella de nueve lo dudamos por un segundo.






  No me sorprendió comprobar que Les Luthiers dio su última y magistral función de Lutherapia a sala absolutamente llena: tres pisos que albergan a más de 3000 personas, que lloramos de risa, pataleamos, nos retorcimos y acalambramos de espasmos de diversión, aplaudimos hasta que se nos enrojecieron las manos, silbamos y vibramos como hace tiempo que no hacíamos. Ahí es donde elegimos muchos irnos de vacaciones y la veo una decisión acertada  para los tiempos que vivimos y el año tal como se presenta. Todo me pareció tan sensato y encomiable que por dos horas me olvidé de que vivía en la Argentina. Me lo recordaron los pungas a la salida, cuando me abrieron la cartera que se meneaba descuidadamente de mi hombro, todavía convulsionado de risas en plena Avenida Corrientes, y me robaron la billetera con unos pesos y los documentos personales que me hubiese arruinado el mes de febrero tener que retramitar.

  Pero el domingo por la madrugada, un ser de luz, quizás otro ángel, me llamó por teléfono. La primera llamada fue a las tres de la mañana y no llegué a contestar: la levantó el contestador automático y no me dejó mensaje, pero mi corazón dio un salto. Me desperté temprano a pesar de la trasnochada y me fui a la comisaría a dejar asentado el extravío de mi documentación identificatoria, porque la denuncia por robo no sirve de nada. Tenía que ir a hacerla en las cercanías del suceso y se sabe que si la policía, que no estaba patrullando la salida de los teatros donde ésto es moneda corriente, encuentra a los punguistas, éstos entran y salen en un abrir y cerrar de ojos y mis cosas no aparecen. Hice la denuncia por extravío en la seccional correspondiente a mi domicilio, abonando diez pesos por la misma, y cuando llegué a casa había otro llamado sin mensaje. Por fin, cerca del mediodía, me llamó por tercera y vencida vez: su nombre es Mauricio. A él le habían vaciado tres bolsillos de su bolsito con documentación de su automóvil y medicación que necesitaba tomar. Su esposa, Liliana, se desesperó al darse cuenta de esto último y se puso a revolver los cestos de basura en las cercanías del teatro. Allí encontró, primero, mi billetera con todos mis documentos y sin un peso, excepto una moneda de diez centavos (¿otro signo?), que había encontrado tirada hacía unos días y guardé por la suerte, aunque no suelo creer en esas cosas. Luego, otra billetera cargada de tarjetas de crédito y documentación de una joven abogada a quien Mauricio también contactó en el curso del día. Y finalmente, en el fondo de un tacho y abriéndose paso a través de los residuos con una botella, Liliana encontró todo lo que Mauricio había perdido, menos el dinero, claro. Por lo cual se volvieron a casa sin cenar afuera y comenzó su cadena de favores ya entonces.

  Charlando ayer con ambos, cuando me invitaron amablemente a pasar por su casa a retirar lo que era mío, me comentaban que lo que más angustió a Liliana era la pérdida de los medicamentos, ya que Mauricio padece de una enfermedad rara que le afecta seriamente los ojos. Mauricio tiene un síndrome autoinmune como se sospecha que me sucede a mí, aunque más serio, ya que le han practicado un transplante de córnea por su glaucoma y sigue peleándola a base de medicación e intervenciones quirúrgicas. Hasta en eso este ser de luz me dio una lección de vida, haciéndome sentir que no todo está perdido como sentimos a veces por la situación socioeconómica, nuestras dolencias o como nos quieren hacer creer las noticias, donde estos hechos no se informan aunque sucedan tan a menudo como los robos, cada vez que se nos desampara a merced de los delincuentes por las calles de nuestra ciudad. Mauricio es un ser luminoso que regala salud espiritual a pesar de ver entre sombras a causa de sus problemas de salud física y es capaz de solidarizarse y ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. Después de la risa terapéutica y la luz que irradió este fin de semana de minivacaciones en la ciudad, hoy los dos tenemos una cita con un oftalmólogo, simplemente porque seguimos apostando por ver un futuro más claro, limpio y luminoso para todos.



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