viernes, 20 de noviembre de 2015

El arte de escribir



No es más que mi declaración de honestidad
el arte de escribir:
"Esto es lo que hago
y lo hago porque sí."


Escribir es
una reverencia de mañana
a las palabras,
de pie, junto a mi ventana.

Es buscar sin encontrar
la salida al laberinto de mi espejo.



Es abrir mi corazón,
dejarlo sangrar,
purgar todo cuanto bulle ahí dentro.

Es conjugar los colores de la paleta de mi alma
para plasmarlos sobre un papel en blanco.


Escribir es no editar el sueño
de encarnar mi propio sueño.


Es mentir por ser honesta
con mis cielos imposibles
y con todos mis infiernos.

Escribir es para mí
 como querer hacer música siendo sorda,
como intentar pintar sin tener manos,
o desear leer con ojos siendo ciega,
es conectar con esa voz invisible
que, despierta, 
se me hace sueño.

Y es buscar, sin diccionario,
 traducir la voz del viento.








"... yo sigo tu luz aunque me lleve a morir, 

te sigo como les siguen los puntos finales 

a todas las frases suicidas que buscan su fin. 

Igual que el poeta que decide trabajar en un banco, 
sería posible que yo, en el peor de los casos,
le hiciera una llave de judo a mi pobre corazón 
haciendo que firme, llorando, esta declaración: 

Me callo porque es más cómodo engañarse. 
Me callo porque ha ganado la razón al corazón,
pero pase lo que pase, 
y aunque otro me acompañe, 
en silencio te querré tan sólo a tí."









A boca de jarro

martes, 17 de noviembre de 2015

La edad de las orquídeas

  




    La última gran adquisición de Grace es una orquídea que consiguió de rebaja en el vivero del barrio una tarde calurosa de domingo. Según le dijo el joven empleado que se acercó amablemente a informarla, viéndola tan embobada con ella, las orquídeas también tienen edad. Necesitan completar todo un ciclo vital para poder dar flor. Sería justo decir que es al florecer por primera vez cuando una orquídea entra a la edad adulta: es así de injusta, también, la vida de una orquídea. Y si bien el follaje de una orquídea puede resultar interesante, lo que la hace realmente valiosa es, naturalmente, su flor, que - como toda injusta belleza - vive apenas unas semanas. 

El atento muchacho - muy buen mozo, por cierto - pasó luego a adentrarse en los secretos iniciáticos del cultivo de las orquídeas domésticas que hacen que florezcan: que el riego, que la luz, que las temperaturas y la humedad, que los fertilizantes. Los cuidados deberán ajustarse, también, a la especie de orquídea que tengamos entre manos. Grace quedó debidamente advertida de que alguien que decide cuidar de una orquídea como esa debería a su vez prepararse para cuidarla debidamente. En el vivero se dictan cursos los jueves por la noche para principiantes y avanzados en el arte. No hacía falta que el joven le dijera nada de todo aquello, tan gracioso y pintoresco como su camisa, abierta tres botones por los que no asomaba ni un sólo pelo. Grace ya había notado cómo tienen a todas las pobres orquídeas en ese vivero, bajo luces especiales, rodeadas de termómetros, clavadas a tutores, bajo el soplo de vida artificial de ventiladores y calefactores encendidos a través de las estaciones y siempre adentro. ¿Estos chicos jóvenes realmente creerán que hace falta tanto remilgo para llegar a viejo?


Bastaba con saber leer su mirada de maestra jardinera para jurar que se la iba a llevar a casa en el preciso momento en el que posó sus ojos a través de sus anteojos sobre esa preciosa flor amariposada que luce tan como ella, que no le importaba nada que esa única flor se cayera a los pocos días o que tomara casi un año más de cuidados intensivos intentar que floreciera de nuevo. A una forzada jubilada a quien le hicieron tirar la toalla antes de su mejor floración no la iban a venir a amedrentar con la edad de las orquídeas. Ella mejor que nadie sabe cuál es el valor de una orquídea, sabe que una orquídea vale más por ser quien es, por todos los inviernos internos sin flor soportados en sus días, que por sus flores, y que nunca se la debería rebajar por eso. Ella mejor que nadie sabe del arte de cuidar de lo que queda cuando se decide que una orquídea ya pasó su mejor momento.









A boca de jarro

viernes, 13 de noviembre de 2015

Del color de las hortensias

"Paisaje con niña y hortensias", Alfredo Ramos Martínez
        

      Ayer me volví a topar con esos ojos que, según todos decían, eran del color de las hortensias. Me volvieron a escapar una vez más. Yo nunca reparé demasiado en el color de aquellos ojos, y mucho menos en las hortensias que mi madre y mi abuela nos tenían prohibidas en el jardín donde jugábamos de nenas. 

-¡Hortensias en esta casa, no, válgame Dios!- solía decir mi abuela. -Las hortensias causan el desamor. Os vais a quedar para vestir santos.

-Se van a quedar solteras- nos traducía mi vieja, con toda santa paciencia. 

Yo jamás lo creí cierto. Más allá de la belleza de sus ojos, para mí, la nota principal de aquel mirar que ayer me esquivó otra vez, después de tantos años, era la transparencia que un hombre le arrebató una madrugada cualquiera, cuando murió la adolescencia. Así que mejor hubiésemos tenido hortensias para quedar solteras. Ella fue mi mejor amiga, la que jugó en mi jardín, la que fue conmigo a la escuela, la que iba conmigo a bailar, la primera que me defraudó en la amistad, y la primera que se casó mal después de que sus ojos perdieron lo que yo veía en ellos.

La nuestra era una amistad muy típica entre féminas: confianza y competencia en dosis parejas. Éramos compinches y, al hacernos mujercitas, salíamos a bailar con el arreglo de que nuestros padres se turnaban para ir a buscarnos. En el colegio nos sacábamos chispas para quedarnos con la bandera, y en el baile estábamos pendientes de cada levante y llevábamos la cuenta, en una libreta rosa, de nombres, fechas, teléfonos y marcas personales de cada pretendiente. La última entrada en ese anotador la hice yo, de eso no me olvido más. Ese pibe, que cayó en el baile una noche a la hora de los lentos, ya, de entrada, no me gustó nada para ella. Carlos. Era bastante mayor que nosotras, morocho, grandote, alto, con un vozarrón profundo, labios gruesos, y usaba una esclava de plata en la muñeca izquierda que me parecía de un gusto espantoso. Ella se enloqueció con él, decía que era su gran amor, pero a mí me daba mala espina.

Una noche que habíamos quedado en que mi viejo nos pasaba a buscar por la esquina del boliche a la una, como siempre, no la pude encontrar por ningún lado. Recorrí baños, reservados, barra, pistas, pero Alejandra se había esfumado. Vencida y dubitativa, me fui a casa y conté lo poco que sabía de Carlos. Hasta entonces, él había sido un secreto entre las dos, más que nada por el tema de su edad, según decía ella, y porque "ya sabés cómo se pone la vieja...." Estaba a punto de darme una ducha antes de irme a dormir, cuando sonó el teléfono en la cocina. Era su madre, preocupada por la hora.

-¿Y Alejandra dónde está? 
-No tengo idea. - la forzada respuesta. 
-Mirá, Fernanda, que me defraudás. Yo confiaba en que vos la traerías a casa de vuelta. Seguro que sabés dónde y con quién puede estar. Pensalo bien.

La verdad dolía porque sólo la conocía a medias. No pude hablar. Me puse pálida y me temblaban las piernas. En ese tiempo de la vida, traicionar la lealtad en la amistad es lo peor que te puede pasar. Debería haber imaginado que otras cosas más brutales y más horrendas tenían cabida en este mundo de mierda, un mundo que para mí, hasta entonces, era bastante puro y pequeño. Me arrancó el tubo mi vieja, le largó el nombre prohibido, sin reparo alguno, y le escupió que quien tenía que cuidar de Alejandra era ella, que a mí me dejara en paz, que era una nena, y que "Buenas noches, señora". No pude pegar un ojo. ¿A dónde se habría ido? ¿Se habría fugado con ese tipo, como pasaba en las películas? ¡Qué desgraciada, cómo me había hecho quedar, a mí y a mis viejos! ¿Tanto por una calentura?

Aquel lunes me la encontré, como era de esperar, antes de la formación, en el patio de la escuela. No la dejaban faltar ni que fuese el fin del mundo. Y yo sentí que lo era. Se la notaba descompaginada y algo maltrecha. Sus ojos parecían distintos, sin brillo, vacíos de sueños y hasta hinchados de llorar. Pude imaginar el escándalo en su casa, pero nunca que todo había pasado por la fuerza. Me acerqué tímidamente, antes de que vinieran con cuentos todas las demás, pero se dio media vuelta y no volvió a hablarme nunca más. Restaban apenas unas semanas para recibirnos.

Ayer, cuando me la encontré, me costó reconocerla. Lleva el pelo corto y algo rojizo, y el rostro retorcido como en una mueca. Imagino que jamás pudo superar lo que le pasó aquella noche de domingo. De Carlos supe que se separó después de que se cansó de que le pegara estando ya casados y con hijos. Sus ojos me rehuyeron, pero alcancé a notar que poco y nada queda en ellos del color de las hortensias. 



A boca de jarro

martes, 10 de noviembre de 2015

Baños de diseño



En mi próxima vida, no quiero pensar. ¡Quiero diseñar! Ya lo decía Steve Jobs, que de esto sabía algo: "Estamos aquí para dar un mordisco al Universo, sino ¿para qué otra cosa podemos estar aquí?" Eso es. En mi próxima vida, quiero pegarle, no un mordisco, un tremendo tarascón al Universo. Definitivamente, en mi próxima vida voy a tener un baño de diseño, por lo menos para no mear fuera del tarro a la hora de contestar las preguntas de mi hija adolescente.





Es que el otro día me sorprendió con una pregunta tan posmoderna que me hizo caer en este anacronismo de pensar. Asaltada por esa inquietud de vanguardia que la caracteriza siempre que damos una de nuestras vueltas al perro, a la antigua, me preguntaba cómo eran los baños de mi escuela. Mi respuesta, ahora que me doy cuenta, fue paupérrima, muy siglo XX:

-Los baños de mi escuela eran baños. Tenían una puerta, inodoros pequeños en la primaria, más grandes en secundaria, ventanitas altas, como respiraderos, una pileta para lavarse las manos y un espejo todo salpicado.

Debo confesar que su tren de pensamiento me apabulló una vez que lo pillé. Para la generación de mi hija, un baño no es simplemente un baño: un baño es un objeto de diseño. Mi hija nació en una casa con más de un baño, por lo tanto, ha tenido la chance desde muy chica de compararlos. No se trata ya de un único espacio compartido por el grupo familiar ni de ese sagrado lugar al que acude tanta gente... A Dios gracias, mi hija ignora también la cruda realidad de tantos millones de seres humanos que aún hoy, en la era del diseño, no cuentan ni con baño ni con casa. Para los adolescentes de su generación y de su condición social, la cruda realidad pasa por el sushi. Y los baños son poco menos que sitios turísticos, aptos para dar rienda suelta a la creatividad y al buen gusto, y así dejar en ellos mucho más que aquello que dejan los valientes. Son sitios donde se debe dejar una huella personal, pero a la luz de las velas aromáticas, con aceites esenciales, sales de baño y en una lengua foránea.






Inevitablemente, mi respuesta iba a frustrarla y hacer que se encendiera como una lámpara de diseño.

-El diseño es el pensamiento hecho visión, Má.

- ¿Y se puede saber de dónde sacaste eso vos, che?

-¡Ay, Má, por favor! Eso lo sabe cualquiera. Lo postearon en Instagram el otro día.




Eso lo sabe cualquiera... Tristemente cierto. Las frases de diseño arrasan en las redes un día cualquiera. Hoy hay pensamientos, citas, libros, tipografía y autores de diseño. Hay sillones, mesas, camas, blanquería, accesorios decorativos, vajilla, cocina y hasta mates de diseño. Con decirte que este pasado Día de la Madre no tenía ni puta idea de qué regalarle a la vieja - que afortunadamente, aun siendo jubilada argentina, no necesita nada -  y entré como por un tubo: ¡un mate de diseño!




Hay celulares, ordenadores, tarjetas, comidas, parejas y cuerpos de diseño. Así como la liquidez inundó la solidez de los vínculos en nuestra era - generando relaciones en las que los individuos se consumen uno a otro sin llegar a fusionarse, diluyéndose en su esencia amorosa so pretexto de escaparle al compromiso y al vínculo maduro, profundo y responsable - de la misma manera se está abriendo paso a una corriente en la que sólo flota la imagen. Y la imagen se crea, ya no para satisfacer una necesidad humana, sino para crear la necesidad. ¿Se entiende o es muy de diseño? Es que en mi época, digámoslo, lo que flotaba era otra cosa. Ahora nos parece que el mate qualunque ya no sirve para tomarse unos buenos verdes. Hace falta tener un mate de diseño. Y el baño ya no es solamente un baño, es "el cuarto de baño"- ojo al piojo - y ya no nos basta para hacer nuestras necesidades, ni siquiera en el colegio, hija mía. Es preciso contar con un receptáculo agradable que observe la armonía cromática incurriendo en la iconolingüística y - de ser posible - que respete también las leyes del feng shui para lavarse los dientes y darse una duchita rapidita antes de irnos a dormir. Así seguro que no era el baño de mi escuela, qué esperanza. Eso sí: que al baño lo siga limpiando Magoya o, en su defecto, Má.






A boca de jarro

viernes, 6 de noviembre de 2015

Premio literario

    



     A través de este espacio que tanto adoro y que creé sin jamás pensar que me iba a permitir crecer en el arte de escribir como para llegar a esta instancia, deseo agradecer públicamente a la Biblioteca Popular de Bomberos José Manuel Estrada de Lanús por la calidez con la cual me recibió su Presidenta, Myriam Peradotto, y toda su gente el domingo 1 de noviembre pasado para premiar mi relato "El día que conocí a Borges" con el tercer premio de narrativa que participó del Certamen Aniversario de los 70 años de dicha entidad cultural. Destaco el activo compromiso con la cultura y el arte por parte de todos los miembros de la Biblioteca, alojada en una bella casona sobre el cuartel de Bomberos Voluntarios de Lanús. Ha sido para mí un verdadero honor ser distinguida con esta premiación y haber tenido el privilegio de que mi trabajo fuera valorado por escritoras locales de la talla de Silvia Miguens - prestigiosa escritora argentina a quien admiro, finalista del Premio Emecé en 1995, y conocida por su trayectoria en el género de la novela histórica -, Mabel Pagano - prolífica y premiada novelista y cuentista de Lanús - y Raquel Álvarez Frea. Hago extensivo mi agradecimiento a todos Ustedes, quienes con su atenta lectura y comentarios hacen que mis letras cobren un sentido tan profundo que ya se han convertido en una actividad fundamental y hasta indispensable en mi vida.    



A boca de jarro                                                                                                                                                                                       

miércoles, 4 de noviembre de 2015

De libros, trastornos y disfrute




"Nunca sentí que la literatura fuera algo que debía estudiarse, 
sino más bien algo que debe disfrutarse."


                                     Aldous Huxley



     Siempre tuve la manía obsesivo-compulsiva de tener mis libros organizados temáticamente, y hasta hubo una época en la que los tenía agrupados por editorial, respondiendo al diseño de los lomos: todos los de Penguin, según su color, en un sector alto, las colecciones de cuero, coronando, en el centro de la biblioteca, y los diccionarios - monolingües por un lado y bilingües por otro- , abajo, por lo pesados y porque deben estar siempre a mano. Estaban ordenados, además, por lengua y por autor, y los autores de una misma lengua dormían siempre juntos sobre los mismos estantes, para no ser condenados al exilio o desterrados de algún modo entre otros, como a varios les sucedió en vida y fuera de sus libros. 

Así, los ingleses como Jane Austen, Emily Brontë, Graham Greene, E.M. Forster, Thomas Hardy, Henry James, D.H. Lawrence y Mary Shelley se encontrarían todos juntos a la hora del té en el sector de literatura inglesa en inglés. Hay autores, sin embargo que, a pesar de ser de lengua inglesa, no encajan en esos compartimentos estancos, debido a su singularidad o a su significación para mí. Es el caso de Charles Dickens, cuyos trabajos dormitan antepuestos a todos los de los demás, como paternando al resto, y sus colecciones preciosas de novelas en ediciones especiales - que adquirí en tiempos de importación abierta y accesible - están alojados junto a los libros de ediciones de lujo, como la de Facundo, El Quijote, El Decamerón, Selected Tales de Poe, Sherlock Holmes, The Complete and Illustrated Short Stories, las obras de Unamuno, en cuero rojo y detalles dorados, y Maquiavelo, en marrón y oro. Lo mismo sucede con las obras de William Shakespeare, que además están forradas en plástico transparente en su edición Signet Classic y llenas de notitas y papelitos amarillos ad hoc, fetiches de la estudiante que supe ser. Las obras completas de Shakespeare son un lujo de libracos preciosos, y soy afortunada de tenerlas tanto en inglés como en español, aunque la verdad es que prefiero consultarlas sueltas, ya que resulta odioso y tremendamente incómodo hacerlo de semejantes armatostes decorativos. Conste que digo "consultarlas" porque es eso precisamente lo que hago: buscar alguna que otra cita que se me viene de Liar o de Hamlet, o de algún soneto del cual he olvidado el número. Hace años ya que no me permito leer teatro, salvo que vaya a ver la obra y desee refrescarla de antemano. Así lo hice antes de ver puestas de Miller o Beckett, pero el teatro, en mi vida adulta y fuera de los claustros de estudio, es para ser disfrutado en el teatro. Y los libros son para ser disfrutados y no disectados como objeto de estudio.



Otros autores que parecen escapar compañía en mi biblioteca son Chaucer, Joyce, Marlowe, Dahl y Wilde, que nunca sé muy bien dónde poner, así como Huxley, Golding y Orwell, a quienes acopio juntos. Con los norteamericanos sucede más o menos lo mismo. El Gatsby se hospeda próximo a la obra de Salinger, que he releído varias veces, pero Hemingway, en su despojada y robusta simpleza, y Steinbeck, en el esplendor de sus novelas largas así como las más breves, se ganaron el podio de los favoritos y arrasan con números de ejemplares. Paul Auster llegó más tarde a las trincheras americanas de mis desvencijados estantes y comparte campamento con Harper Lee y Capote. Hubo que hacer lugar del lado British para la Rowling y sus ocho maravillosas entregas, pero los libros se las arreglaron para caber todos.  Los poetas viven en su mundo aparte, como corresponde, y sólo los Románticos ingleses conviven.





Este año llegaron varios Borges, Bioy, Cortázar, Octavio Paz, Pizarnik y antologías de cuentos nuevas, además de un par de preciosuras ilustradas que son libros arte, entonces los más senior y adustos tuvieron que hacerles espacio. Ahora mi TOC se ha desplazado alegremente y sin culpa alguna de la biblioteca a mi mesa de luz y al escritorio en el que escribo, y hace que sienta el impulso de rodearme de libros bellos para encontrar inspiración a la hora del inmenso disfrute de escribir. Allá por abril, cuando empezó a pintar el frío, tuve una remisión de mi trastorno de hoarding literario. Fue entonces cuando incurrí en el sacrilegio de desprenderme de unos ochenta ejemplares de literatura española y argentina de mis años de secundaria en sus versiones Kapeluz, que estaban totalmente desguazadas y pasadas de amarillo. Todavía no me perdono por haber desalojado de mi biblioteca a aquellos libros ancianos en su agonía. Aunque debo admitir que de semejante pecado mortal brotó una vena laissez faire inusitada y más que bienvenida que trajo aires frescos a mis trastornos y a mi vida: se acabó la era del orden en mis estantes. Los libros son ahora quienes deciden el lugar que ocupan y se acomodan solitos, susurrándome al oído, en noches como esta, cuál será el próximo que se vendrá a la cama conmigo junto a una buena taza de té cortadita apenas con leche dulce y whisky para mi propio disfrute.



A boca de jarro

miércoles, 28 de octubre de 2015

Un cuento

Con Marita Rodríguez-Cazaux y Ricardo Tejerina en Editorial Dunken


"La verdad se vive, no se enseña."

                                  Hermann Hesse

Me habían venido ya con el cuento de esta convocatoria a autores ignotos - que les llaman "inéditos" - por parte de esta editorial dedicada fundamentalmente a aquellos que se embarcan en la auto-publicación, es decir, a pagar de su bolsillo para alcanzar el sueño de tener el libro propio. Llegó la publicidad de su clínica literaria para aprender técnicas para escribir cuentos a mi correo y, dejando mi escepticismo de lado, me inscribí, pagué y fui, aunque en ningún momento dejé de pensar que nadie, jamás, podrá enseñarme a escribir. ¡Ese sí que es un buen cuento! Tal como imaginaba, me encontré con un salón abarrotado de personas diversas, cada una impulsada por su propio cuento, y muchos cuyos egos no cabían en la silla y que sacaban a relucir sus insignias de consagrados - habiendo sido premiados, mencionados, publicados y muchos ados des-hadados que terminaron en un tole tole vía mail que ni te cuento, criticándose unos a otros por haber escrito tal o cual cuento, arremetiendo contra los coordinadores, o protestando porque nos cambiaban la fecha del segundo encuentro o porque faltó mate o café en el primero, buscándole el pelo al huevo, como solemos hacer los adultos cuando nos proponemos llamar la atención de alguna forma que no sea la que legitima nuestro propio cuento. 

Los coordinadores cumplieron con su parte, haciendo valiosas aportaciones en términos de ejemplos literarios a tomar en cuenta a la hora de escribir un buen cuento: Silvina Ocampo, Leopoldo Lugones, Eduardo Holmberg, Horacio Quiroga, Saki. Solo que se fueron de cuento al incluir sus propios cuentos como ejemplo. Es que la autorreferencia resulta desafortunada en la docencia, ya que suele suscitar una buena dosis de ironía por parte de los infaltables desubicados que buscan desesperadamente que sus cuentos se destaquen, no a cuenta de sus propios méritos, sino por la sensación que causan a través del viejo cuento de la agresión. La editorial es astuta comercialmente, ya que te tienta con el cuento de que cada participante va a escribir un cuento aplicando las técnicas aprendidas en el curso, y entonces ese cuento será publicado en una antología colectiva de cuentos como producto de los encuentros. No hay cuento mejor para quien adora escribir que el prospecto de ver sus letras por fin en un libro de cuentos y su nombre publicado, sea de quien viene con experiencia, o sea de una bloguera - como quien escribe este cuento - o de un arquitecto que escribe cuentos verdes en sus ratos libres, y juro que esos somos muchos, tal vez demasiados.

Es así como tantos pican - y en este cuento no me incluyo - y se creen el cuento chino de que habrá peces gordos supervisando los trabajos y buscando entre los cuentistas al nuevo Borges. Con ese cuento en mente son capaces de matar hasta a su madre si les parece que alguien les puede venir a hacer las sombras del tristemente célebre Grey sobre su propio cuento. Fue una tristeza, aunque no una gran sorpresa, descubrir en este mundillo de los cuentos también tanta vanidad en la hoguera, tanta competitividad al pedo, tanto recelo, tanto morbo, tantas ganas de descalificar el cuento de los demás, en lugar de observar y observarse en el propio, intentando simplemente aprender y mejorar, o, por qué no, gozar - ese verbo del cuento de la vida que tenemos tan olvidado cuando de escribir nuestro cuento se trata, y que tanto sabor le da a todo lo que hacemos en este "cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia", que es tan ruidoso y tan furioso como nosotros lo escribimos. Porque, a fin de cuentas y de cuento, el mundo es el cuento que nosotros escribimos con la pluma de nuestra actitud frente a aquello que somos y que hacemos, seamos escritores, médicos, profesores o vendedores de pan.

Si hay algo que ya he aprendido a cuento de todo esto es a no juzgar los cuentos de los sueños propios ni ajenos. Ya lo decía Calderón, que siempre viene a cuento: "los sueños, sueños son", y si alcanzan para hacer latir a un corazón, valen. Vale soñar con el cuento de ser escritor, pero preparate para el baile que se te viene a cuento. Acá hay una bazofia televisiva que se llama "Bailando por un sueño", y cuando una se embarca en estos cuentos se siente un poco inmersa en eso, pero convengamos que hay bailarines y bailaores, hay formas y formas de bailar y de contar el cuento...

Emergí del salón de la editorial donde estábamos todos ya medio apretados - siendo que los escritores somos bichos más bien solitarios y poco gregarios - respiré hondo y me fui a deambular un rato por calle Corrientes con un ejemplar del libro de cuentos "La Deuda" bajo mi brazo, donde ver mi nombre y mi cuento impresos me sacudió. Mi relato - que no es cuento, según me aclararon los señores coordinadores - se encuentra en la página 89, cosa que a mí no me cuenta nada, pero muchos colegas le habían asignado cierta significación a ese cuento de los números, y se encuentra publicado justo entre un cuento titulado "Cruce de caminos..." y otro bajo el lema "La visión correcta (Machu Picchu)". Y te cuento que es ahí donde me doy cuenta de dónde vengo a estar situada en el camino del cuento de la vida: entre un cruce de caminos y el Machu Picchu, kilómetros de cuento más o menos. Enfilé derechito para una librería donde siempre me paro a mirar la vidriera y a oler ese aroma que despierta tantos cuentos fantásticos en mí, y no pude evitar pelar lápiz y papel para reunir los siguientes ingredientes para este cuento que te estoy contando y que de cuento no tiene nada: 




Arriba de todo

* "Los 15 escalones del liderazgo, Mis valores en el fútbol y en la vida", Javier Mascherano y (chiquitito) Nicolás Miguelez ($199)

* "Cerati, La biografía", Juan Morris ($299)

* "878 Cócteles, Recetas e historias del bar de Buenos Aires", Flor Capella y Julián Díaz ($244)



En los estantes centrales

* Florencia Bonelli, "La tierra sin mal" ($379!!!) 


(La Bonelli merece post aparte...)

* E.L. James, "50 sombras de Grey contada por Christian" ($329!!!)


(Contada por Christian???!!!)



 Abajo y en lo oscuro...

* "Los diarios de Kafka" ($185)
* Roberto Arlt, "Cuentos Completos" ($140)
* Harper Lee, "Matar un ruiseñor" ($79)



Y este cuento termina acá, como era de esperar, sin ningún gran remate ni vuelta de tuerca. Me volví a casa, rascándome la cabeza, con el cuento de los cuentos bajo el brazo y con muchas ganas de leer a todos los libros del oscuro y devaluado estante de abajo, con quienes, seguro, estoy en deuda.








A boca de jarro

martes, 27 de octubre de 2015

Ahínco



ahínco.

(De ahincar).

1. m. Eficacia, empeño o diligencia grande con que se hace o solicita algo.


Real Academia Española





Yo escribo.

Yo, escribo.

  Yo, escribo...

Yo escribo:

¡Yo escribo!

Yo, ¡escribo!

¡Yo! Escribo...

¿Yo escribo?

Yo, ¿escribo?

¿Yo? Escribo...

Escribo con ahínco.

Escribo con ahínco...

¿Escribo con ahínco?

¡Escribo con ahínco!

Escribo... ¿con ahínco?

Escribo... ¡con ahínco!

Escribo: con ahínco.

Escribo con: ahínco.



Esta humorada con las palabras me la permito para celebrar el humor del escritor Pedro Fabelo, quien ha tenido a bien otorgarme el reconocimiento  Ahínco que además llega justo en el momento en que el jarro ha sobrepasado los 300 seguidores. Esperemos que después de esto no se me piante ninguno y aprovechemos para celebrar el acontecimiento numerológico del año. Había prometido que cuando sucediera, tiraría el jarro por la ventana, pero la verdad es que, llegado el momento de cumplir esas promesas que se hacen a bocajarro, y con toda esta gente linda que se ha sido sumando, me daría mucha pena hacer algo así. Si de algo sirven estos mimos es para dar más ganas de seguir adelante llenando el jarro. Y ahora paso a cumplimentar las condiciones del premio, que nada es gratis en este mundo, ni el agua para llenar jarros...


Al recibir el reconocimiento Ahínco se deberá:

-Agradecer públicamente a la persona que te ha nominado. 
- Nominar a cinco blogueros que reúnan las condiciones citadas en la descripción del premio, es decir, que se dedican con ardor al trabajo de creación literaria.
-Notificar a tus nominados.
-Situar el logo en tu blog.
-Explicar por qué deseas compartir tus escritos.

Para esta última consigna, voy a tomarme la licencia de citar al mismísimo Pedro Fabelo:



- ¿Por qué escribo? Porque me gusta escribir (...) Me gusta escribir porque es lo mejor que sé hacer. (...) Me gusta escribir para transmitir emociones. Me gusta sentir el afecto de la gente que me lee y que le gusta lo que escribo y cómo lo escribo. Me gusta escarbar en las profundidades del océano de mi mente y extraer de allí esos pequeños tesoros que llevan tiempo aguardando en silencio que los rescaten y los saque a la superficie. Me gusta escribir porque me hace sentir vivo. Me gusta escribir porque me pone contento. Y también triste. Y también eufórico. Y también melancólico. Me gusta escribir porque siento, deseo, necesito hacerlo. (...) Me gusta escribir porque en el proceso creativo encuentro por fin la paz que no hallo en el mundo real. Me gusta escribir porque al fin descubrí para qué vine al mundo."


Pedro Fabelo, Absurdamente, Antología del absurdo, "¿Por qué escribo?".



 ¡Muchas gracias, Pedro!




Mis cinco nominaciones go to:



- Flora Rodriguez, Entre Altibajos

- Juantobe, Edupsique.

- Eva Mercader, La ciudad esmeralda

- Maríjose  Luque Fernández, Sonrisas de Camaleón

- María Antonia Mafar, Mi mnemosine mafar







A boca de jarro



jueves, 22 de octubre de 2015

Soltate el pelo

Gustav Klimt, Danaë

Y como esta tarde se prepara para la lluvia,
tu cuerpo creció, floreciendo ante mis ojos,
y se preparó para este día.
Sangre bendita, hija mía, 
que anuncia tus frutos,
días futuros en los que encarnarás 
tu ser mujer.
Bendito sea este día.



                                           


Dos pajaritos se posaron en mi ventana
Me dijeron que no te preocuparas
Tu verano llegó con perfume a canela, tan dulce,
 las nenas saltan a la cuerda en la vereda

Tal vez a veces
Nos equivocamos, no pasa nada
Cuanto más cambian las cosas
Más se empeñan en ser las mismas
No lo dudes


Poné tus discos
Contame cuál es tu favorito
Dale, soltate el pelo
Calzate tus jeans desgastados
Te ayudo a alcanzar tus sueños
Vas a encontrarte a vos misma
en algún lugar, de alguna manera


(Traducción y adaptación de un fragmento de 
"Put your records on", por Corinne Bailey Rae)


Corinne Bailey Rae - Put Your Records On


A boca de jarro

lunes, 19 de octubre de 2015

Días de alto vuelo



Hay días en los que arde magia,
en los que llueve alegría,
en los que la vida emana
su claridad meridiana
y se me florece su mejor profecía.

Hay días en los que atisbo
la luz en mi propio abismo,
en los que todo es promesa,
en los que siento certeza,
días que libran la piedra.

Hay días en los que tus manos
crean un teclado
 y tocan para mí
aquella melodía
que sabía mía.

Días en los que camino a ritmo.
Días que se me hacen cluecos
pero de los huevos
de empollar los versos
dentro de mi pecho.

Días en los que me río
del revés del reino,
en los que no freno
si me pega el viento,
días de alto vuelo.




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